El eterno ocaso de los intelectuales
Por Katherine Knorr International Herald Tribune
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PARIS
Aquí, en Francia, es un tema sempiterno: ¿qué le ha sucedido al Homo intellectualis ? Ocaso, declinación, comercialización: los diagnósticos reaparecen periódicamente en los titulares de la prensa nacional. El último golpe está cargado de una ironía grandilocuente; quizás haya llegado, pues, el momento de decir que este debate es a la vez fascinante y totalmente falto de sentido. Que es, sin duda, lo mejor.
En su último libro, Régis Debray, ex camarada del Che Guevara, asesor de François Mitterrand y hombre nada tímido, ha lanzado (según dice) su última palabra sobre el tema, calificando de "terminal" a gran parte de la intelectualidad francesa. Pero, por supuesto, ¡no están muertos!
Un interrogante básico: ¿de qué está hecho principalmente un intelectual? ¿Un filósofo, un novelista con grandes ideas, un teórico literario, un historiador, un sociólogo? ¿Quién logra formular las declaraciones solemnes acerca de todas las tendencias peligrosas de nuestro tiempo? Para gran irritación (por lo demás, estéril) de Debray, la respuesta parecería ser: el que se introduzca más rápido en la prensa y se haga lo bastante "mediático" -como dicen los franceses- para disparar peticiones sobre la nueva xenofobia, la última bestialidad cometida por el hombre contra el hombre o la grave decadencia del espíritu humano. No importa que estos grandiosos llamamientos a las armas sean fruto de reflexiones profundas o no.
En todo el mundo occidental y fuera de él, los aspirantes a pensadores profundos han descubierto, sin duda, que el periodismo de opinión, como el aguardiente, tiene efecto más rápido. No es una gran sorpresa que esos escritorzuelos iracundos ahora eviten a menudo las publicaciones intelectuales para volcarse, naturalmente, a los diarios, pero también a la televisión e Internet. Con todo, llama la atención que el debate persista en Francia, dado el enorme impacto que ha tenido este país en la historia de las ideas. Y por la fama superparadigmática de ciertos pensadores del siglo XX, como Jean-Paul Sartre y Albert Camus; la sabiduría perdurable de modelos menos "vendedores", como Raymond Aron, y la amplia publicidad dispensada en las últimas décadas a los "nuevos filósofos" y otras cabezas parlantes más jóvenes.
Aun así, el contrapunto de estas guerras intelectuales, libradas naturalmente en la prensa, acaba por sonar como un falso acento francés en un film de Hollywood. Y la mayoría de los actores parece saberlo.
Esta vez, resulta particularmente divertido que la pretendida opinión definitiva provenga de Debray, que ya ha abordado el tema y, desde luego, es un intelectual y no precisamente de los que evitan destacarse. El título del libro, i. f. suite et fin , es casi intraducible; vendría a significar "intelectual francés, continuación y fin", todo en minúsculas.
Mucho de cuanto dice Debray es difícil de refutar, aunque bastantes cosas ya han sido dichas por otros. Pero el estilo del libro -mitad jerga pop-cult , mitad erudito de la grande école - no deja de tener un ingenio agradable y asesino. Discutir el papel de los "intelectuales", de cualquier forma en que se haga, es tan viejo como el razonamiento mismo: el príncipe, el poeta, el loco.
Debray elige a Émile Zola -el que tanto influyó, con su "Yo acuso", en el caso Dreyfus- como el ur-I.O. ("Intelectual Original", ahora con mayúsculas), un gigante, comparado con el I.T. ("Intelectual Terminal"), el pensador superficial de hoy, ávido de publicidad. Si las iniciales parecen un tanto preciosistas, pues lo son, pero Debray dice que así nos movemos más rápido.
Fama y pereza
Cita algunos textos habituales, aunque apenas si menciona de pasada a Julien Benda, autor del clásico La traición de los intelectuales (1929). Más atención le merece Jean-Franois Lyotard, el cual, hace unos años, dijo que los intelectuales habían dejado de existir. Cita a muchos otros, sobre todo a novelistas que también fueron las grandes voces morales de su tiempo, entre ellos André Gide, que volvió la espalda a la Unión Soviética mucho antes que numerosos contemporáneos suyos. Por supuesto, Debray es extremadamente culto: el mundo de las ideas es, en gran medida, el suyo. Podría haberse remontado más atrás en la búsqueda de sus grandes hombres y podría haber citado más a la generación joven de intelectuales conservadores. Pero a cada uno lo suyo.
Además del anhelo de fama, reprocha a los I.T. , entre otras cosas, su pereza intelectual y su confianza excesiva en las ciencias sociales. De ahí, sostiene, su calificación bajísima como vaticinadores: por ejemplo, hace unos años, pronosticaron grandes avances al ultraderechista Frente Nacional, que poco después hizo implosión.
Acierta por entero al condenar a buena parte de los pensadores recientes por su fácil estilo titulero y la prontitud con que motejan de "nuevo Hitler" a un mal tipo bastante común o comparan situaciones desagradables con el Holocausto sin que, en realidad, existan paralelos. Y tiene razón respecto al modo en que algunos escritorzuelos franceses, de izquierda o de la ex izquierda, acusan a todos los demás de "revisionismo", una palabra en extremo cargada.
Luego Debray queda en una posición bastante extraña: da la razón al conservador Aron y luego lo critica por tedioso. ¿Tal vez no fue suficientemente mediático? La conversión, con la edad, de izquierdista en derechista es una especie de pauta, y no sólo en Francia, como en el viejo dicho: "Un conservador es un liberal que fue asaltado". O como aquel anuncio aterrador: "¡Nosotros somos nuestros padres!"
La prensa reaccionó de inmediato, con todas las causas (y muchos de los sospechosos) habituales. Le Figaro invocó, naturalmente, voces bastante más conservadoras que Le Monde . Este citó, entre otros, a un nuevo filósofo más conocido por sus iniciales (B. H. L.) y al novelista, crítico y ex maoísta Philippe Sollers.
Los intelectuales, ¿yacen en su lecho de muerte? Hubo respuestas predecibles, unas ofendidas y a la defensiva, otras más que nada divertidas y otras, en fin, que delataron la misma autocomplacencia y engreimiento que Debray atacaba. E incluso hubo quienes insinuaron que en realidad Debray hablaba de sí mismo y de nadie más (digamos en su defensa que admite algunos de los síntomas).
¿No es un tanto ridículo que Debray denuncie a personas muy parecidas a él? Pues sí, lo es. ¿Y que otros, en tono desdeñoso o altanero, le digan que se equivoca cuando, por supuesto, acierta las más de las veces? Sí. Y todo esto, ¿volverá a suceder? Sí, sí, sí.
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