
El crecimiento económico como dilema
¿Es lo mismo un país con riquezas que un país rico?

Robert Solow, economista estadounidense, consolidó una teoría del crecimiento económico rápidamente convalidada por los actores del mercado: el crecimiento material de una sociedad depende de su capacidad para renovar su capital, emplear maquinaria y multiplicar sus funciones productivas. Es decir, crecimiento por acumulación. Dicho esquema suponía resolver un problema anterior, como eran los requisitos financieros para renovar el stock, originando múltiples consideraciones centradas en el ahorro: la producción de beneficios y su atesoramiento con fines productivos (la función de la inversión).
Habiendo demostrado cómo operan estas relaciones y su capacidad para multiplicar los bienes disponibles, el economista fue distinguido, en 1987, con el Premio Nobel de Economía. El diagrama de Solow-Swan, como se conoce a su teoría del crecimiento, predominó durante largos años, justificando el enfoque productivista, el elogio del ahorro y la función expansiva de la inversión. Quien lograra esto tendría resuelto, en gran medida, el camino al desarrollo.
Con el correr del tiempo y la sofisticación del conocimiento, la preocupación cambió de eje. Comenzó a centrarse en la debilidad intrínseca del esquema: la erosión de los bienes de capital. Aun cuando al comienzo incorporar maquinaria fuese indispensable, su rendimiento tendería a decrecer (se desgastarían). La depreciación natural de estos bienes, que conocemos como estado estacionario, renovó la confianza en una serie de enfoques que definieron el rumbo hacia un nuevo paradigma: el predominio de la ciencia aplicada a la innovación.
Prosperar, ahora, dependía de idear los bienes preferidos por el mundo
Los países con mayor perspectiva de crecimiento serían aquellos que no solo obtuviesen maquinarias, sino quienes lograsen generar tecnologías compatibles con los cambios en las preferencias de la sociedad. Una plasticidad cultural sustentada en el conocimiento. La reconversión de las economías de stock en economías del conocimiento fue magníficamente sintetizada por Philippe Aghion en su libro El poder de la destrucción creativa, que convalidó el triunfo de la innovación sobre las economías de acumulación, transformando la manera de pensar el crecimiento. Prosperar, ahora, dependía de idear los bienes preferidos por el mundo.
Quienes cambiaron de matriz y se adelantaron a los tiempos son hoy los países más avanzados. Regiones con severas limitaciones naturales reconvertidas en potencias inmensamente ricas en patentes, empresas y tecnologías. Esto es lo que explica que países como Singapur obtengan un producto bruto similar al de la Argentina (unos 600 mil millones de dólares), pero con una población ocho veces menor y un territorio infinitamente más yermo y pequeño.
Un escenario similar puede encontrarse en países como Irlanda, cuya reconversión económica (en la producción de bienes intensivos en tecnología) hace que, con una dotación de factores limitada, obtenga un producto superior al de cualquier país de tamaño medio. Su producto, por ejemplo, con una población 10 veces menor, es 5,6 % superior al de la Argentina.
Las consecuencias son tangibles. El ingreso per cápita en estos países es 7 veces mayor, multiplicando las posibilidades de desarrollo y creando oportunidades de movilidad y de progreso. En 2025, Singapur se convirtió en la quinta entre las economías más innovadoras del mundo y en el noveno país con mayor nivel de desarrollo humano. La inversión en ciencias básicas y en ciencias aplicadas y el resguardo de la propiedad intelectual multiplicaron la creación de empresas e incorporaron a estas economías a los países con más alta participación en el comercio mundial.
La tensión entre estos modelos recupera un dilema que transformó la historia del pensamiento económico y conserva una vigencia fundamental: ¿es lo mismo un país con riquezas que un país rico? Resolver este dilema constituiría una buena forma de indagar en la teoría, pero, sobre todo, pensar en las disyuntivas reales de la prosperidad y del progreso.
Doctor en Ciencia Política por el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset, Madrid



