
El mayor experto en fugas
Durante años Hasso Herschel organizó rescates de película: cavó túneles, armó vehículos con baúl doble, utilizó autos diplomáticos. Unas mil personas de la RDA pagaron por sus servicios Juan Pablo Morales LA NACION
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BERLIN
El pico sacudió desde abajo la tierra y el silencio cuando cayó la noche. La fábrica abandonada del Este que habían dibujado cien veces en los planos ahora estaba ahí arriba, a menos de un paso. Hasso se arrastró por el fango oloroso y respiró profundo. Todavía sentía el pánico al fantasma de los traidores, los espías y la mala suerte.
A una cuadra, su hermana Annita abrazaba a su hija en la mesa de un café, ansiosa por recibir una señal. No lo sabía, pero compartía la espera con otras 27 personas. Un desconocido pidió un expresso, sacó un cigarrillo, intentó prenderlo con un encendedor roto. Annita reconoció el mensaje. Contuvo las lágrimas. Agarró de la mano a su hija y siguió al desconocido entre los soldados: en el silencio de la fábrica encontró la tierra sacudida desde abajo, la salida del primer túnel que burlaba el Muro de Berlín.
A Hasso Herschel los ojos todavía se le ponen vidriosos. Repasó muchas veces en la memoria aquella noche del 14 de septiembre de 1962: la boca de la salida del túnel, el tobogán improvisado con maderas bajando hacia el barro resbaloso, su hermana gateando seis metros debajo del suelo entre los tabiques del camino zigzagueante. Ciento sesenta metros después, una escalera que sube a Bernauer Strasse. El Oeste. Cierra los ojos: escucha a todos gritar, como si descubrieran una suerte de tesoro perdido.
Hasso siente que relata la película de su vida. Y de una ciudad. Una ciudad que lo hizo sentir trascendente. Una ciudad que ya no es la misma, pero que todavía mantiene vivos los espectros de la división y el desdoblamiento. Como si la memoria estuviera hundida en una cicatriz.
Se ve en la calle y en sus habitantes. En Bernauer Strasse ya no está el edificio donde Hasso comenzó la excavación. Tampoco hay rastros la fábrica del este donde construyó la salida, del otro lado, en Schönholzer Strasse. Pero el hormigón de los monoblocks rusos que aún cercan el paisaje levanta una suerte de frontera invisible. Que convive con los palacios prusianos, con los huecos de las ruinas de la Segunda Guerra Mundial, con la tecnología moderna y resplandeciente que el Oeste levantó sobre las huellas del muro. Berlín es siempre más de una ciudad.
Hasso se reconoce en las heridas. Alza la voz cuando se concentra en los detalles: en cómo la noticia del túnel recorrió el mundo con la velocidad del interés político, en cómo la cadena norteamericana NBC le pagó 15.000 marcos para filmar cada beso y cada lágrima de la fuga. En cómo descubrió en ese momento cuál sería su destino: el riesgo por amor podía convertirse en un negocio.
El rescate de su hermana lo convirtió en un "profesional". Una suerte de organizador de fugas de todo tipo: con túneles, con camionetas de caja doble, con autos diplomáticos y hasta con helicópteros. Un rescatista que cobraba honorarios.
"Fue mi oficio. El más trascendente de mi vida", aclara hoy, en una mesa de hotel, en el incipiente otoño alemán de 2009. "La gente golpeaba la puerta de mi casa. Rescaté 1000 personas en 10 años. Fue cuando mi vida tuvo más sentido." Los ojos se le ponen vidriosos, otra vez. Hasso deja de gesticular, se rasca la sien desnuda, le pregunta a la traductora sobre ese país que llaman la Argentina. Vuelve a ser un hombre de 74 años que mira desde el fondo de unos lentes pesados, que ahora vive recluido en una granja en Uckemark. Arrastra una especie de identidad partida. Como Berlín.
Ya no es el de hace medio siglo, cuando se creía invencible. Tenía 18 años el amanecer del 17 de junio de 1953, el día que 400.000 alemanes paralizaron los centros industriales orientales, en contra de los recortes de salarios del régimen soviético. La protesta económica que terminó en un reclamo político, concentrado entre la puerta de Brademburgo y la plaza Marx-Engels.
El mismo trayecto donde hoy la colonia turca se gana la vida con la identidad dual: un puestero vende Trabants de juguete, un falso soldado ruso estampa postales con sellos del Este, un muchacho firma visas viejas a cambio de euros. O de dólares. Una parodia de verdades irresueltas. Basta ver una elección: la izquierda resucita en las ciudades orientales, donde pueden alcanzar hasta el 40 por ciento de los votos. En el Oeste le cuesta llegar a 1.
Pero, en 1953, a Hasso la política no le preocupaba tanto. Lo que más le molestaba era no poder escuchar jazz. Enfrentó tanques a piedrazos. Al otro día, el servicio secreto ruso lo fue a buscar a su casa. Alguien lo había delatado. Casi todos lo conocían: era una joven promesa deportiva, el tercer nadador más rápido de la República. Lo dejaron libre a las dos semanas, bajo la promesa de que no volviera a equivocarse.
Pero Hasso se equivocó. Empezó a comerciar en el Oeste y a hacerse de dinero prohibido. Lo atraparon una tarde del 54 con una máquina de escribir, una cámara de fotos y un largavistas. No lo perdonaron. Durante semanas lo interrogaron diez horas diarias, sin interrupciones. Las preguntas siempre se parecían: "¿Cuáles son tus contactos en el Oeste?" "¿Quiénes son tus cómplices?" Lo condenaron a 6 años de trabajos forzados.
Construyó vías de ferrocarril cinco días a la semana durante los siguientes 4 años y medio. Por trabajar horas extras le conmutaron 10 días por mes. Salió una noche de 1958. Una amiga le ofreció un pasaporte suizo. Lo aceptó el 13 de agosto de 1961, el mismo día que se anunció la construcción del Muro.
Apenas un turista suizo
La tarde del 21 de octubre agarró sus cosas y le prometió a su hermana que volvería por ella. Disimuló el frío nervioso que le corría por la espalda en la garita de Checkpoint Charlie. "¿Motivos de la visita?", le preguntaron. Respondió sin respirar: "Turismo". Un soldado miró el pasaporte suizo, levantó la vista, volvió a mirar el pasaporte. El silencio parecía una eternidad: "Está bien. Pase."
Cuatro días después, tanques soviéticos y norteamericanos se encontrarían por primera vez cara a cara en ese mismo lugar. A Hasso ya no le importaba: había empezado a planificar el rescate de Annita. Se contactó con dos italianos que preparaban sus propios planes. Reclutaron a un puñado de voluntarios y empezaron a dibujar mapas. Compraron tabiques, luces, picos y palas. Un año de planificación. Cinco meses de trabajo. Sortearon la mala suerte cuando un caño roto casi inundó el túnel. Se sintieron afortunados cuando la NBC les pagó por adelantado.
Durante los siguientes 10 años, Hasso aprendió el negocio: sacó camionetas ilegales por Checoslovaquia, usó autos diplomáticos que los soldados no revisaban, fabricó soldadoras huecas que escondían pasajeros. Llegaron a pagarle hasta 12.000 marcos (unos 6000 dólares) por rescate. En 1966, su madre murió mientras él preparaba otra fuga. No la veía desde el día antes de escapar. Hasso suprime dolores con tonos épicos: "Por todo eso, cada rescate era como una victoria".
Las victorias se terminaron en 1972. Ese año se firmó un acuerdo que alivianó los trámites para pasar de un lado a otro de los controles fronterizos. Su profesión entonces perdió atractivo y utilidad. Hasso intentó ser otro con la plata que había ganado: compró discotecas, montó negocios, probó suerte con restaurantes. Hasta escribió sus memorias en 24 folios que sirvieron de base para el guión de una película, que se llamó "El túnel" (2001). Jamás le fue tan bien como cuando era rescatista. Terminó mudándose a las afueras de la ciudad.
La noche del 9 noviembre de 1989 lloró frente al televisor. Salió a la calle, caminó solo en la madrugada, cerca de la frontera. Fue hasta la discoteca que tenía. Improvisó una fiesta. "Nadie lo podía creer", suspira. La traductora escucha, pero no puede seguir hablando: los ojos se le llenan de lágrimas. Ella tenía 14 años en 1989. Se excusa y retoma la charla: "Fue un momento increíble. En el Este nunca más volvimos a vivir una cosa así." Los dos, entonces, se quedan callados. Como si en el silencio de Berlín los espectros todavía hablaran.
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