El esposo mascota
Vengo de comer con Frida Kahlo, me dijo mi madre, en un mensaje de voz que envió al celular de mi esposa. Qué mujer tan simpática, añadió, y enseguida continuó: Me invitó a su casa, tiene un departamento precioso frente al mar, había mucha gente, estaba el embajador americano, qué hombre tan guapo. Mientras mi esposa se reía escuchando el mensaje, yo me preguntaba si mi madre, tan proclive a hacer bromas desde que enviudó, me tomaba el pelo, o hablaba en serio. Frida me enseñó sus cuadros, dijo mamá, nos hicimos amigas, me sentí en confianza con ella, tanto que le recomendé a mi depiladora para que le corte las cejas y el bigote. Alarmado, pensé que mi madre estaba mal de la cabeza, casi tan mal como estoy yo mismo. Por eso la llamé y le dije que no podía haber comido con Frida Kahlo porque la pintora está muerta. Yo no sé si está viva o muerta, dijo mi madre. Yo vengo de comer con Frida Kahlo. Me dijo que se llamaba así, que era pintora, y tenía unas cejas de hombre lobo peores que las tuyas y un bigote de mariachi que debería afeitarse. Le pregunté a mi madre: ¿Era mexicana? Respondió: Claro, era mexicana, la auténtica Frida Kahlo.
No le he preguntado a mi madre si ha leído mi nueva novela. No me atrevo a saber la verdad. Tampoco deseo incomodarla. Se la envié hace un mes, apenas salió en librerías, y no he tenido noticias al respecto. Sospecho que no la ha leído ni tiene prisa por hacerlo. Está dedicada a ella, pero tal vez no ha visto la dedicatoria. En general, mi madre no lee novelas y, en particular, no lee las mías. A pocas semanas de celebrarse las elecciones presidenciales en el país en que ella y yo nacimos, su atención está volcada a los asuntos políticos. Es una conspiradora infatigable. Participa de la campaña electoral como si ella misma, con ochenta y cinco años, fuera candidata, una líder incorruptible, fogosa, insobornable. Lee los periódicos de derechas y de izquierdas, invita a ciertos candidatos a comer en su casa, hace donaciones discretas a sus favoritos y no oculta su apoyo resuelto e inequívoco al candidato del Opus Dei, su amigo de toda la vida, quien, a la temprana edad de diecinueve años, eligió el arduo y espinoso camino de la abstinencia sexual, aunque, por suerte, no se impuso también, como castigo adicional, el camino no menos arduo de la abstinencia gastronómica, y a quien llama con afecto Rafael, un señor gordo y casto, gordo y aguantado, que, humano al fin, se desahoga echando discursos, comiendo sin mesura y bebiendo licores. La última vez que vi al amado Rafael de mi madre, me encontraba cenando con mi esposa y mi hija mayor, y él, como todas las noches, se hallaba conspirando y, al mismo tiempo, transpirando. Me llamó, me saludó y, mientras hablábamos de pie uno frente al otro, me pareció que estábamos tan gordos que su ombligo rozaba al mío y su barriga se fusionaba con la mía en una suerte de vientre obeso del demonio mismo.
Por fin mi esposa ha terminado de leer mi novela. Comprensiblemente, no se apuró en leerla. No ardía de curiosidad por extraviarse en aquella ficción sobre militares golpistas. Como la novela se imprimió el pasado mes de octubre en unos talleres de Barcelona, y el editor nos envió de regalo un número de ejemplares, y yo dejé esos libros apilados en un lugar visible de la casa, a ver si mi mujer se tentaba a ojearlos, ella bien pudo leer la novela en octubre, o en noviembre, o en diciembre, o en enero, pero, sabiamente, sospechando que no le convenía hundirse en ese océano turbio de palabras enredadas como pulpos entre algas marinas, aplazó la inevitable cita con esa novela, ganó tiempo y prometió que recién la leería a mediados de febrero, en Madrid, en el hotel Wellington, donde yo la presentaría. Su argumento se fundaba en la superstición, la cábala, los augurios: Leí “Los genios” en Madrid y nos trajo buena suerte, por eso quiero leer “Los golpistas” también en Madrid. Al invocar la protección de la fortuna, se aseguró, juiciosa, cuatro meses felices, incontaminados, sin enredarse en el libro de marras. Ya de regreso en la isla donde vivimos, mi esposa, tras bracear dos semanas a contracorriente leyendo la novela, me dijo, como si llegara, exhausta, de una carrera de resistencia: Terminé tu libro. Luego exhaló un suspiro, me abrazó fuertemente y no dijo nada más. No elogió el libro, tampoco lo criticó. Compréndase que estudió en un colegio alemán y, debido a ello, es bien alemana en sus palabras y sentimientos.
Confieso que le tengo miedo a mi esposa. Por eso no me atreví a preguntarle si la novela le había gustado. Cuando digo que le tengo miedo, no me refiero a un temor sentimental, a que ella haga escenas melodramáticas, rompa a llorar y me diga palabras groseras, malsonantes. La verdad es que le tengo miedo físico. Mi esposa es más fuerte que yo, pelea mejor que yo, podría matarme en un minuto y medio. Es cinturón negro en karate no una, sino tres veces. Posee una fuerza impresionante. Cuando se presenta en la academia de karate, rompiendo maderas a puñetazos y patadas, derribando adversarios, neutralizándolos con llaves de control y estrangulamiento, impone respeto, mete miedo. Las señoras que asisten a esas exhibiciones, y ven cómo mi esposa hace volar por los aires a sus hijos quinceañeros, dejándolos tumbados, con la lengua afuera, me dicen en broma: Pórtate bien, porque, si te portas mal, te van a pegar en tu casa. Pero no es broma. Yo le tengo miedo a mi mujer. Tengo pavor a que me dé una paliza, me tire al suelo, me tuerza el pescuezo, me interrumpa la respiración. Por eso no he querido preguntarle si le ha gustado, o no tanto, mi novela. Es obvio que le ha parecido un plomazo. Mejor guardo silencio.
Peor todavía, mi esposa también ha leído mi testamento, o su versión más actualizada, porque dicho documento cambia con cierta frecuencia, y sabe que, si yo muero, ella heredará la mayor parte de mi patrimonio. Si bien es cierto que ahora, como corresponde, se permite una vida libre, confortable y desahogada, sin privarse de nada, es un hecho incontestable que será más rica cuando yo deje de respirar. Tal vez por eso procuro no pelearme con ella. Sé que me ama, pero también que, como yo, ama al dinero, al vil metal. Y es solo natural que su amor por mí tienda a declinar con los años, más todavía porque tengo sesenta y un años, y ella apenas treinta y siete, y porque soy un viejo lento, bobo y panzón, y ella una diosa que todos los días hace karate y luego gimnasia y finalmente pilates en una sala ardiente. Le tengo tanto miedo a mi esposa que le doy la razón en todo, incluso cuando no tiene razón, y le celebro las bromas, incluso cuando no son graciosas, y hago lo que me dice, incluso cuando no me da la gana de obedecerla. Soy entonces su esposo mascota, su esposo esposado, maniatado, sujeto con correa. Cuando, hacia la medianoche, ella saca a pasear al perro y me pide que la acompañe, lo hago sumiso, dócil, amansado, y siento que está paseando a sus dos mascotas, solo que yo no orino en los árboles, o no todavía.
En los próximos días viajaremos a la ciudad del polvo y la niebla, donde mi esposa y yo nacimos, para asistir a la fiesta de casamiento de mi hija, a quien, desde luego, no he enviado mi nueva novela, porque no quiero agriarle unos días tan dichosos de enamoramientos, promesas y celebraciones. Es curioso, pero nunca les he regalado a mis hijas alguna de mis muchas, excesivas novelas, tal vez porque las quiero tanto que no deseo corromper su felicidad, puesto que mis libros, casi todos, se inspiran en la tristeza, la desdicha, el fracaso y la soledad, y son ríos de sangre que se desbordan de unas heridas que no han cerrado ni, me temo, acabarán de cerrar.
En vísperas de viajar, le he preguntado a mi madre si quiere que pase a buscarla para ir juntos a la fiesta de mi hija. No te preocupes, me ha dicho ella, ya quedé con Piqué, él vendrá a buscarme, iremos juntos a la fiesta, no sé si te conté que estoy saliendo con él. Perplejo, le he preguntado: ¿Estás saliendo con Piqué, el futbolista? Y mi madre me ha dicho, en tono risueño: Sí, es un encanto, ya sabes que le gustan las mujeres mayores.






