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ANÁLISISLUCIANO ROMÁN

El modelo Messi: un legado cultural en doce párrafos

El capitán de la selección jugó todo el Mundial con una mochila extra: sabía que la salud de su padre se había agravado; sin embargo, sacó a la cancha su genio y su talento inigualables, y una fortaleza anímica y un sentido del deber que hoy adquieren otra dimensión y vale rescatar como un ejemplo

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El emotivo momento que compartió Lionel Messi con su padre, mediante una videollamada, tras la victoria de la selección argentina en la final de la Copa América 2021
El emotivo momento que compartió Lionel Messi con su padre, mediante una videollamada, tras la victoria de la selección argentina en la final de la Copa América 2021
Luciano Román
Por Luciano RománLA NACION
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Son doce párrafos escritos con el corazón, pero también con la cabeza. Un texto profundo, pero a la vez sencillo; emotivo, pero al mismo tiempo sobrio. Después del impacto que provocó en el mundo entero, tal vez valga la pena releerlo como la síntesis perfecta de un modelo inspirador.

La carta que escribió Lionel Messi por la muerte de su padre tocó una fibra sensible. Nos conectó con la intimidad de su dolor, pero también con nuestras propias experiencias de pérdida y de duelo. Sin embargo, y quizá sin proponérselo, también esconde entre líneas la reivindicación de algunos valores que hoy lucen desdibujados.

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Supimos a través de esa carta que el capitán de la selección jugó todo el Mundial con una mochila extra: sabía que la salud de su padre se había agravado; esperaba un mensaje suyo que no llegaba; intuía que las cosas habían empeorado mucho. Sin embargo, no solo sacó a la cancha su genio y su talento inigualables, sino también una fortaleza anímica, una capacidad de concentración y un sentido del deber que hoy adquieren otra dimensión y que vale rescatar como un ejemplo.

La carta de Lionel Messi para su padre, Jorge
La carta de Lionel Messi para su padre, JorgeInstagram (@leomessi)

La carta expone el dolor y las inseguridades de un hombre que se encuentra con su propia fragilidad. Lo hace sin maquillaje, pero sin caer en el victimismo. Habla de sus dudas y de su vulnerabilidad, pero también alude a sus compromisos y a un legado paterno basado en la disciplina, la constancia y el esfuerzo. Hay que leer el texto en sintonía con una decisión: el mismo día en el que lo hizo público, Messi jugó un partido con Inter Miami. Fue a trabajar. Puso el deber y el compromiso por encima de su propio dolor. Fue un gesto austero, pero también una demostración de compromiso, sin ponerse por ello en un lugar de superhombre.

Podría haber elegido, antes y después de la muerte de su padre, alejarse de sus obligaciones. Tenía derecho; nadie se lo hubiera reprochado. A esta altura de su carrera, no tiene nada que demostrar; no le queda nada por ganar. Sin embargo, eligió honrar sus obligaciones. Actuó con sentido del deber sin resignar, como se ve en la carta, la cercanía con su familia, la conexión con los suyos.

Por supuesto que el duelo es un proceso muy íntimo y personal. Cada uno lo transita a su manera, con sus propios recursos y en circunstancias y contextos que nunca son iguales. No cabe frente a eso ninguna opinión que no sea la de los expertos. Messi no ha pretendido, tampoco, dar lecciones a nadie y caeríamos en el riesgo de la sobreinterpretación si le asignáramos a su carta un sentido moralista. Pero su figura es una caja de resonancia que lo amplifica todo. Él mismo es, además de un futbolista excepcional, un líder global cuya conducta ejerce una influencia natural en la sociedad que trasciende, incluso, las audiencias deportivas. Desde esa perspectiva, su carta puede leerse como un mensaje inspirador que navega contra una corriente cultural que ha debilitado, en alguna medida, el sentido de la responsabilidad y del deber.

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El destino quiso, con cierta ironía, que un día después de la carta de Messi se conociera una noticia que parece anecdótica y marginal, pero que tal vez exprese, a través de un caso extremo, un fenómeno del que se habla poco: el director de una escuela rural de Misiones se tomó, a lo largo de 18 años, 3300 días de licencia laboral. Equivalen a un semestre de vacaciones por año. En las redes sociales se mostraba, al mismo tiempo, de vacaciones en playas del Caribe y hasta en un viaje a Dubái. Cobraba un adicional del 80% del salario por trabajar en “zona desfavorable”.

¿No se ha consolidado en el sistema educativo una cultura del ausentismo?

Es un caso absurdo y exagerado, pero habilita algunas preguntas: ¿no se ha consolidado en el sistema educativo una cultura del ausentismo, en la que cualquier situación es válida para justificar una falta, hacer “trabajo remoto” o pedir un compensatorio? ¿No es una tendencia que se ha extendido en el resto de la administración pública, pero también en ámbitos laborales del sector privado? Solo en la provincia de Buenos Aires, uno de cada tres docentes, según los últimos datos disponibles, está abocado a cubrir una suplencia por licencia del titular.

Juan Carlos Kategora, el director de una escuela rural de Misiones investigado por un récord de licencias
Juan Carlos Kategora, el director de una escuela rural de Misiones investigado por un récord de licencias

No existen estadísticas generales, y tal vez sea un fenómeno subdiagnosticado, pero en cualquier oficina de Personal o departamento de Recursos Humanos tienen registro cotidiano de algo que podría definirse como cierto “desapego laboral”. La idea de compromiso profesional empieza a ponerse en crisis. La comodidad y la necesidad personal tienden a ubicarse por encima de la obligación y de la responsabilidad en el trabajo. Motivos que antes nadie se hubiera atrevido a exponer para justificar una ausencia, ahora se esgrimen con toda naturalidad: “Me quedo en casa porque hoy viene el electricista”. Los certificados por “estrés” circulan con tanta ligereza que hasta a veces generan dudas sobre el rigor con el que se manejan algunos profesionales de la salud.

No todos los trabajos, por supuesto, exigen un horario de oficina

En La Plata hubo una noticia que pasó casi desapercibida: en una delegación municipal, la de Los Hornos, destruyeron a martillazos el aparato que acababan de instalar para controlar el presentismo a través de control biométrico por huella digital. ¿Fue un mero hecho policial o el síntoma de una cultura basada en el “descontrol” y el “vale todo” en vastos sectores del empleo público?

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La política ha naturalizado una especie de “flexibilidad sui generis” que atraviesa el compromiso laboral. No todos los trabajos, por supuesto, exigen un horario de oficina ni un régimen estricto de presencialidad. La conexión digital genera nuevos formatos y oportunidades. Pero basta recorrer edificios públicos un viernes a la tarde para comprobar que los fines de semana, en el Estado, tienen una duración más laxa que en el “mundo real”. En los tribunales federales o provinciales, los días y horarios de atención se han convertido en un misterio. En el Congreso y las legislaturas provinciales, los viernes y los lunes son “días muertos”.

Messi, en el momento más difícil de su vida, no esconde su dolor ni imposta invulnerabilidad, pero cumple sus compromisos

En este contexto, y sin que ese haya sido su objetivo, la carta de Messi ofrece un modelo contracultural. En el momento más difícil de su vida, no esconde su dolor ni imposta invulnerabilidad, pero cumple sus compromisos, ejerce la ética de la responsabilidad. Su carta nos recuerda una forma de entender el trabajo. Representa una cultura que puede estar debilitada, pero que todavía existe. Muchos la sostienen, día tras día, en los más diversos ámbitos: en el campo y en la ciudad, en las fábricas y en los teatros, en el Estado y en el sector privado, en el deporte y en la ciencia. Lo hacen con compromiso, con honradez, con la dignidad del que, simplemente, hace lo que hay que hacer, aunque nadie esté mirando, aunque duela, aunque parezca que no rinde frutos.

Messi, en el partido con el Inter Miami el mismo día que publicó la carta por la muerte de su padre
Messi, en el partido con el Inter Miami el mismo día que publicó la carta por la muerte de su padreLynne Sladky - AP

Messi demuestra, además, que la sensibilidad no está asociada al victimismo. Contrasta con una cultura pública en la que muchas veces la exhibición del dolor funciona como capital político o mediático, y no como algo que se administra con dignidad y discreción. No busca excusas en la tragedia personal; habla de sus propias limitaciones (“no pude, las piernas no me daban más”), sin echar culpas ni explorar atajos. También suena a contracorriente.

Para el filósofo español Fernando Savater, “hoy todo el mundo quiere ser víctima y tener su escaparate”. Ve el victimismo como un rasgo de la cultura contemporánea, como algo redituable y como una forma de conseguir atención y validación social. Messi nos demuestra, sin embargo, que se puede ser un héroe sin ser una víctima. Y nos muestra, si se quiere, algo más simple y terrenal; más cercano a los “simples mortales”: se puede ser sensible, sin dejar de ser profesional; se puede ser vulnerable sin perder la fortaleza.

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Como las grandes enseñanzas, la de Messi no viene envuelta en sentencias pretenciosas ni en alardes retóricos: viene de las palabras y las actitudes simples. Nos recuerda que la cultura del esfuerzo está en la herencia familiar y nos habla de educar a los hijos en esos valores. En apenas doce párrafos escribe, sin quererlo, un manual de conducta. Son 492 palabras contra aquellos 3300 días de licencia de un docente que eligió su comodidad antes que su deber. Suena exagerado, claro, pero en el contraste reside una disyuntiva de la Argentina.

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