El Colón en tiempos difíciles

Por José Luis Sáenz Para LA NACION
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19 de diciembre de 2001  

Con una matemática regularidad digna de mejor causa, el Teatro Colón ha vuelto a tener su crisis institucional anual e inaugurar nuevo director, como en 2000, cuando asumió Sergio Renán, y en 1999, cuando asumió Juan Carlos Montero, y en 1998, cuando asumió Luis Ovsejevich, y... mejor que no sigamos remontándonos.

Precisamente hace un año, las actuales autoridades de la Secretaría de Cultura nos anunciaban que querían que el último director renunciante pudiese cumplir cuatro años en el cargo. Pero una vez más la crisis lo devoró. ¿Qué crisis? Por cierto, la crisis doméstica, es decir, la interna del teatro, siempre latente y exteriorizada cada tanto por abrazos al edificio, conciertos de protesta en la vereda, pasos de baile en la Avenida de Mayo, funciones suspendidas, la interrupción de la temporada lírica anterior (curiosa forma de lockout patronal ante las no menos curiosas formas de protestas sindicales), además de "panfleteadas", asambleas en el horario de los espectáculos, protestas, falta de pago a los artistas contratados, no concreción de los nuevos reglamentos de trabajo, permanente retraso en los llamados a concurso, etcétera.

Barajar y dar de nuevo

Pero esta vez, a esa crisis endémica que padece el Colón desde tiempos casi inmemoriales (parecida a aquella que tenía la Opera de París hace unos treinta y cinco años, hasta que Liebermann la cerró y vació, para volver a barajar y empezar de cero) ha venido a agregarse otra crisis: la económica de la ciudad y, por sobre ella, la de la Nación toda. En suma, ¡demasiadas crisis juntas!

Sabemos que cuando hay dinero es mucho más fácil manejar un organismo de la complejidad del Colón, porque la máquina está aceitada, y hasta los errores de conducción se pueden tapar. Pero cuando el dinero falta, entonces los errores salen a la luz y la crisis estalla inevitablemente. Dicho en otras palabras, mientras había suficiente dinero para pagar contratos y horas extras, la sangre nunca llegó al río, aunque se gastase de más (el Colón nunca fue muy ahorrativo en sus presupuestos). Pero ahora que hay que manejarlo con poco dinero, todo se agrava. Y así, el director se retira un año después de haber asumido, harto de luchar con los molinos de viento de la burocracia gubernamental (molinos que, por otra parte, no han desaparecido, y librarán nuevo combate con el director entrante).

Para disimular la crisis, el secretario de Cultura lanzó el impactante nombramiento de la prestigiosa Martha Argerich -al principio como directora, luego como asesora artística-, proclamando que ella "puede abrir las puertas del Colón al mundo"... ¿Podrá cerrárselas, además, a la grave crisis interna del teatro? Porque en el Colón el problema no es tanto artístico cuanto laboral y económico, y para eso no basta con ser una gran pianista. Es sabido que Samuel Ramey desechó la oferta para cantar Don Carlos en 2002 debido a los problemas que tuvo en esta temporada para cobrar. Ni hablemos de los cantantes argentinos que no lograron cobrar todavía. Y bien: esos problemas no se resuelven ni aunque resucitasen juntos Horowitz y Rubinstein. Sólo los resuelve un poderoso caballero: Don Dinero, que ni siquiera es músico.

Se necesita timonel

Ante esta realidad, el secretario de Cultura nos deriva a una política "cultural", en la que el teatro "debe y puede atraer nuevos públicos", para lo que declara imprescindible ofrecer más funciones. Propone aumentarlas en un 20 por ciento, lo que no se compadece mucho con la anunciada disminución de óperas (ocho títulos para 2002, de los cuales uno es ballet, y uno, concierto, con lo que quedamos en seis óperas, que es cifra exigua). No olvidemos que el Colón es un teatro lírico, y si realiza conciertos es sólo como actividad subsidiaria, porque Buenos Aires no supo construir aún su auditorio. Pero esa cuota de conciertos está más que cubierta, y lo que necesita es brindar funciones de óperas populares con buen nivel artístico y precios accesibles, al margen de las óperas de abono.

También propone "un tope para los honorarios artísticos, racional y adecuado a los momentos que vive el país". Eso está muy bien: total, hoy no hay grandes figuras artísticas en el panorama internacional. Pero conviene que ese mismo tope también exista para el gasto exorbitante (y único en todo el mundo) de realizar nuevas y suntuosas presentaciones escénicas (decorados, vestuario, etcétera) para cada reposición de una ópera. Y hay otras maneras de ahorrar que requieren imaginación y conocimientos. Por ejemplo: hay óperas que piden pocas grandes figuras en su elenco (por ejemplo, Manon Lescaut pide sólo dos, y La traviata , tres). ¿Por qué entonces programar para la próxima temporada Don Carlos , que justamente pide no menos de cinco, con opción a seis (el segundo bajo)?

Indudablemente, el "déficit cero" va a reclamar mucha habilidad para timonear ese gran trasatlántico que es un teatro lírico como el Colón. ¿Surgirá por fin ese timonel eficaz, como supo ser don Cirilo Grassi Díaz en su época? ¡Ojalá!

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