El destino final de Alejandro Magno

Un nuevo libro, del antropólogo Nicholas Saunders, profesor del University College de Londres, reúne en un minucioso y apasionante recorrido histórico y geográfico todas las teorías y las afanosas búsquedas de la tumba del conquistador macedonio
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16 de marzo de 2008  

¿Dónde está Alejandro? ¿Desmenuzado en mil reliquias y amuletos de la antigüedad? ¿Bajo la cripta de la mezquita de Nabi Daniel en Alejandría? ¿Oculto entre las millares de momias doradas del oasis de Bahariya? Se ignora el paradero del cuerpo y la tumba del que fuera el mayor conquistador del mundo. La historia de los restos del rey macedonio y el monumento destinado a contenerlos, el Soma, está envuelta en maravilla, misterio y leyenda. Incluso Hamlet especuló sobre el tema.

Desde que murió y fue embalsamado en Babilonia -en 323 a.C.- hasta que en 2002 un extravagante experto aeroespacial, Andrew Chugg, propuso que Alejandro yacía bajo el altar mayor de la basílica de San Marcos en Venecia, mucha agua ha corrido bajo el puente. Ahora, un libro, Alejandro Magno. El destino final de un héroe , de Nicholas Saunders, profesor de antropología del University College de Londres, documenta por primera vez todas las teorías y búsquedas del emplazamiento de la tumba del personaje y de sus restos, componiendo un minucioso recorrido por la historia, el mito y la geografía apasionante.

En la aventura de la búsqueda, digna de Indiana Jones, han figurado arqueólogos notables. Incluso Schliemann, el descubridor de Troya (al que no le dieron permiso para excavar bajo la mezquita de Nabi Daniel), y Howard Carter, que halló la tumba de Tutankamón. Y también, en gran cantidad, impostores, visionarios y locos pintorescos. Entre estos últimos, el camarero griego Stelios Koumatsos, que durante 30 años, desde 1950, excavó por toda Alejandría, a menudo en forma clandestina, y dijo haber entrevisto en un pasadizo subterráneo, por un agujero, un ataúd de cristal con el nombre de Alejandro. Lo que se sabe históricamente sobre el cuerpo de Alejandro es que tras su momificación en Babilonia fue enviado en un gran carro ceremonial hacia Macedonia. En el camino, el cargamento fue interceptado por Ptolomeo, uno de sus generales, que se había apropiado de Egipto, y llevado al país del Nilo como valioso símbolo de legitimación. Ptolomeo, recapitula Saunders, instaló el cuerpo en Menfis mientras le preparaba una tumba a su altura en Alejandría.

De la morada funeraria que Alejandro tuvo en Menfis, durante unos veinte años, no se sabe absolutamente nada. Así que ahí hay un primer enigma arqueológico: es posible que estuviera en el área de Saqqara, quizá en conexión con el Serapeum. El momento exacto del traslado del cuerpo de Alejandro a Alejandría en su sarcófago de oro no está claro. Saunders especula con que pudo haber sido el hijo y sucesor de Ptolomeo, Filadelfo, quien se encargara de ello.

En el 274 a.C., Alejandro ya estaba en Alejandría. Su estancia allí duraría siglos, casi toda la antigüedad, y lo más seguro es que el rey (o lo que quede de él) siga allí. Pero parece ser que no estuvo siempre en el mismo lugar de la metrópolis. Saunders apunta que hubo otro traslado urbano, desde una primera tumba, solitaria, a otra más monumental, que estaría en conexión con las de los reyes de la dinastía ptolemaica.

El historiador Estrabón, que visitó la ciudad en el 30 a.C., señala que el Soma, "que tiene un recinto donde están las tumbas de los reyes y la de Alejandro", estaba en el distrito de los palacios reales, al norte de la ciudad. Esta era, señala Saunders, "la segunda y la más famosa de las tumbas de Alejandro Magno en Alejandría". Hoy, esa zona corresponde al promontorio Silsileh, pero una parte del área antigua quedó bajo el agua y otra fue arrasada en el siglo XIX al construirse el malecón.

Restos de cualquiera de las tumbas de Alejandro pueden aparecer cualquier día. No hay que hacerse muchas ilusiones acerca de su estado. La momia, más frágil, lo tiene aún peor. Puede haber sido escondida por paganos en algún lugar secreto o haber sido destruida en cualquiera de las violentas vicisitudes -humanas y geográficas- de Alejandría. Saunders propone que pudo tener un final digno del cosmopolita Alejandro: troceada y convertida en millares de amuletos desperdigados por todo el ancho mundo que una vez el joven y heroico macedonio conquistó.

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