
El miedo del hombre blanco
Por Alicia Dujovne Ortiz Para LA NACION
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PARIS
En las películas del Lejano Oeste que veíamos allá lejos y hace tiempo, podía suceder que el "comboy" se enamorara de la india. No sucedía a menudo, pero sucedía. En esos casos, y para evitarme vanas ilusiones, mi madre siempre me prevenía: "Vas a ver que la india se muere". Yo conocía el resto del discurso materno: la última bala tenía que ser para la india porque el cine norteamericano de esos años podía tolerar un romance interétnico, pero jamás un casamiento. En vez de terminar con un beso, como debía ser, las películas con indias terminaban amargamente.
En estos momentos, compartir con una inmensa mayoría de europeos -y descuento que de argentinos- la amargura ante el resultado de las elecciones norteamericanas me retrotrae a aquel cine de la calle Bonorino, en el barrio de Flores, cuando todo un público infantil coincidía en considerar esos horribles The End con india muerta como el fin del mundo.
Frente a la renovada evidencia, más vale sentirse acompañados: si Kerry no ganó, fue porque no logró convencer con sus razones costeñas -de las costas oceánicas de los Estados Unidos, abiertas al resto del planeta- a un vasto y para nosotros misterioso país de tierra adentro que sigue sin permitirle a la india casarse con el rubio.
La prensa europea ha multiplicado las fórmulas para definir al tipo de persona que votó por Bush. "Es la victoria de los bebedores de cerveza frente a los de vino tinto", se ha dicho. La frase cobra sentido cuando se sabe que en los Estados Unidos -como, en mi opinión, en todas partes del mundo- beber vino tinto es signo de cultura, refinamiento y civilización. Los "comboys" no son adictos a esa bebida mediterránea que invita a una embriaguez plácida y razonable. Andar armados hasta los dientes y entrenar a sus hijos pequeños en el tiro al blanco para que aprendan los brutales principios de la autodefensa condice más bien con la cerveza (absorbida en cantidades apreciables) o con esa violenta bebida blanca a la que Laura Bush se refirió cuando le dijo a su marido: "O ella o yo". Es como para preguntarse si la no menos violenta religiosidad con la que el actual presidente reelecto de los Estados Unidos reemplazó su alcoholismo habría tenido el mismo carácter de misión sagrada, en caso de que lo sustituido hubiera provenido de la simple uva. El abandono del vino tinto no basta para tomarse a sí mismo por un enviado de Dios. Creerse el representante del eje del Bien supone haber abandonado líquidos menos tolerables para el organismo, cuya ausencia, simétricamente, engendra la intolerancia.
Alcoholes aparte, las encuestas lo dicen muy claro: el triunfo de esta "revolución conservadora" basada en la defensa de los "valores" tradicionales y en el rechazo del otro -llámese extranjero, mujer u homosexual- se debe al hombre blanco de más de treinta años que gana bien su vida. Una mayoría de mujeres, de negros y de gays votó por Kerry. Los judíos, por causa de la guerra en el Medio Oriente, y los latinos, por causa de Fidel, estuvieron divididos. Pero ese hombre blanco, casado con otra blanca y en posesión de un buen empleo marcó la diferencia. Bush no se equivocó al concentrarse en él poniendo el dedo en la llaga: el hombre blanco de más de treinta años, etcétera, es un hombre con miedo. Todo discurso que excite ese sentimiento básico y primario será un discurso ganador.
El azar ha querido que dos acontecimientos menores en relación con esta catástrofe mundial que significa la reelección de Bush, pero cargados de un fuerte simbolismo, marquen a su vez la diferencia. No entre dos maneras de encarar el espíritu norteamericano, sino entre los Estados Unidos "bushificados" y la "vieja Europa", como la llamaron los despechados consejeros pro bélicos de Bush cuando Francia decidió no ir a empantanarse en Irak.
Poco tiempo atrás, el candidato italiano propuesto y sostenido por Barroso y por Berlusconi para la presidencia de la Comisión Europea tuvo que retirar su candidatura, sólo por haber incurrido en declaraciones homófobas y machistas. Al haber afirmado que el casamiento debía ser realizado exclusivamente entre un hombre y una mujer, y que la mujer necesitaba un "macho" que la protegiera, ese personaje no podía estar a la cabeza de ese organismo europeo.
El segundo acontecimiento tiene relación con un trigésimo aniversario. Como por casualidad, las primeras planas de los diarios franceses publican en estos días la publicidad del libro de Simone Veil, Les hommes aussi s´en souviennent (Los hombres también se acuerdan). El subtítulo: Una ley para la Historia. La tapa muestra a una Simone Veil joven y hermosa delante de un micrófono, al pronunciar en el Senado francés, en noviembre de 1974, el discurso que dio por resultado la promulgación de la ley del aborto.
En una entrevista con Annick Cojean, que figura en el libro junto con el histórico discurso, la entonces ministra de Salud del presidente Valéry Giscard d´Estaing se asombra todavía del odio que su propuesta suscitó en aquel tiempo, así como de la hipocresía reinante en ese inmenso semicírculo del Senado, compuesto casi exclusivamente por hombres que "en secreto buscaban direcciones para hacer abortar clandestinamente a sus mujeres, fingiendo ignorar las trescientas mujeres muertas cada año en esos abortos clandestinos". Sin embargo, lo más sorprendente para ella, que por lo demás formaba parte de un gobierno de derecha, fue la mezcla rara de sexismo y racismo de las agresiones que recibió. Sobreviviente de Auschwitz, Simone Veil tuvo que soportar que le preguntaran si pensaba arrojar los fetos en hornos crematorios.
Treinta años más tarde, los miedos de esa sociedad "hipócrita" se revelaron infundados. La natalidad no ha caído (Francia es uno de los países de Europa con mayor cantidad de nacimientos), y al aborto, del que nadie se alegra pero que representa para muchas familias y mujeres solas una necesidad, recurren los que así lo deciden. Ninguna ley obligará a abortar a los que consideren la vida del feto tan sagrada como la del bebe, pero tampoco ninguna impedirá hacerlo a los que no compartan ese criterio. "Con el tiempo -dice hoy Simone Veil, justificando el título de su libro- muchos hombres se han dado cuenta de que la IVB (interrupción voluntaria del embarazo) y la legalización de la píldora anticonceptiva por la que las feministas habían bregado tanto, no los ponían en peligro. Al contrario: también a ellos les facilitaban la vida." Sólo se es libre si el otro también lo es.
El tema del aborto y el del casamiento homosexual acaban de dividir a la sociedad norteamericana, inclinando la balanza en favor del conservadorismo, si no del fundamentalismo de extrema derecha. Es el momento de que Europa, frente a esos Estados Unidos unilaterales -los del hombre blanco de más de treinta años, etcétera, agresivo por temor a perder lo que posee-, se una y fortifique como un bloque multilateral. La fuerza reflexiva puede parecer vacilante porque discute mucho, y si discute mucho es porque se permite dudar. Pero preservar la "ética de la incertidumbre", según la expresión de Edgar Morin, implica nada menos que salvaguardar la humanidad.
Agreguemos que este fortalecimiento europeo, bienvenido e indispensable, no implica en absoluto el enfrentamiento con los Estados Unidos múltiples y abiertos los que tanto amamos. Ellos siguen estando, por suerte, ahí. Menos numerosos que los obtusos y cerrados, es cierto, pero siempre vivos.
Por lo demás, esto que ahora sucede dista de ser nuevo. Si lo parece, es porque el breve paréntesis de la presidencia de Clinton pudo hacernos pensar en la desaparición de los sheriffs con la estrella clavada en el pecho. El título del diario Libération al día siguiente de las elecciones estadounidenses -"L´Empire empire", (el Imperio empeora)- demuestra esa desmemoria de la que tampoco se salva la televisión francesa, al difundir, como si fueran novedosos, chistes sobre el asilo político que los países europeos ofrecerían a millones de norteamericanos dispuestos a exiliarse: Woody Allen o Susan Sontag, con el monito al hombro. ¿Pero nos hemos olvidado de Charlie Chaplin, que tuvo que refugiarse en Europa, en 1952, víctima de una campaña de hostilidad orquestada por el patrón de la CIA que lo acusaba de algún crimen equivalente al casamiento con la india?






