El desafío hoy es trazar un rumbo de desarrollo

Fernando Straface
Fernando Straface PARA LA NACION
Primera infancia, calidad educativa, infraestructura y calidad institucional deberían ser los puntos centrales en el diseño de una agenda estratégica
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8 de abril de 2014  

En 2013 celebramos 30 años de democracia ininterrumpida, un logro que nos reconforta y que expone el vaso medio lleno de la historia reciente del país. Celebramos que nos hemos acostumbrado a vivir en democracia: tenemos certidumbre sobre su continuidad.

Pero el logro de la consolidación democrática enfrenta hoy un desafío que interpela a todo el sistema político, al sector privado y a los líderes sociales: trazar un rumbo de desarrollo que trascienda a un gobierno en particular, a un signo político o a una coyuntura histórica. El sendero de desarrollo de la Argentina no parece tan despejado ni estable como la consolidación democrática. Por eso las oportunidades de verdadero progreso individual para las personas y de progreso intergeneracional para las familias todavía no se consolidan.

El desarrollo es un proceso de acumulación progresiva y sincronizada en tres planos: capitalización institucional, crecimiento económico y expansión de la equidad. El crecimiento económico sin un correlato de mayor calidad institucional siempre está sujeto a un freno repentino y a una distribución inequitativa de ese crecimiento. Por eso no alcanza con crecer de forma extraordinaria si no se generan oportunidades sostenidas de movilidad social para las familias, especialmente entre generaciones. El desarrollo se lleva mal con la volatilidad o los fenómenos de shock. En esos casos siempre retrocede la inclusión, se posterga la movilidad social y ganan terreno los estados de excepción institucional.

Desde 2003, la Argentina tuvo algunos años de gran crecimiento y otros, los más recientes, de un sobrio aumento del producto. Además, en esta década, millones de argentinos alcanzaron o recuperaron un umbral mínimo de dignidad a partir de la ampliación y consolidación de derechos sociales. El empleo creció y aumentó el consumo para los sectores más vulnerables. Estos indicadores pueden ser parcialmente interpelados por el deterioro de las estadísticas públicas tras la intervención del Indec. Pero el signo positivo es innegable y es fundamental trabajar para que estos logros sean un piso sobre el cual seguir construyendo.

Sin embargo, el crecimiento y la inclusión todavía no fundaron las bases para garantizar el progreso y la movilidad social ascendente. Esa idea tan arraigada en muchas generaciones de argentinos, según la cual el futuro de los hijos sería mejor que el de los padres, hoy no parece ser cierta para muchos sectores. No estamos logrando complementar las mejoras en el consumo con el acceso a bienes públicos para la movilidad social.

Más allá de la notable mejora en la inversión, la educación no está funcionando como ascensor social. En los últimos años aumentó significativamente la escolarización temprana, pero sólo 31 de cada 100 chicos que ingresan a primer grado terminarán la secundaria.

La Argentina logró en los últimos años avances significativos en la reducción de la pobreza. Sin embargo, la pobreza en hogares con niños es siete veces mayor que la de los hogares sin niños. La infantilización de la pobreza es un desafío para toda América latina.

En el mercado de trabajo, un tercio de la población accede a un empleo informal que carece de cobertura social e impide el acceso a instrumentos de ahorro. Este escenario compromete la incorporación al mercado de trabajo de millones de jóvenes y es una pesada carga para que ellos y las familias que formen puedan progresar.

Éste es el imperativo que enfrenta no solamente el gobierno que asuma en 2015, sino varios gobiernos por delante, con independencia del signo político que tengan. El desafío es construir una verdadera agenda de Estado, por encima de las distintas opciones de política que puedan plantearse para alcanzarlo.

A veces se confunde la aspiración de una agenda estratégica del país con la demanda de uniformidad en las posiciones políticas. Los partidos tienen visiones distintas sobre los caminos para alcanzar el progreso. Es saludable que así sea y la posibilidad de alternancia, en condiciones de equidad en la competencia política, pone a prueba la capacidad de los gobiernos. Ahí es donde la democracia sale de garante del desarrollo.

Lo importante es converger hacia objetivos estratégicos como nación. Éste es un año muy importante para el sendero de desarrollo argentino. La macroeconomía volvió a ser el principal eje de debate, como en otros períodos de nuestra historia. Pero con la macroeconomía no alcanza para una agenda de desarrollo. Por supuesto, es condición necesaria. La mayoría de los países en la región y en el mundo logran los equilibrios para poder avanzar en otras agendas.

Este año es importante porque brinda una oportunidad para renovar una conversación sobre la agenda del desarrollo. Para empezar a dialogar sobre los temas que hoy son el ancla, pero también pueden ser el motor del desarrollo argentino. Los países que mantienen un sendero de desarrollo miran hacia adelante y procesan los cambios de gobierno como una oportunidad para consolidar logros y avanzar en nuevos desafíos. El desarrollo se logra por acumulación y no por refundación serial de los grandes lineamientos. Al mismo tiempo, al desarrollo se llega pasando la prueba de resiliencia que supone la renovación de los elencos de gobierno.

Por eso, es fundamental profundizar el debate público en cuatro prioridades estratégicas que demandan acuerdo intertemporal: la primera infancia, la calidad educativa, la infraestructura y la calidad institucional.Necesitamos una política integral de inversión en la primera infancia que coordine y potencie los esfuerzos actuales de los gobiernos, el sector privado y la sociedad civil. Varios países de la región lo están haciendo con éxito. Según el Observatorio de la Deuda Social Argentina para 2013, el 29,7% de los niños y niñas de entre 0 y 4 años tiene sus necesidades básicas insatisfechas. Es clave diseñar políticas integrales que garanticen salud, nutrición, desarrollo cognitivo, bienestar emocional, y articulen un verdadero sistema de cuidados y desarrollo infantil.

También es necesario construir una hoja de ruta para mejorar la calidad educativa. Hay que ponerla en el centro del debate, mejorar la evidencia y las opciones de política y lograr acuerdos que trasciendan gobiernos, ciclos e identificaciones político-ideológicas.

Por otro lado, el stock y la calidad de la infraestructura inciden directamente en el crecimiento. El deterioro de la infraestructura impacta sobre la canasta de consumo y el bienestar de los más vulnerables. Es una prioridad que hoy se volvió urgente. Gran parte de la competitividad futura de la Argentina depende de las políticas de infraestructura en transporte, energía, agua y saneamiento.

Y, por supuesto, la calidad institucional. Las instituciones no son un lujo que se dan los países después de crecer durante mucho tiempo. Los países crecen de forma sostenida sólo si logran buenas instituciones. La Argentina tiene grandes desafíos en la equidad en la competencia política, las condiciones de alternancia y de ejercicio del poder, la profesionalización del Estado y la independencia de la Justicia como garante de reglas del juego democrático.

En el sistema político abundan las discusiones coyunturales, pero se debate poco sobre los objetivos de país, las políticas estratégicas para lograrlos y los horizontes temporales necesarios para consolidar un país que se desarrolle sostenidamente en el largo plazo. En los últimos meses, sin embargo, varios sectores manifestaron la voluntad de mirar hacia mediano plazo en sus planteamientos. Son un paso necesario en la conversación sobre desarrollo que necesita la Argentina.

Nuestro país puede debatir cómo crecer y generar un país con mayor equidad. Éste es el desafío más urgente.

El autor es director ejecutivo de Cippec

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