El muro que no se derrumba
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MADRID.- "SOY un militante de ETA, vengo a matarte." Estas son las últimas palabras que María Dolores González Catarain, nombre de combate Yoyes, escucha antes de ser asesinada con una bala en la nuca. Es el 10 de septiembre de 1986, y la plaza principal de Ordizia, en el País Vasco, está llena de gente con ocasión de la fiesta patronal. María Dolores, de treinta y dos años, tiene a su lado a su hijito de tres y medio. Quien pronuncia dichas palabras y, apoyando el revólver sobre la nuca de la condenada a muerte, dispara, es José Antonio López, también joven, nombre de combate Kubati.
Yoyes es una ex dirigente de ETA, en la que había ingresado a los diecisiete años, en tiempos del franquismo. Era la primera mujer en el estrecho grupo de los jefes. En el período de transición a la democracia, había alimentado serias dudas acerca de su continuidad en la lucha armada contra un Estado que ya no era el régimen autoritario del Generalísimo. En su diario personal, había acusado a ETA de "militarismo fascista" y había elegido el camino del exilio, en México y Francia. Desvinculada completamente del terrorismo, y aprovechando una ley de reinserción en la vida civil para ex miembros de ETA que no se hubieran manchado de crímenes sangrientos, volvió al País Vasco. Un año más tarde pagó con su vida el derecho de repatriación. ETA había hallado en Yoyes a una dirigente traidora, que ponía en peligro la supervivencia de la agrupación.
La historia de Yoyes llegó a la pantalla grande, cuando la tregua terminó y ETA ha vuelto a asesinar. Filmar una película sobre el terrorismo acerca de ETA (se llama justamente Yoyes y en España ha sido estrenada hace una semana) requiere coraje y determinación, sobre todo cuando la industria cinematográfica está convencida de que el tema, controvertido y doloroso, es de poco agrado para el público español. La directora navarra Helena Taberna no se ha amedrentado, explicando que filmó la película "no sólo contra ETA, sino contra la barbarie". La vida y la muerte de Yoyes, como en una especie de tragedia griega, y ETA, transformada en Saturno que devora a sus hijos, no podía sino fascinar a los cineastas. Jorge Semprún, mientras era Ministro de Cultura, le propuso la historia a Costa Gravas, que fue a España, se encontró con la familia de Yoyes, pero abandonó el proyecto, porque la temática estaba lejos de su propia sensibilidad.
No fue el caso de Helena Taberna, que no se dejó intimidar por el terrorismo vasco y por la hostilidad circundante.


