
El inconfesable regreso de las proscripciones
En su obra El 18 Brumario de Luis Bonaparte , Carlos Marx incluyó una ironía que se convirtió en cita obligada. En el nuevo calendario de la Revolución Francesa, "Brumario" era el mes que correspondía, aproximadamente, al tradicional mes de noviembre. El 9 de noviembre de 1799, es decir, el 18 brumario, Napoleón Bonaparte dio el golpe de Estado que le abriría el camino hacia su coronación como emperador en 1804.
Del 18 brumario en adelante sobrevino la tragedia de las guerras napoleónicas entre Francia y el resto de Europa, que dejarían a su paso millones de muertos.
Pero al escribir El 18 Brumario de Luis Bonaparte , Marx no se refería al golpe de Estado del gran Napoleón, sino a otro golpe de Estado, el de su sobrino Luis Bonaparte, también apodado Napoleón el Pequeño, gracias al cual gobernó Francia durante las décadas de 1850 y 1860 hasta caer estrepitosamente frente a la Alemania de Bismarck.
Fue en El 18 Brumario de Luis Bonaparte que Marx introdujo su célebre ironía: cuando se pretende repetir la tragedia en la historia, dijo, ella vuelve como farsa. Lo de Napoleón el Grande había sido una tragedia. Lo de Napoleón el Pequeño, una farsa.
La aguda observación de Marx sirvió desde entonces para describir todas aquellas situaciones en las que el intento de reavivar un pasado glorioso termina en el ridículo. Pensemos por ejemplo en el aparatoso intento de Mussolini por restaurar nada menos que el Imperio Romano. La repetición de la tragedia como farsa se ha dado no sólo en Francia o Italia, sino en muchos otros países, entre ellos el nuestro.
La tragedia
Durante los años 20, la Argentina era una de las pocas democracias que existían, integrando además el lote de los diez países más ricos del orbe. Luego, sobrevino la tragedia.
Anteayer se recordó el septuagésimo segundo aniversario del golpe militar del 6 de septiembre de 1930. Ese acto de imperdonable ligereza, interrumpiendo el proceso constitucional iniciado en 1853, abrió la Caja de Pandora de nuestros males. De ahí en más, la Argentina inestable de los golpes militares y las breves restauraciones civiles anduvo a los tumbos hasta el regreso de la democracia en 1983, llevando consigo el estigma del subdesarrollo económico que todavía, agravado, nos aqueja.
El diccionario define la proscripción como "la acción y efecto de declarar a alguien público malhechor, comúnmente por causas políticas". De 1930 a 1983 se declaró malhechores a los adversarios políticos. Durante cincuenta y tres años, la Argentina padeció la tragedia de las proscripciones.
Durante los regímenes militares habidos entre 1930 a 1983, naturalmente, todos los políticos eran considerados malhechores, ya que no había elecciones de las que pudieran participar. Pero los regímenes civiles que se intercalaron entre los períodos militares también acudieron a alguna forma de proscripción para reprimir la competencia.
Esas formas proscriptivas variaron con el tiempo. En 1931, por ejemplo, el gobierno vetó la candidatura presidencial del líder radical Marcelo T. de Alvear por considerar que, habiendo sido presidente entre 1922 y 1928, todavía no se le había cumplido el tiempo de espera de seis años que exigía la Constitución, sin tener en cuenta, como ahora se ha hecho para homologar la candidatura de Carlos Menem, que el período de espera de Alvear se había cumplido con la caída de Yrigoyen en 1930, así como el período de espera de Menem se dio por cumplido con la renuncia de De la Rúa en 2001.
Pero la de Alvear fue una proscripción unipersonal, "menor" si se la compara con el "fraude patriótico" que los gobiernos conservadores practicaron entre 1931 y 1943, bloqueando con el falso recuento de los votos a la oposición radical.
De 1946 a 1955, la proscripción que aplicó Perón a sus opositores ya no consistió en el falso recuento de los votos sino en perseguirlos y encarcelarlos mientras se les negaba casi por completo el acceso a los medios de comunicación.
De 1955 a 1973 el antiperonismo en el poder cambió otra vez la forma de las proscripciones. Los votos se contaban bien y hubo un acceso creciente a los medios de comunicación, pero le estaba prohibido al peronismo presentar candidatos a las elecciones. Sólo en septiembre de 1973, cuando ganó Perón después de un exilio de dieciocho años, se vivió fugazmente una auténtica experiencia electoral, rápidamente eclipsada por el golpe militar de 1976. Sólo en 1983, con el regreso de elecciones sin fraude, prepotencia ni exclusiones, terminaría la larga tragedia de las proscripciones.
La farsa
Diversas iniciativas apuntan ahora al regreso de las proscripciones. Pero lo hacen con gestos tan ampulosos como engañosos. Son las hijas tardías de Luis Napoleón.
Hace unos días la senadora Cristina Kirchner propuso que se excluya de la carrera presidencial a los mayores de setenta años. Como el único precandidato en esa condición es Carlos Menem, la propuesta de la senadora tiene nombre y apellido. Mientras otros dicen "que se vayan todos", la senadora quiere, por lo pronto, que se vaya Menem.
Quizá Menem, después de todo, debería irse. La única manera de alejarlo en una democracia es, sin embargo, derrotarlo limpiamente en las urnas. El pueblo "proscribe" únicamente mediante elecciones.
En otros casos, grupos tumultuosos impiden hablar a los precandidatos. Así ha ocurrido en estos días en la Universidad del Nordeste, donde manifestantes enardecidos impidieron mediante amenazas que hablara Ricardo López Murphy.
Esto no es debate. Esto es proscripción, la misma que sufren candidatos y ciudadanos de las más diversas tendencias cada vez que los enfrentan con gritos e insultos para impedirles el desplazamiento o la palabra.
"Que se vayan todos" sólo sería una fórmula legítima si se tradujera como un mensaje al pueblo redactado en esta forma: "No los vote, para que se vayan todos". Pero la campaña por que "se vayan todos" se realiza mediante manifestaciones cuya agresividad permite sospechar que algunos miles quieren sustituir ruidosamente la voluntad de los 25 millones de argentinos en condiciones de votar.
Parecería que, en vez de referirlo todo a la voluntad soberana del pueblo, hay quienes llaman "pueblo" a las puebladas que pretenden reemplazarlo mediante la acción directa, olvidando que también actuaban en nombre del pueblo no sólo los soviets de Lenin sino también las hordas uniformadas de Mussolini y Hitler. Lo que siguió a todas estas manifestaciones "democráticas" no fue, precisamente, la democracia.
El intento farsesco por revivir con estruendo, aunque solapadamente, el clima de las proscripciones culminó esta semana cuando el propio Presidente abrió un registro donde supuestamente debería inscribirse el ejército de los "autoproscriptos" invitados a rubricar su propia firma.
Lo grave de la farsa proscriptiva que nos envuelve es que trasunta el mismo espíritu de la Argentina de las proscripciones abiertas: odiar al rival, descalificarlo, declararlo un malhechor público. Para un argentino, ¿vuelve a no haber nada peor que algún otro argentino? ¿Vuelve la intolerancia? Si tal fuera el caso, ¿podríamos extender más allá la ironía de Marx? Si a la tragedia sigue la farsa, ¿seguirá a la farsa, otra vez, la tragedia?






