
El hilo de un violín
Por Alicia Dujovne Ortiz Para La Nación
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HISTORIA de una transmisión: éste debería ser el subtítulo de El violín de Rothschild , la película que Edgardo Cozarinsky, el cineasta argentino radicado en Francia, acaba de presentar en el Festival de Cine Independiente patrocinado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
La primera transmisión es la relatada por Anton Chejov en su cuento del mismo título publicado en 1894. En un pueblito perdido de Rusia, Bronza, un fabricante de ataúdes, toca el violín en una pequeña orquesta judía. El flautista, Rothschild, es un yurodivy : esa palabra rusa que no tiene traducción y que designa al simple de la aldea, tonto y sabio a la vez. Rothschild también es, irónicamente, el judío más pobre del lugar. Bronza lo acusa de arruinar las melodías alegres tocando su flauta con una melancolía insoportable, y abandona la orquesta en pleno baile. Pero su mujer, la sufrida Marfa, muere ese mismo día, y Bronza, que se ha pasado la vida contabilizando sus pérdidas porque en el pueblo nadie se muere, estalla en una inmensa queja que abarca todo lo perdido: la hijita muerta, las oportunidades desperdiciadas (nunca ha sido amable con su mujer, nunca ha visto la belleza ni la utilidad del río que corre junto a las casas), y decide morir. En ese instante viene Rothschild y le ruega que retorne a la orquesta. En un gesto que, para Cozarinsky, resulta incomprensible y gratuito, Bronza le regala su preciado violín a ese mismo judío al que momentos antes ha injuriado. El pobre yurodivy contempla estupefacto el instrumento mágico, se lo pone al hombro y le arranca la melodía más estremecedora que nadie haya escuchado jamás.
Un cuento, una ópera, un film
La segunda transmisión no es menos misteriosa. Esta vez los personajes también son un ruso, el compositor Dimitri Shostakovich, y un judío, su alumno, Benjamin Fleischmann. Shostakovich, que siempre ha soñado con poner música a algún texto de Chejov, le sugiere a su discípulo que escriba una ópera basada en El violín de Rothschild . Es la época de la guerra. Fleischmann escribe la ópera y, pese a las burlas de quienes no comprenden que un judío tenga sentimientos patrióticos, parte como voluntario a defender Leningrado y muere. La ópera se pierde, pero termina por llegar a manos de Shostakovich, que realiza la orquestación y propone al ministro de Cultura su estreno en un teatro de Moscú. "¿Cómo se le ocurre defender una música de cosmopolitas desarraigados, que no sirve para la construcción de la patria soviética?", le contesta el ministro. El violín de Rothschild sólo será representada en 1968, por una única noche: al día siguiente las autoridades la prohíben por "difundir propaganda sionista".
En el libro publicado en Francia en 1995, que contiene la historia de la transmisión musical, el cuento de Chejov y el guión de la película, Cozarinsky se interroga acerca del sentimiento de culpa de Shostakovich frente a Fleischmann. El compositor se había visto obligado a callar sus verdaderas opiniones y a inclinar la cabeza ante las imposiciones del "realismo socialista". En 1941, cuando Hitler rompió el tratado de no agresión contra la Unión Soviética, su Séptima sinfonía , plena de impulso patriótico, lo había convertido en el símbolo de la resistencia rusa contra el invasor alemán. Pero siete años después, Shostakovich, Prokofiev y Jachaturian, entre otros, figuraron entre los réprobos a los que se achacaban sus tendencias "cosmopolitas y antiprogresistas".
Ese mismo año, 1948, fue también el de la creación del Estado de Israel. Durante la visita de Golda Meir a Moscú, 30.000 judíos soviéticos manifestaron su deseo de emigrar al nuevo país. Fue la orden de partida para la represión antisemita en la URSS. Hasta ese momento Stalin había necesitado de judíos como el cineasta Eisenstein, el escritor Ehrenburg o el director del Teatro Idisch de Moscú Salomon Mijoels, agrupados en torno al Comité Judío Antifascista. Pero a partir de 1948, en plena Guerra Fría y frente a los Estados Unidos como defensores del Estado judío, el estalinismo mostró la hilacha. Los miembros del Comité Antifascista fueron desapareciendo uno tras otro. Eisenstein murió de un supuesto infarto, y Mijoels, genial actor y director teatral que contó a Chagall entre sus colaboradores, sufrió un supuesto accidente: un auto lo atropelló en la ciudad de Minsk. Stalin ordenó entonces que se le rindieran grandes honores fúnebres, así como había ordenado que las ruedas del auto le pasaran por encima. Un documental de la época permite ver a un violinista sobre un tejado, tocando una melodía idisch al paso del cortejo. Todos sabían, al oírlo, que allí no sólo se enterraba a un hombre y a un artista, sino también una esperanza: la de que el comunismo acabara con el viejo y entrañable antisemitismo del país eslavo.
Como bien se lo dice el ministro en la película -aunque utilizando otros términos más acordes con lo que los franceses llaman la langue de bois ("lengua de madera", es decir, de burócrata)-, Shostakovich tenía el arte de acumular las metidas de pata. La ópera de su alumno era una entre tantas. También se había permitido ser amigo de otros dos judíos mal vistos por el régimen: el director teatral Vsevolod Meyerhold, fusilado en 1940, y el músico Moisés Vainberg, liberado en 1953 gracias a la intervención del mismo Shostakovich. Su atracción por lo judío y por la música idisch surgen en el film del modo más conmovedor cuando, cerrando los ojos, Shostakovich sonríe imaginando al pobre Rothschild con su violín al hombro.
La deuda pagada de Cozarinsky
Esa sonrisa desencadena la ópera de Fleischmann, que ocupa buena parte de la película. Es como si toda ella estuviera situada bajo el signo de una sonrisa, y no porque se trate de una ópera alegre, ya que muestra sufrimiento y miseria, sino porque las imágenes y la música -paisajes de ríos, de sauces y de abedules sobrevolados por el sonido del violín infinito- están abiertas a una ternura entre feliz y dolorosa, cercana al éxtasis. Cozarinsky ha elegido libremente a los actores de la ópera, húngaros en su mayoría (la filmación se llevó a cabo en Hungría y Finlandia), con independencia de las voces de los cantantes rusos. El resultado es un muestrario de caras extraordinarias, de esas que nunca vemos en una pantalla, como las de los judíos que bailan en un casamiento o la de Mari Töröcsik, que hace el papel de la moribunda Marfa y cuyas arrugas expresivas, hermosísimas, representan un desafío a nuestras lisas concepciones de belleza. Por su parte, Sándor Zsóter en el papel de Rothschild es la imagen misma del judío frágil, etéreo, casi impalpable, mientras se aleja por los campos, agitando el violín, al viento los faldones de su abrigo, libre, como volando, salvado por la música.
Transmisión de un violín, de una ópera, de un sentimiento de piedad y de deber, el film de Cozarinsky se parece prodigiosamentre al pago de una deuda íntima y secreta. Una cadena de culpas entre Bronza y Rotschild, entre Shostakovich y Fleischmann, entre un mundo perdido -el de la cultura idisch masacrada por Stalin- y un cineasta argentino "cosmopolita y desarraigado", es decir, desgarrado. ¿Qué o quién es el protagonista de este film? ¿El joven y heroico Fleishmann? ¿El antihéroe Shostakovich, que admiraba a Chejov porque para él "todos los hombres eran iguales y los pintaba dejando que el lector distinguiera lo que estaba bien o mal"? ¿O el hilo de la música que salva al yurodivy , la misma y eterna música que ejecuta un violinista desconocido mientras entierran a Mijoels? Escuchemos las palabras de Shostakovich con que termina el film: "Demasiada gente ha muerto y nadie sabe dónde está enterrada. ¿Quién puede erigir un monumento a su memoria? Sólo la música puede hacerlo". © La Nación
El último libro de Alicia Dujovne Ortiz es la novela Mireya (Editorial Alfaguara).




