
El Mercosur resucita de la mano del acuerdo con la UE y en un contexto de convulsión geopolítica
Es revelador revisar cuánto cambió el sistema internacional: en los albores de este milenio casi nadie cuestionaba las ventajas del multilateralismo y el libre comercio; de esos consensos queda poco y nada
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De pronto el Mercosur, que parecía pertenecer al pasado, se convirtió en una extraordinaria oportunidad para el país y la región. Luego de largos años de centralidad perdida y cuando solo acumulaba críticas y frustraciones, el esperado acuerdo con la UE le da una nueva vida, de la mano de la expectativa de que se incrementen las posibilidades de comercio e inversión que tanto necesitan la Argentina y sus socios para avanzar en la senda del desarrollo con inclusión. En el ínterin, algunos supusieron que esta ambiciosa construcción que transformó la dinámica regional iba a constituir un motor fundamental de cooperación, con el potencial de emular la calidad institucional de su par europeo. En nuestro medio, los más optimistas se animaron a proponer una moneda común, fórmula elegante de “despesificar” la economía sin pagar los costos políticos de una eventual dolarización. Los “mercoescépticos”, en contraste, aseguraban que esta unión aduanera estaba destinada al fracaso, en especial por las crecientes asimetrías entre los países que la componen, sobre todo (pero no únicamente) en términos de inestabilidad cambiaria y monetaria. Estos últimos hoy están recalculando. Lo cierto es que, aferrado a la continuidad brindada por el acuerdo del sector automotor y habiendo superado las pulsiones secesionistas que, en diferentes etapas, impulsaron distintos presidentes (Jair Bolsonaro, Luis Lacalle Pou, Javier Milei), el Mercosur llegó casi por inercia a esta coyuntura crítica que le permite volver a empezar.
Tampoco conviene idealizar la etapa que se abre el próximo fin de semana, cuando se firme el acuerdo en Asunción: detrás de las celebraciones y las formalidades deben destacarse los zigzagueos sobre la presencia de Lula da Silva (enojado por no haber capitalizado este logro durante su presidencia pro tempore del bloque, que finalizó en diciembre pasado). Más aún, las diferencias con la Argentina escalaron exponencialmente luego de la detención de Nicolás Maduro, cuestionada por Lula y celebrada por Milei, a tal punto que Italia reemplazó a Brasil en la administración de los asuntos consulares en Caracas. Menudo desafío para Santiago Peña primero y su sucesor, Yamandú Orsi, en la segunda mitad de 2026. En ese momento se profundizará la campaña presidencial en Brasil, que tiene hasta ahora un competidor confirmado. Se trata de Lula, que buscará un inédito cuarto mandato, y que acaba de protagonizar un comercial notable: camina en sunga por las playas de Río con su esposa, Janja, señalando cómo las corrientes de agua de izquierda y derecha terminan plácidamente fusionadas. Milei apoyaría al candidato de una derecha hasta ahora dividida, que podría ser Flavio Bolsonaro, hijo del expresidente, o los gobernadores Tarcisio de Freitas (San Pablo) o Romeu Zema (Belo Horizonte).
La compleja negociación hasta lograr el acuerdo con la UE, que sigue generando fuertes protestas por parte de los agricultores franceses y que tendrá efectos inmediatos (aunque tardará un buen tiempo hasta que sea ratificado por las partes), duró un cuarto de siglo. Es revelador revisar cómo y cuánto cambió el sistema internacional en ese período. Al comienzo, en los albores de este milenio, casi nadie cuestionaba las ventajas del multilateralismo, el libre comercio y los tratados bilaterales y entre bloques. Todo hacía suponer que la globalización había llegado para quedarse y que los países debían adaptarse a su lógica y exigencias, aun pagando costos internos muy significativos. De esos consensos queda poco y nada, sobre todo por el accionar disruptivo de Donald Trump en este primer año de gestión, quien, a diferencia de lo ocurrido en su mandato anterior, carece de un gabinete que le ponga límites y lo ayude a evitar escándalos permanentes y errores no forzados de política doméstica e internacional que afectan a su propia gestión, su país (incluidos sus votantes) y al mundo. Esto incluye aspectos controversiales como la política comercial (la ya trillada e impredecible política arancelaria), el asedio a la Reserva Federal para que disminuya la tasa de interés (con la persecución penal de su titular, Jerome Powell) y la amenaza de controlar por cualquier medio Groenlandia, lo que en la práctica significa nada menos que la implosión de la OTAN.
Esto sucede a pesar de que la evidencia empírica disponible ratifica que los acuerdos de libre comercio son un instrumento formidable y ventajoso para las partes involucradas. Y si bien implican costos, como todo en la vida, sus beneficios son infinitamente mayores. Los países más abiertos, los que más comercian (importan y exportan), son no solo los más desarrollados, sino también los más estables. Por otra parte, existe una muy alta correlación entre el dinamismo del comercio exterior y el índice de desarrollo humano. Lo mismo ocurre con el sistema democrático. En contraste, economías cerradas y políticas proteccionistas, en especial en sus variantes más agresivas e insensatas (como las que adoptó desafortunadamente nuestro país), producen distorsiones y externalidades negativas que inducen a decisiones macro y microeconómicas perniciosas para el conjunto de la sociedad, favoreciendo a unos pocos allegados al poder. Lo peor: alienta la descoordinación y confrontación entre países que genera enormes riesgos geopolíticos de motivar serios conflictos militares, como ocurría antes de la Segunda Guerra Mundial.
También existe una enorme cantidad de estudios sobre la independencia de los bancos centrales que demuestran que cada vez que un gobierno pretende influir en las decisiones de la autoridad monetaria, por ejemplo, para reducir la tasa de interés y estimular el consumo y el crecimiento, logra el efecto contrario. Un paper reciente de Thomas Drechsel en el Journal of Economic Literature, que analiza en detalle el caso de Nixon, concluye que “la presión política para expandir la política monetaria (1) incrementa el nivel de precios de forma rápida y persistente; (2) no impacta en absoluto en el nivel de actividad; (3) impulsa episodios inflacionarios de mediano y largo plazo; y (4) influye mucho en las expectativas de inflación”. Ignorando las contribuciones de la economía política, Trump ataca a la FED y pretende controlar la tasa de interés (muy alta) que cobran las tarjetas de crédito. ¿Qué nos enseña la historia? Habrá menos crédito y será más oneroso para familias e individuos.
Al margen de estos desaguisados y abusando de la supuesta puesta en escena de la “Doctrina Donroe” (para muchos observadores, más que una revisión del principio impulsado por el presidente James Monroe en 1823, un conjunto de improvisaciones y caprichos difíciles de comprender, como la relación con Vladimir Putin y la desaprensión por la democracia), la agenda internacional de Trump le quita énfasis a su promesa de “America First”, es decir, focalizar en aspectos internos, en especial en materia económica. El alto costo de vida se instaló como una cuestión de primer orden que el gobierno republicano no logra resolver. Y los abusos de ICE, la policía migratoria, generan una reacción social difícil de controlar. Hay síntomas de rebeldía en pleno año electoral: Trump acaba de evitar un motín de los senadores de su partido que se disponían a limitar la discrecionalidad del presidente para usar las Fuerzas Armadas sin autorización explícita del Congreso.
“Pocos hicieron tanto por este acuerdo como Putin y Trump”, aseguró un diplomático europeo que participó de la última etapa de negociaciones. “El primero, por alertarnos de la necesidad de diversificar las fuentes de energía (…) ¿Trump? Ahora la UE tendrá una presencia fundamental en el Cono Sur, disputando la pretensión de hegemonía en el Hemisferio Occidental que pretende Washington”.





