El Día de la Marmota de Cristina Kirchner
La Argentina es un país con claroscuros. Los momentos oscuros ganan por goleada: los claros, en cambio, no abundan, son excepcionales. Acabamos de vivir uno de ellos y lo más curioso, es que lo vivimos por segunda vez: me refiero al debate en torno a la legalización del aborto y a su media sanción en Diputados.
Ese largo proceso de consensos impulsado por la militancia feminista, abrazado finalmente por la clase política y acompañado por la sociedad logró un imposible en una tierra arrasada por la exclusión identitaria, es decir, la grieta: mujeres y también hombres de espacios políticos irreconciliables lograron sortear esas diferencias en pos de un suelo común, el derecho de las mujeres a ejercer la autonomía y la libertad sobre sus cuerpos.
Pensemos: en el medio del griterío diario dominado por la lógica amigo – enemigo basado en la descalificación burda del otro, la mención agotadora de datos falsos y series estadísticas manipuladas en beneficio cuestionable del argumento propio, en ese ambiente tóxico recargado de imputaciones despiadadas sobre el otro y en ese contexto dominado por la certeza de que la Argentina es un país de mitades irreconciliable, de pronto, en ese horizonte de tormenta se hace la luz y gente que se detesta políticamente se pone de acuerdo, con total convicción, en algo completamente superador: un derecho nuevo. Eso es de una absoluta excepcionalidad en Argentina.
Lo interesante del debate en torno a la legalización del aborto, del modo en que se viene dando en Argentina, no es solo su resultado puntual, la posibilidad de su consagración como derecho, sino la estructura de ese proceso de consenso: se trata de una lógica política y social también excepcional en Argentina. Casi tan importante como la incorporación de ese derecho nuevo. Y en varios sentidos se da esta lógica y su importancia.
DE MACRI A FERNANDEZ, POLITICAS DE ESTADO
Primero, el momento acumulativo de ese consenso. La belleza de la lógica acumulativa sobre la que se ha basado el acuerdo por ahora alcanzado está en la superposición de dos gestiones presidenciales de signo opuesto que termina generando un resultado virtuoso. Es decir, una política de estado que de consagrarse, puede durar décadas: no hay nada de oportunista en la presentación de este proyecto de ley y en su apoyo por parte de la oposición. No es, por ejemplo, como las Leyes de Emergencia de diciembre de 2019, discutibles y votadas a regañadientes por las principales fuerzas opositoras. Hoy hay apoyo transversal a todos los partidos políticos, y con convicción.
Son dos las capas geológico-políticas superpuestas en esa lógica acumulativa. Por un lado, la decisión de Mauricio Macri presidente en aquel momento de habilitar el tratamiento parlamentario de la legalización del aborto en 2018, es decir, hacer concebible desde el poder político y para la sociedad la idea de que hay un derecho vital de las mujeres que está pendiente y de que el Congreso tiene la obligación de discutirlo.
Por otro lado, la decisión del presidente Alberto Fernández de enviar un proyecto desde el Poder Ejecutivo para motivar de manera contundente a los legisladores. Es decir, alinear a la tropa, sobre todo, la que viene dominando el Congreso desde hace décadas: el perokirchnerismo. Porque hubo un primer paso, el de Macri, hay un segundo paso, el de Alberto Fernández.
Y paradójicamente, debe ser este el momento más albertista de la gestión kirchnerista de Alberto Fernández. Es la letra de su asesora de mayor confianza, Vilma Ibarra, la que delineó el proyecto tratado y presentado sin consensos puntillosos con Cristina Fernández de Kirchner, hasta donde sabemos.
La diputada por Pro, Silvia Lospennato, lo sintetizó bien en su discurso de cierre en la madrugada del debate parlamentario, un discurso tan potente como el que pronunció en el debate de 2018. La tuitera Micaela Libson, Doctora en Ciencias Sociales, siempre muy ocurrente, sintetizó bien la capacidad de Lospennato para interpretar el momento: "Silvia Lospennato, ministra de discurso de cierre sobre el aborto"
Lospennato remarcó precisamente la superación de esa grieta y el aporte de cada presidente. En marzo de este año, se le había reprochado a la diputada que relativizaba el aporte de Macri cuando pareció minimizarlo en comparación con la decisión de Fernández anunciada en la sesión de apertura del Congreso, donde anticipó el envío del proyecto de legalización del aborto para su tratamiento. La diputada dice hoy que esos no fueron sus dichos. Y en su discurso de cierre el viernes a la madrugada reconoció sin vueltas ambos aportes.
Esa estructuración de la convivencia y la tolerancia social que depone armas para plantearse objetivos comunes y conquistarlos está olvidada en Argentina desde hace décadas. Se podría decir que desde el consenso del ’83, con algunos otros hitos, pocos, como por ejemplo, la consagración del matrimonio igualitario o la Ley de Identidad de Género.
Enorme parte de esa responsabilidad y de esa imposibilidad para llegar a acuerdos transversales y duraderos la tiene el partido del poder, es decir, el peronismo, y sobre todo, el kirchnerismo. No se trata de una afirmación gorila: se trata de una constatación. Es el partido que gobierna y sobre todo, si lo viene haciendo desde hace décadas casi ininterrumpidamente, el que dispone de herramientas únicas para la danza de las mayorías y minorías y los acuerdos superadores. Pero si el partido del poder sostiene su hegemonía en la ilusión sostenida de la exclusión de los otros, no hay consensos posibles.
PENSAR CONTRA UNO MISMO
La lógica subterránea que opera en el debate en torno a la legalización del aborto tiene un segundo momento, también excepcional: el momento de pensar contra uno mismo.
Hubo un discurso particularmente destacable en ese sentido, el de la diputada del Frente de Todos por La Rioja, Hilda Clelia Aguirre. Vale la pena volver a escucharlo. A pesar de su condición de "católica, apostólica, romana", explicitada en su discurso, Aguirre votó a favor de la legalización del aborto. Contextualizó esa decisión osada para sus creencias. Hizo una reconstrucción de su relación con las mujeres de su barrio, de su localidad, de su provincia, marcadas a través de las décadas por historias de abusos y violaciones, abortos clandestinos y muerte. En un gesto de enorme honestidad intelectual, planteó que sus convicciones religiosas no están por encima de las políticas públicas de cuidado. En el mismo sentido, hubo diputadas y diputados que cambiaron de opinión: lograron una transformación que los llevó de posiciones de rechazo a una comprensión más cabal del problema, más allá de sus realidades particulares. Salir de lo personal para ocuparse de lo político que afecta a todos, aún cuando contradice lo privado, es un recorrido fundamental para un representante de la ciudadanía.
Pensar contra uno mismo no es fácil. La imposibilidad de presentarse ante los datos y las decisiones de política de estado con honestidad intelectual más allá de las situaciones personales, de las conveniencias partidarias y de las municiones retóricas de guerra que conviene tirar al enemigo político es casi una hazaña intelectual y política.
La militancia feminista estuvo a la altura de esa lógica: a pesar de que parte de esa militancia se siente cercana al kirchnerismo, a fines de septiembre, cuando los meses pasaban y el Ejecutivo se demoraba en el envío del proyecto al Congreso, volvió con el reclamo al presidente Fernández a través de una solicitada que logró superar los canteros ideológicos. Abundaron las firmas filo kirchneristas pero hubo una cantidad importante de firmas de un amplio espectro ideológico.
En medio de un balance de fuerzas inestable en ese juego de poder casi inescrutable que juegan el presidente y la vicepresidenta, la marcada de cancha a Fernández no era inocua: podía debilitarlo. Pero más allá de las internas que podían leerse en términos políticos, el reclamo avanzó. Y lo más interesante en relación a las voces que le metían presión a Fernández para que apurara el envío del proyecto fue precisamente que la mayoría venían de la propia tropa. Que lo hiciera la militancia kirchnerista fue también una anomalía en una fuerza política que históricamente tiende al alineamiento acrítico y la justificación de lo injustificable.
El pensar contra uno mismo es también una deuda de Juntos por el Cambio, especialmente de Pro y de la Coalición Cívica. Apenas el 20% de los diputados de Pro votó a favor de la legalización del aborto y en el caso de la Coalición de Elisa Carrió, el 30%. Es decir, el 80% por ciento en un caso y el 70% en el otro votó en contra, en la gran mayoría privilegiando argumentos vinculados con las convicciones religiosas personales de los legisladores antes que la evidencia de salud pública que afecta a las mujeres.
Una oposición que apela a los valores republicanos como bandera identitaria enfrenta una contradicción insalvable cuando sus legisladores no pueden incorporar el principio republicano de separación de la Iglesia y el Estado.
LOS RIESGOS DE LA MILITANCIA
Al miso tiempo, ese pensar contra uno mismo se encontró con sus propios límites. ¿Cuánto puede el partido del poder y su militancia pensar contra sí mismo? La militancia kirchnerista feminista le reprocha a los otros que no puedan pensar contra sí mismos. Por ejemplo, a los "pañuelos celestes" se les imputa que no puedan salirse de sus convicciones personales para legislar en favor de todos, es decir en este caso, para las que no comparten sus convicciones religiosas o sus convicciones vitales. Suspender las convicciones religiosas, por ejemplo, para pensar una política que cuide a todas las mujeres.
¿Pero es capaz el partido del poder de pensar contra sí mismo cuando le llega el turno? La peor versión de esta imposibilidad de practicar la lógica virtuosa de pensar contra uno mismo lo vimos en el intercambio entre Victoria Donda, la directora del Inadi, y la representante de la autodenominada pro vida Cynthia Hotton, cuando Donda intentó silenciarla y desacreditar su derecho a opinar por su "fanatismo religioso".
Se trataba de la convicción religiosa de Hotton, atendible en el marco de la libertad de culto y de la libertad de expresión de un particular que no legisla para todos. Le tocaba a Donda comprender esos dos derechos, sobre todo dado su rol político, a pesar de los argumentos de Hotton. Es decir, era el turno de Donda de pensar contra sí misma y de su voluntad de hegemonizar una verdad e imponerle el silencio a otro.
Es fácil alentar y exigir al otro a que se anime a pensar contra sí mismo para que termine coincidiendo con las ideas propias. Lo difícil es pensar contra uno mismo cuando desafía nuestras convicciones o rutinas militantes.
Pensar contra uno mismo es casi una obligación de la clase política para basarse en la evidencia y tomar decisiones que nos convengan a todos, como en el caso de la legalización del aborto. También es una obligación de los intelectuales. Porque el rol de los intelectuales también queda interpelado fuertemente en este largo proceso de debate en torno al aborto que se viene dando recortado en el gran cuadro del cuarto kirchnerismo.
Hay una historiadora y escritora estaodunidense interesantísima, dedicada a la historia del comunismo y de los populismos autoritarios, que ha profundizado en el concepto de "democracias iliberales". En su último libro, El ocaso de la democracia. La atracción seductora del autoritarismo, plantea que los intelectuales que acompañan a Trump son completamente responsables del éxito, y de los disparates, de Trump.
Y ese es un tema central que toca particularmente a la militancia kirchnerista habituada a un acercamiento emocional, amoroso y acrítico en relación a sus líderes políticos. Un habitus que atraviesa a buena parte de sus intelectuales más formados.
El ideal de pensar contra uno mismo no solo en el tema del aborto sino en relación a otras muchas cuestiones que dividen a los argentinos innecesariamente. Por ejemplo, las jubilaciones o el problema educativo y el cierre de aulas presenciales o la evidencia en torno a la pandemia.
LA DEUDA HISTORICA DE CRISTINA KIRCHNER
Hay una última cuestión estructural que atraviesa el proceso hacia el consenso en torno al aborto. Fue bien descripto por el discurso de la diputada por el Frente de Todos, Gabriela Cerruti, que planteó que hay un momento en que las sociedades y la política y el Estado logran encontrarse en un contexto único y se desarrollan esas políticas tan necesarias, que hacen historia.
En su discurso, Cerruti se refirió sobre todo al consenso del ’83 y a la llegada del kirchnerismo. En esa cronología de momentos virtuosos de la sociedad que propuso, el discurso de Cerruti tuvo que dar un salto obligado en relación al tema del aborto: los ocho años de gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, quien no pudo pensar contra sí misma a lo largo de sus dos gestiones como presidenta.
La entonces presidenta no pudo pensar contra sus propias convicciones religiosas en pos de un derecho superador, el de todas las mujeres, y a pesar de que las mayorías en el Congreso le habrán permitido una rápida aprobación de la legalización del aborto. En ocho años, siempre se negó a habilitar el debate parlamentario.
Está visto que cuando hay voluntad de un gobierno nacional peronista, la militancia partidaria responde. Pudo haber alineado a su tropa, como lo hizo Alberto Fernández, y sin embargo lo evitó. Con Cristina Fernández no existió esa voluntad política en relación al cuidado de las mujeres.
El tiempo siguió corriendo. Las mujeres siguieron entrando a los hospitales víctimas de los abortos clandestinos. Tres mil muertes por abortos clandestinos evitables en esta democracia. Se pudo detener mucho antes ese dolor.
Hay una responsabilidad política, hay una responsabilidad militante, hay una responsabilidad intelectual por parte de los intelectuales cercanos al kirchnerismo. La gran deuda estructural que corre paralela a la deuda en relación del derecho de las mujeres es la deuda de pensar contra sí mismos por parte de quienes tienen el poder político cuando la verdad no conviene al oportunismo del poder.
Cristina Fernández tendrá la responsabilidad de presidir la sesión del Senado que antes de fin de año tratará la legalización del aborto. El tema de la legalización del aborto y del respeto por la autonomía de las mujeres a la ahora de planear su vida reproductiva vuelve recurrente a las manos de Cristina Fernández. Por ausencia en sus ocho años de gobierno. Y por presencia en su rol de Senadora, cuando dio su voto positivo en 2018. No bastaron las evidencias que la militancia feminista aportara durante décadas y la Campaña por el Aborto Legal desde 2005 para convencer a Cristina Kirchner cuando tenía el poder presidencial en sus manos. Tuvo que esperar a que su hija Florencia creciera y la convenciera de lo legítimo de ese derecho de las mujeres, según ha comentado.
El tema vuelve otra vez a sus manos ahora. Los cálculos dicen que esta vez la votación se presenta más promisoria para la legalización del aborto en el Senado. Que en principio hay un empate entre la aprobación y el rechazo y algunos votos indecisos. Que los votos positivos se sostengan y que los votos indecisos se conviertan en positivo es un trabajo de orfebrería política que, las versiones indican, la vicepresidenta alienta y la senadora Anabel Fernández Sagasti ejecuta.
La imaginación política, en el peor de los casos, plantea un escenario de desempate en manos de la vicepresidenta. Cristina Fernández como una suerte de Julio Cobos de la legalización del aborto. Las especulaciones políticas se contradicen: se afirma que ese es el escenario buscado para que la vicepresidenta se quede con el protagonismo en la consagración histórica de ese derecho. ¿Estará dispuesta a exponer su investidura para alcanzar ese objetivo?
También se afirma que hará lo imposible para quedar fuera de semejante rol: el costo político de la legalización del aborto no está claro en términos de votos, con las iglesias en contra, y encuestas, discutidas, que afirman que los sectores vulnerables, la mayoría en Argentina, no aprueban el aborto.
La legalización del aborto vuelve como el Día de la Marmota a la vida política de Cristina Fernández, primero como presidenta, después como Senadora y ahora como vicepresidenta. Cuál será su rol, todavía está por verse. La vicepresidenta, sabemos, siempre tiene una carta guardada que derriba cualquier castillo de naipes. Eso también es Argentina.




