El escritor como personaje
Por Luis Gregorich Para LA NACION
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En 1961, hace cuarenta años, en las postrimerías del gobierno del presidente Arturo Frondizi, empezaba la publicación definitiva de una de las obras mayores (no sólo por su extensión) de la literatura argentina: los Recuerdos de la vida literaria de Manuel Gálvez, que con ese título conjunto abarcaría cuatro volúmenes con un total de 1400 páginas: Amigos y maestros de mi juventud y En el mundo de los seres ficticios , ambos del año indicado; Entre la novela y la historia , de 1962, en que fallece el autor, y En el mundo de los seres reales , aparecido póstumamente, en 1965. Los cuatro tomos fueron publicados dentro de la notable colección de Hachette El Pasado Argentino, dirigida por Gregorio Weinberg.
La consideración de la obra de Gálvez ha sufrido altibajos a lo largo del tiempo. Su ciclo de novelas, con el que se proponía trazar un fresco de la vida argentina a la manera de La comedia humana , de Balzac, suscita hoy relecturas más arduas que placenteras. De El mal metafísico y La maestra normal a Hombres en soledad y La muerte en las calles , se siente pesadamente la presencia del realismo y el psicologismo decimonónicos. Están más cerca Juan Valera, los Daudet y, en el mejor de los casos, Maupassant y Galdós; no así Flaubert, Dostoievski o Henry James. Al menos el casticismo de Gálvez es conciso; su escritura no se florea con decorados superfluos. Sus personajes, a menudo esquemáticos y maniqueos, ya no nos convencen; parece difícil creer que sean contemporáneos de Gregorio Samsa, Mme. Verdurin o Molly Bloom.
Menos erosión experimentó la tarea de Gálvez como biógrafo de, entre otros, Juan Manuel de Rosas, Hipólito Yrigoyen, Gabriel García Moreno, Aparicio Saravia y Francisco de Miranda, por más que nuevos datos y revelaciones hayan superado después su trabajo de investigador. El género biográfico, como se sabe, es de los más propicios a la obsolescencia. Sin embargo, cuando la honda identificación con el personaje histórico se sobrepone a la pasión ideológica (lo que no siempre ocurre), hay en esos libros páginas logradas e incluso memorables.
Otra cosa son los imponentes Recuerdos de la vida literaria . Hay muchas formas de leerlos. Puede abordárselos simplemente como una lectura de género, desde la tradición memorialística, aprovechando su larguísimo aporte documental y testimonial. Pueden ser leídos como una narración picaresca, o como un interminable relato en clave, donde lo que se silencia es tanto o más significativo que lo revelado. Puede vérselos, también (y quizás allí resida su mayor interés), como la gradual configuración, a lo largo de su desarrollo, del personaje del escritor argentino, esa cifra contradictoria y simbólica que excede incluso al propio Manuel Gálvez "real" que lo plasmó.
Ya la primera dimensión apuntada asegura una sólida perdurabilidad. Simplemente como crónica, como radiografía de la vida literaria y cultural argentina, y muy especialmente porteña, de la primera mitad del siglo, estas memorias no tienen par. Cualquier estudio sociológico o historia de las costumbres que se refiera a la época no puede ni podrá menos que consultarlas: es trabajo de campo, casi antropológico, de primer orden.
Modernistas y criollistas
Están allí, bien ordenados y estructurados, el pasaje de los literatos clubmen a los escritores profesionales (y Gálvez es uno de los primeros de éstos); el debate cultural de principios de siglo, las luchas entre modernistas y criollistas, y el surgimiento de las revistas de los jóvenes, como Ideas ; más adelante, las modalidades (y la trastienda) de la creación de la Academia Argentina de Letras, la Sociedad Argentina de Escritores, el Pen Club Argentino; el surgimiento de las editoriales nacionales y de cooperativas de trabajo literario, y, por supuesto, una descripción de notable vivacidad de los matices y la transformación del grupo de pertenencia de Gálvez, el nacionalismo católico, oscilante entre la orientación social y el autoritarismo político, entre la ambigua actitud frente a los fascismos europeos y la posterior adhesión local al peronismo.
Si la circulación del chisme, la indagación de la intimidad y, en general, la apropiación de secretos son elementos constitutivos de lo narrativo, puede decirse que los Recuerdos pertenecen a este género aun con mejores títulos que las novelas de Gálvez. No importa que se trate de figuras públicas y no de personajes literarios: la escritura solapadamente irónica aproxima y confunde a unos y otros. El café con leche de Larreta, los deslices gastrointestinales--tal vez deliberados- de Lugones, la observación de que a Victoria Ocampo había que admirarla ante todo "como recitadora y animadora" o la caracterización de Ricardo Levene ("hijo de un sastre judío, llegó a presidir la Academia Nacional de la Historia") son marcas, entre otras innumerables, de una maliciosa actitud crítica.
¿Y dónde queda, más allá de lo institucional, la verdad (si es que tal verdad existe) de la literatura? De eso parece haberse ocupado poco Gálvez, porque, para el canon de hoy, no aparece en sus 1400 páginas ni una sola referencia a Adolfo Bioy Casares, y sólo unas pocas citas de Borges, Arlt o Marechal. Ninguna mención de Los siete locos , Ficciones o Adán Buenosayres . Son, para Gálvez, el recambio, la amenaza, el Otro. Pero su verdadera literatura, su texto, es él mismo, un riquísimo retrato del Escritor Argentino que sigue teniendo validez en sus contradicciones, en su voluntad de ser quien es, en su delirante egolatría que lo lleva a pelearse públicamente con quienes le niegan el Premio Nacional y que lo hace organizar su propia campaña para el Premio Nobel jamás alcanzado. Es un digno, ejemplar, escritor argentino, formado en un realismo naturalista atenuado por su catolicismo, que alcanzó en sus memorias lo que no pudo alcanzar en sus novelas: una visión dinámica, viva, compleja, de una Argentina múltiple y prometedora que ya no existe.
Valga hoy, en medio de la crisis, la utópica propuesta de la reedición de estos cuatro tomos imprescindibles.


