
El mundo vivirá años de angustia bajo la amenaza de los átomos de Damocles
La expiración del tratado New Start eliminó la última barrera de contención del desatino armamentista; EE.UU., Rusia y China preparan en secreto un aumento de nuevos arsenales
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El 6 de agosto de 1986, en un discurso que pronunció en Ixtapa (México) para recordar el 41er aniversario de Hiroshima, el escritor colombiano Gabriel García Márquez espeluznó a una parte del mundo al recordar que las 50.000 ojivas acumuladas en las santabárbaras de las grandes potencias alcanzaban para “eliminar doce veces todo rastro de vida en la Tierra”. Hoy, 40 años después de esa advertencia apocalíptica, los nueve países que poseen armas nucleares contabilizan 9600 unidades “disponibles para uso militar”, es decir, instaladas en vectores (misiles, aviones o submarinos). Teniendo en cuenta la reducción de los arsenales y que las ojivas transportan ahora menos cantidad de megatones, la capacidad de destrucción de las grandes potencias es actualmente inferior a la panoplia de 1986, según la Federation of American Scientists. Un cálculo macabro realizado por el Global Blast Simulator determinó que los átomos de Damocles que penden sobre el destino de la humanidad alcanzan, de todos modos, para aniquilar “solo” entre cuatro y 10 veces todo vestigio de vida sobre la Tierra.
El aparente progreso que muestra ese cálculo no es, sin embargo, nada alentador. Se trata más bien de un espejismo: la expiración del tratado New Start, el 5 de febrero pasado, eliminó la última barrera de contención del desatino armamentista, precisamente en momentos en que China, Estados Unidos y Rusia no disimulan su intención de modernizar y reforzar sus arsenales. Donald Trump dejó morir sin piedad el acuerdo firmado por Mikhail Gorbachov y Georges H.W. Bush en 1991, que limitaba el despliegue de Estados Unidos y Rusia a 1550 ojivas estratégicas (es decir, de largo alcance) y 700 lanzadores (bombarderos, misiles balísticos intercontinentales submarinos, terrestres o aéreos), aunque sus arsenales de reserva son sensiblemente mayores, con más de 5000 ojivas cada uno, incluyendo armas tácticas y reservas de corto alcance. China tiene más de 600 ojivas y espera llegar a 1500 para 2035. Esas tres grandes potencias concentran actualmente el 90 por ciento de las armas nucleares en el mundo, según el Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (Sipri).
No es lo más grave. El peor riesgo es que simultáneamente con la extinción del acuerdo Start desapareció un conjunto de reglas sobre verificaciones, visitas in situ de instalaciones nucleares y el sistema de notificaciones recíprocas adoptado para evitar interpretaciones erróneas.
Trump parecía inicialmente proclive a la prolongación del tratado por un año, propuesta por el líder ruso Vladimir Putin. Pero cualquier renovación resultaría extremadamente frágil sin las imprescindibles “medidas de verificación”, que hoy son imposibles por una simple razón: desde que Rusia rompió una serie de tratados internacionales para invadir Ucrania en 2022, Occidente perdió totalmente confianza en la “palabra de Putin”. Otro motivo que explica el escaso interés de la Casa Blanca es que los expertos en disuasión –tanto republicanos como demócratas– argumentan que Estados Unidos necesita aumentar su arsenal para resolver el “dilema de los dos pares”. La nueva realidad geopolítica muestra que Estados Unidos enfrenta dos rivales estratégicos al mismo tiempo. Por una parte, persiste la amenaza rusa, que en los últimos años incrementó su arsenal en aproximadamente 1500 proyectiles tácticos (contra un centenar de Estados Unidos). Al mismo tiempo, agregó esos nuevos sistemas ”esotéricos” que prepara desde 2018, como los misiles de crucero de propulsión nuclear y el dron submarino interoceánico Poseidón –aún en desarrollo–, portador de una ojiva termonuclear, concebido para borrar Londres de la superficie terrestre o sumergir las costas de Estados Unidos bajo un tsunami de magnitud apocalíptica. Menos fantasiosos, pero más graves, son los proyectos urdidos por Moscú, Pekín y Washington para colocar armas nucleares en el espacio.
La extinción del tratado Start actualiza esas amenazas porque, por primera vez desde el primer acuerdo de limitación nuclear de 1972, desaparecieron las últimas barreras de protección y se abrieron las puertas a una proliferación desenfrenada.
Otra razón es que el líder del Kremlin no quiere abandonar el chantaje atómico, por lo menos mientras sus fuerzas sigan inmovilizadas en Ucrania. Desde el comienzo del conflicto, Putin lanzó personalmente por lo menos nueve amenazas nucleares (tres explícitas y seis retóricas), mientras que otros altos personajes del régimen –como el vicepresidente del Consejo de Seguridad, Dmitri Medvedev; el canciller Serguei Lavrov, o el portavoz Dmitri Peskov– multiplicaron las advertencias a un ritmo de una o dos veces por semana, según un paper del German Institute for International and Security Affairs.
La actitud de las tres grandes potencias y el “asesinato a sangre fría” del tratado Start abrieron una nueva fase geopolítica que agrava la incertidumbre de las relaciones internacionales. Por una parte, la banalización de las amenazas nucleares rusas trastornó la gramática de la disuasión, que se había ido perfeccionando paso a paso desde la famosa crisis de Cuba entre Estados Unidos y la URSS, en 1962. Hasta la invasión de Ucrania, como en las viejas reglas del Far West, cuando alguien sacaba el revólver era para usarlo. Desde el comienzo de la guerra en Ucrania, aunque todo el mundo finge conservar la sangre fría, “la incertidumbre creada por la sucesión de bravuconadas innecesarias contribuyó a agravar la incertidumbre y la inestabilidad internacional”, reconoció Lukasz Kulesa, gran experto en disuasión del think tank británico Royal United Services Institute (RUSI).
La principal consecuencia de ese episodio mayor, que pasó prácticamente inadvertido en casi todo el mundo, es la amenaza de inestabilidad que abre para el futuro, pues desencadenará un efecto de “protección proporcional” por parte de los otros seis países “dotados” (Francia, Gran Bretaña, Corea del Norte, la India, Pakistán y sin duda Israel) y que mecánicamente estimulará la peligrosa carrera armamentista que preparan en silencio Rusia y el complejo militar industrial de Estados Unidos. Sobre el total de los 500.000 millones que aumentará el presupuesto militar de 2026, Trump decidió destinar 87.000 millones a modernizar el arsenal nuclear y, en particular, a aumentar la cantidad de ojivas en los mayores submarinos de misiles balísticos.
Por otra parte, contribuirá a desinhibir a la decena de países que trabajan en la preparación de armas nucleares y piafan por mostrar los músculos que cultivan en secreto desde hace años. Irán, Corea del Sur, Japón, Canadá, Alemania, Polonia, Hungría, Holanda, Brasil, Sudáfrica y Ucrania parecen haber llegado al inquietante nivel de nuclear latency (umbral nuclear). Los más avanzados de ellos están “a una vuelta de destornillador” de la detonación experimental. La principal diferencia entre tener capacidad técnica y construir armas nucleares es voluntad política, no necesariamente tiempo de desarrollo. La mayoría de los países citados pertenecen a esa categoría, lo cual los coloca en un rango de uno a tres años del primer ensayo, precisa un estudio de la comisión de Defensa de la House of Commons (Cámara de Diputados británica).
El temor de los expertos suecos del Sipri es que –por falta de voluntad, temores estratégicos o especulación irresponsable– el mundo se lance a breve plazo en una carrera armamentista potencialmente más aterradora que la que conoció el mundo durante la Guerra Fría.
Especialista en inteligencia económica y periodista






