
El Ciudadano modelo siglo XXI
Por primera vez en la historia de la humanidad, la mayoría de la población mundial,el 61 por ciento, vive en conglomerados urbanos, donde se produce el 72 por ciento del producto bruto mundial; una tendencia que se intensificó radicalmente en las últimas décadas y que promete seguir modificando las relaciones sociales
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Por primera vez en la historia, las ciudades contienen a la mayoría de la población mundial, al mismo tiempo que son el centro de su producción y acumulación de bienes y servicios. Esto, que fue una proeza de las civilizaciones mesopotámica, griega y romana, nunca pasó de ser una pequeña mancha de población urbana en medio de un planeta que no superaba la primitiva producción agrícola, o aun menos que eso.
El año último, el 61 por ciento de los habitantes del planeta hacía lo que podía para acomodarse en unas 3200 ciudades medianas y 57 grandes capitales con más de tres millones de habitantes, es decir, en casi 3300 conglomerados urbanos.
Esta apretujada concentración de ciudadanos se formó en algo más de 100 años, según estudios del Programa para el Desarrollo Humano (PNUD), de las Naciones Unidas. Y las mismas conclusiones descubrieron investigaciones personales sobre la evolución de la población mundial, como el que realizaron para la Unesco las licenciadas Licia Valladares y Magda Prates Coelho, en París, hace unos cinco años.
En esos nuevos espacios urbanos se produce el 72 por ciento del producto bruto mundial. Ni en la década del treinta se conoció algo parecido en proporciones, a pesar de haber sido uno de los momentos "pico" del desarrollo industrial moderno. Una década famosa por el surgimiento de hiperciudades en Alemania, Estados Unidos, la Argentina, Australia, Sudáfrica, Brasil, México y la ex URSS. En esa posguerra, el producto agregado de la riqueza de las naciones no pasaba del 31 por ciento en las 27 ciudades y capitales que encabezaban la urbanización planetaria.
El resultado sociocultural más llamativo de esas transformaciones es una nueva manera de vivir, y hablamos de vivir en su sentido más amplio: sentir, pensar, actuar, relacionarse, creer, comunicarse y fenecer. No hay estudios comparativos, pero los que existen sugieren que, posiblemente, es la primera vez que esto ocurre en la historia social de la humanidad.
Cómo ser ciudadano
El grado de concentración ha sido tan desmesurado que algunos especialistas opinan que, en realidad, es un despropósito que podría llevar a algo parecido al caos a la civilización capitalista.
Es una realidad urbana que se hizo placentera, si la medimos por el hedonismo ofertado en múltiples formas y por el confort alcanzado. Sólo basta pensar en el uso del celular o de la almohada ergonómica, o del fabuloso subterráneo.
Lo inquietante es que se puede transformar en incontrolable. Porque no es una novedad que el siglo XX trajo también las complicaciones ciudadanas más inesperadas. Algún desequilibrio debe de haberse colado en medio de tanto progreso.
Los ecólogos y ergónomos, por ejemplo, advierten sobre los peligros ocultos tras las rimbombantes cifras y guarismos estadísticos. Pero ése es un problema derivado.
Lo novedoso es que por primera vez, en esos espacios urbanos, la mayor parte de los pobladores del planeta procesa el 93 por ciento de los alimentos de consumo humano y animal, desde los envueltos en packaging hasta los naturales o congelados. Allí también se genera la casi totalidad de los artículos de consumo doméstico: ropa, zapatos, crema dental, dinero, papeles, libros, utensilios para comer, máquinas, electrodomésticos, preservativos, ropa de las más exóticas y pintorescas, juegos y juguetes que no alcanzan para saciar la imaginación más exuberante, o entertainment cuyo límite sólo los pone el costo.
Práctica y teóricamente, toda la producción intelectual se desarrolla en las ciudades, modificando la costumbre medieval, donde los castillos y palacetes campestres concentraron buena parte de las mejores producciones del pensamiento.
Hoy en día es inimaginable la producción fuera de lustrosas oficinas, de libros, revistas, diarios, suplementos, folletos, conocimiento o know-how , ciencia o tecnociencia, deporte o arte en sus variadas formas. O sea, todo, o casi todo, lo que comúnmente aceptamos bajo la palabra civilización.
Esa concentración geográfica de la producción está modificando las otras relaciones sociales. Las modalidades más diversas de la existencia asumen nuevos roles, o simplemente deben asumirse como inventos del siglo XX.
Eso es lo que se observa empíricamente en la mujer y en el hombre adultos. Pero también en el niño y la niña, aunque nos cueste aceptarlo. En sus casas o departamentos, comen alimentos conservados químicamente, ven televisión o escuchan radio entre 5 y 7 horas en promedio cada día; usan inodoro, cepillo de dientes, agua corriente, gas y electricidad comercializados; miran las guerras en la pantalla, pagan algún impuesto al Estado, toman colectivos en varias paradas, tren o subte en distintas estaciones para trasladarse, compran golosinas en cualquier esquina, toman gaseosas y jugos procesados, o consumen una parte de su alimentación semanal en un boliche, un restaurante o en la calle.
Menos palabras
En el mismo espacio, usan un teléfono varias veces al día, miran una media de 75 avisos de publicidad cada 24 horas. Pero, al mismo tiempo, los estudios y observaciones de psicólogos, comunicólogos y sociólogos, incluso de un sector de los publicistas, señalan que los ciudadanos contemporáneos usan menos palabras para comunicarse con sus semejantes, comparado con décadas atrás.
Entonces, la pregunta que salta es la siguiente: ¿y con cuáles signos se comunican?, porque la vida social actual, al contrario de las anteriores, impone una mayor enredadera de comunicaciones inevitables.
La respuesta tentativa es que se están usando más gestos, simbologías, representaciones e insinuaciones que antes. Muchas de estas nuevas formas comunicativas se realizan por medio de aparatos, lo que a veces genera la ilusión de que hablamos más.
En realidad, se está formando un tipo humano del que no se tiene registro en las ciudades antiguas o aquéllas surgidas con el florecer de las civitas y los burgos del Renacimiento y la Revolución Industrial.
La tendencia marcada es que las nuevas formas de relacionarse socialmente lo van convirtiendo en un ser más "anónimo", conviviendo en megaciudades donde apenas conoce a su vecino.
Este fenómeno no se explica sólo por una sumatoria de nuevas costumbres y adminículos. En mucho ha colaborado el modelo arquitectónico estrenado a finales del siglo XIX y llevado hasta la inmisericordia en el XX. Sus espacios no se concibieron para el acto de convivir, jugar y comunicarse, sino para la función de estar físicamente, en el sentido de acumularse hasta el día siguiente. Fue con eso que quiso romper la escuela arquitectónica de la Bauhaus alemana, con ideas que hoy son retomadas en Europa por su carácter ergonómico.
Una persona de hoy se comunica con un pequeño universo de "vecinos" humanos. Tomando un modelo promedio en una ciudad como Buenos Aires, podría comunicarse con el 5 o el 10 por ciento de esos humanos, suponiendo que es una persona que trabaja o estudia. Normalmente, ese mismo ciudadano, sin que se lo haya propuesto, vive con una o varias neurosis u obsesiones recurrentes. Cuando eso pasa: estamos en presencia del ciudadano tipo del siglo XX.
Su tránsito entre el siglo XIX y el siglo XXI se hizo con mayores placeres y aparatos confortables, pero también con novedades en su convivencia urbana que lo convirtieron en un tipo humano más complejo.
Esto es más específico, más segmentado, cuando el análisis cualitativo se hace según el sector o clase social a la que se pertenece. O cuando observamos el tipo de trabajo que realiza, o el sexo o la edad.
Anonimato e individualidad
Las características del ciudadano pueden variar de ciudad en ciudad; lo que seguirá igual, o más o menos igual, es su comportamiento tendencial, ese que lo define y uniforma en el conjunto de las ciudades del mundo actual.
Un mundo donde las diferencias se vuelven matices de una anomia diluyente con sabor a ilusión, por ejemplo, aquella de que todos somos lo mismo.
Ese concepto igualitarista tiene una dimensión social, cuando se trata de derechos civiles, laborales, de género, de infancia, de jubilados o de discapacitados. Incluso, se puede asimilar al mundo de los animales domésticos, vista la realidad de integración y comunicación humano-animal que están estudiando los especialistas en comportamiento animal.
Algo más racional que las buenas intenciones debe explicar por qué surge esta disciplina dentro de la biología y la psicología, que lleva unos 20 años justamente para responder a las nuevas necesidades de un porcentaje de la población.
En Buenos Aires, alrededor del 14 por ciento de sus ciudadanos viven solos o solas la mayor parte del año, concentrados en las zonas de San Telmo, Palermo Viejo y el centro porteño. Normalmente usan animales como sus interlocutores hogareños para paliar la soledad, pero también, y éste es el asunto, para llenar la básica necesidad humana de comunicarse.
Aquella polémica en el bar
Una ciudad actual, es decir, una aglomeración de ciudadanos vista desde un edificio muy alto nos aparece como una masa amorfa por sus matices. A eso se refieren los teóricos actuales de la comunicación cuando usan el viejo concepto alemán mass media para referirse a la universalización de las comunicaciones a través de medios que por primera vez logran alcanzar a casi toda la gama de personas que pueden acceder a un diario, una revista, escuchar la radio, ir al cine, ver el noticiario o una película, o ver televisión cómodamente sentados en sus hogares, o en los bares, según la última moda porteña.
Una encuesta privada realizada en 20 bares de la Capital Federal, ubicados en cuatro barrios distintos, arroja datos que asombrarían, aun a quienes ya perdieron la vieja "capacidad de asombrarse".
Por ejemplo, entre los hombres de 40 a 65 años, habituales tomadores de "cortado" y comedores de medialuna, se modificó el criollo y sabroso hábito de conversar en grupo. Eso fue tan porteño como el Obelisco, a tal punto que algunos productores avispados inventaron programas de televisión para codificarlos en el imaginario popular, y ganarse unos pesos. Ese "sagrado" hábito porteño, inmortalizado por Enrique Santos Discépolo y Homero Manzi en tangos que son verdaderos relatos de la vida social en el bar, se está extinguiendo.
¿Qué lo sustituye? Muy simple: ver fútbol en una pantalla frente a la que todos se acomodan en filas, como si estuvieran en una sala de cine. Los gritos de gol y la cuenta permiten recordar que se encuentran en un bar.
Y así como a mediados del siglo XX aparecieron en Estados Unidos los autocines, deberemos comprender que estamos ante el nacimiento de los "cinebar" del siglo XXI.
Ese hecho muestra uno de los tantos cambios, no todos tan malos, que trajeron las nuevas formas de vida ciudadana.
La edad del siglo XX
Este modelo de ciudad y ciudadano se conformó a lo largo del siglo XX, aunque en realidad comenzó a finales del XVIII.
Es el producto de dos grandes etapas históricas de la humanidad: la era de la industria y el capitalismo, y la era del imperio y las colonias. Siguiendo los datos recopilados en su Historia del siglo XX por el profesor inglés Eric Hobsbawn, con la primera se llenaron los hogares de las ciudades de adminículos, instrumentos, conexiones, aparatos, herramientas, como jamás se usó para vivir.
Con la segunda etapa, se llevó todo eso hasta los más alejados confines de la tierra: se inventaron ciudades donde antes era un desierto con beduinos silenciosos, o un sembradío de papas en la cordillera andina, una comarca india con vacas eternas, una tribu africana con monos que parecen juguetes, o una isla caribeña de gente tan feliz y semidesnuda que parece de mentira, o la pampa soleada sudamericana llena de vacas y gauchos transhumantes.
Los casi 200 años que suman ambas etapas produjeron el tipo de ciudad y ciudadano que recibió el actual milenio, como un regalo del último siglo.
Según pasan los tiempos
Los paradigmas que tienden a mover a los ciudadanos del presente (hablamos de aquellos que se asentaron en el imaginario colectivo en los últimos 20 años, aproximadamente), poco tienen que ver con los del ciudadano expansivo de la década del cincuenta.
Pero más alejados están de las referencias culturales de los habitantes de las ciudades, que vivieron el trágico paso entre la primera y la segunda guerras mundiales. Menos aún de las de aquellos que se iluminaban con faroles a finales del siglo XIX, o de los que vivieron en medio de guerras, revoluciones y transformaciones industriales a finales del siglo XVIII y mediados del XIX.
Los especialistas en operatoria han calculado que un ciudadano medio de una urbe griega o romana, entre el año 1000 y el 500 antes de la era cristiana, realizaba unas doce operaciones desde que se levantaba hasta que se acostaba. Con esas operaciones mentales y físicas se las arreglaba para convivir y sobrevivir en las ciudades y las repetía a lo largo del día cuando fuera necesario: levantarse, saludar, higienizarse, comer, despedirse, tomar las herramientas de trabajo, sembrar, cortar madera, ordeñar, hacer el pan, etcétera.
Un ciudadano del siglo XIX ya necesitaba unas 35 operaciones, sumando las domésticas tradicionales a las nuevas: tomar un transporte o caminar hasta un taller o fábrica que ya no estaba en su casa, o en la del vecino, comer y comunicarse fuera del ámbito familiar, trasladarse y cuidarse en el trayecto, pensar a distancia sobre la realidad de su familia, hablar menos y cambiar los temas habituales, peinarse, higienizarse en lugares compartidos por muchas personas, guardar herramientas que son ajenas, agruparse de modo distinto con gente distinta, etcétera.
El ciudadano de finales de este siglo ha multiplicado y complejizado de tal modo sus operaciones que podrían contabilizarse, excluyendo a los preescolares, a los ancianos y ancianas y a quienes no puedan ejercer actividades sociales, unas 70 operaciones diarias para poder ser un ciudadano de comportamiento normal.




