El discurso político y los disparates
En Groenlandia no hay pingüinos, pero eso a Trump no le importa. Tampoco hay osos polares en la Antártida. Los pingüinos son aves buceadoras no voladoras que además de vivir en la Antártida están en varias regiones cercanas al Polo Sur, tanto en la Argentina como en Chile, Sudáfrica, Australia o Nueva Zelanda.
¿Pesará cada vez menos la verdad en el segundo cuarto del siglo XXI? La Casa Blanca difundió el lunes una imagen generada por Inteligencia Artificial en la que se ve a Trump de la mano de un pingüino mientras al pie de las montañas aparece la bandera de Groenlandia. Qué duda cabe, es un animal marketinero -no Trump, el pingüino-. Trump quiere quedarse con Groenlandia con la misma obsesión de esos jugadores de TEG que uno no sabe si para ganar tienen que conquistar territorios en todos los continentes o destruir al jugador de al lado.
De andar erguido, chaplinesco, siempre con smoking, el pingüino conjuga elegancia, ternura, trabajo en equipo, resistencia. Se ve que a Trump tampoco le importa que Greenpeace utilice esta ave carismática como el rostro de su lucha contra el cambio climático.
Imposible olvidar que un Néstor Kirchner tempranero sediento de identidad propia se abrazó hace dos décadas -con bastantes más derechos geográficos- al mismo ícono edulcorado. “El próximo presidente será pingüino o pingüina” decía misterioso en 2005 cuando nadie parecía inquietarse por la impronta dinástica del pronóstico.
Anteayer las redes, como corresponde a esta era, se hicieron un festival con la falacia ártica de Trump, falacia que como dijo un parlamentario danés remarcaba que no había uno sino dos seres fuera de lugar. La Casa Blanca buscaba suavizar su pretensión inicial de invadir Groenlandia (cuya superficie, dicho sea de paso, equivale a las tres cuartas partes de la Argentina continental), debido a que Trump de repente desistió de usar la fuerza para quedarse con la isla después de que se le plantaran Mette Frederiksen, media Europa, la OTAN, el Capitolio, los operadores bursátiles y quién sabe si no también algunos osos polares. La socialdemócrata Frederiksen, la primera ministra danesa elogiada ayer por The New York Times por manejarse con singular inteligencia frente al magnate inmobiliario devenido imaginario campeón de TEG, parece que ahora podrá conquistar un tercer mandato en Dinamarca, tal su lucimiento político.
Que el disparate ha pasado a formar parte de la vida cotidiana mundial, de las relaciones internacionales y de las maneras de hacer política es un hecho. ¿No debe considerarse delirante que el líder de la mayor potencia de Occidente diga que como no le dieron el Premio Nobel de la Paz renuncia a la paz y se queda con Groenlandia? Bueno, reculó.
Una cuestión fundamental se refiere entonces a conocer el margen de maniobra de quienes deben lidiar con las nuevas reglas, los nuevos modos impuestos por líderes de comportamiento temerario cuyos objetivos, sin embargo, unas veces tienen un extremismo consonante con la retórica y otras veces no, se acercan al sentido común. Ya se sabe, está instalado en la Argentina el hábito de analizar los parecidos y diferencias de Trump con Milei. Quizás el parecido más sorprendente sea que después de los disparates, por razones que cuesta explicar, ninguno de los dos parece pagar costos importantes acordes con la gravedad de lo que expresaron.
Milei hizo un pico en Davos el año pasado cuando les explicó a los más grandes empresarios y a los líderes mundiales que “en sus versiones más extremas, la ideología de género constituye lisa y llanamente abuso infantil” y mezcló homosexuales con pedófilos. Pero en el último Davos abandonó esa temática y se dedicó a reiterar ataques a la agenda woke, vilipendiar al socialismo, venerar al capitalismo, jugar con una extraña extinción de Maquiavelo y concentrarse más en lo suyo, la economía, con el consabido aire académico.
El lunes a la misma hora que Trump ingresaba en fase negociadora nuestro Milei le mojaba la oreja a Axel Kicillof dándose un baño de popularidad en Mar del Plata en distintos escenarios. Una multitud fervorosa asistía al “Tour de la gratitud”, como designa la Casa Rosada a estos extemporáneos actos de campaña de bajo presupuesto, en los cuales con la excusa de que el presidente agradezca el apoyo popular se estimulan y se miden las oscilaciones de la imagen positiva. Práctica que en las primeras ligas casi ningún político de otro partido está hoy en condiciones de imitar sin arriesgarse a lastimar su ego.
En esa misma Mar del Plata veinte años atrás Kirchner le armó una contracumbre a su huésped George Bush hijo y los grupos más radicalizados destrozaron el centro de la ciudad ante la pasividad de miles de policías. Algunas fuentes dicen que los kirchneristas que se juntaron ahora para denostar a Milei no alcanzaron la veintena y que los libertarios los corrieron recordándoles por qué su lideresa no sale de su casa.
La polarización que hace tres meses se expresó en las urnas no está explicitada en la calle como no sea por las quejas espontáneas de quienes en alguna cola se lamentan con fastidio antimileísta de que no llegan a fin de mes. Es un escenario inédito después de un diciembre con pocas movilizaciones y escasa tensión social, pese a que todo sucede en vísperas de una reforma laboral que por el momento exhibe las marcas más bajas de resistencia callejera en el rubro. Un rubro históricamente muy conflictivo.
Es cierto, hay que esperar a febrero. Hoy no está claro si el peronismo se tomó vacaciones, si tiene poco para decir (sea sobre la reforma laboral, la metamorfosis de la revolución bolivariana o la brutal represión de la teocracia iraní, la misma a la que le ofrecían justicia a domicilio en la causa Nisman). O si encerrado en sí mismo está buscando, y no lo encuentra, el modo de procesar la derrota electoral de la que el lunes se cumplieron tres meses. Se repite que el problema es si Máximo Kirchner sigue o no sigue presidiendo el PJ bonaerense y que todavía no hay un candidato presidencial listo (en ambos sentidos del término). Pero la falta de un análisis sobre las responsabilidades políticas pasadas, la interpretación de un presente completamente disruptivo y un consonante recálculo del derrotero parecerían ser más urgentes que todo lo demás. Es sintomático que la corriente interna de Kicillof haya sido bautizada “Derecho al futuro”, frase que no solo puede ser leída por el lado de la igualdad de derechos sino también como una fuga hacia el futuro sin escalas, cosa de huir del presente.
Sobre Venezuela algunos kirchneristas, es verdad, hablan de la importancia de la no injerencia en los asuntos de otros países (¿es un chiste?), además de repetir lo que marcó la jefa tres semanas atrás con tono de revelación: que Estados Unidos va por el petróleo. El problema es que eso fue ni más ni menos lo que anunció Trump. Estamos en otra época. Cuesta entenderla, se ve.
Nadie sabe cómo terminará el experimento del secuestro y juicio de Nicolás Maduro ni la subordinación dócil de Delcy Rodríguez al imperialismo yanqui ni cuándo llegará la democracia ni si algún día el peronismo conseguirá explicar su adhesión frenética, militante, mercantil, al chavismo.
El gobierno libertario se siente en un gran momento, lo que pone eufórico a Milei, aunque no está recomendado usar la euforia de Milei como indicador. Diciembre cerró con una inflación de 2,8 por ciento y un 31,5 por ciento anual y esta semana el riesgo país perforó los 500 puntos básicos gracias a la acumulación de reservas. Pero más allá de eso es un alivio para el oficialismo que 2025 haya terminado. Fue un muy mal año parlamentario, como lo certifican recientes declaraciones de diputados peronistas que dicen -con nostalgia- que para ellos fue un año inolvidable (recuérdense los vetos y contravetos). Todo cambió, huelga decirlo, el 10 de diciembre, cuando el gobierno por fin sentó dotaciones lógicas, ya no raquíticas, en las bancas.
Megáfono en mano, Milei les prometió anteayer a los marplatenses que lo escuchaban: “dentro de poco vamos a tener leyes de países razonables”. Así como la retórica de Trump se columpia entre la guerra y la paz, Milei ofrece razonabilidad alternada con agitación intolerante y descalificaciones brutales a empresarios y periodistas.
Por la noche en el acto ideológico de la Derecha Fest volvía a exaltarse. Al cierre de esta nota iba a cantar con Fátima Florez. Ningún presidente procedió antes de esta manera, pero quienes lo justifican son resultadistas: Milei, el que se sube a los escenarios, canta, desafina, insulta, atribuye corrupción a los periodistas que ocasionalmente le disgustan, es quien puso en orden muchas variables económicas, el único líder que se mantiene erguido (sí, como los pingüinos) y viene de ganar las elecciones. Tiene éxito. Y el éxito, sobre todo en las culturas exitistas, siempre legitima.





