El "No" de los daneses
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POR segunda vez en ocho años, los ciudadanos de Dinamarca han rechazado intentos por consolidar los lazos entre ese país y la Unión Europea. En 1992 no quisieron ratificar el Tratado de Maastricht. Esta vez se negaron a la adopción del euro. Hubo, en ambos casos, pronunciamientos electorales que dieron cuenta de mayorías considerables, aunque no abrumadoras. Ahora, igual que antaño, el proceso previo fue impecable, moderado y ajeno a todo dramatismo: Dinamarca, pequeño país arquetípico del espíritu y de la cultura de Europa, se ha habituado a decir no a la Comunidad sin desmentir en lo más mínimo su acendrada índole europea.
Se trata de un nuevo traspié en el largo, ajetreado y fecundo camino de integración que llevan andado los países de Europa occidental. Es cierto que, en términos de pura política, la decisión de una nación sin mayor peso diplomático, militar o financiero, en la que ningún gran entramado empresarial tiene sede, poco debería inquietar a los promotores incansables de la unidad europea. Pero el pronunciamiento del pueblo danés tiene un peso moral que no puede ser ocultado.
Dinamarca no quiere cambiar por euros sus coronas y no lo hará, aunque en la práctica el carácter subsidiario de su producción y su debilidad mercantil le imponen, desde hace ya un siglo y medio, una creciente dependencia de los movimientos de capital que se registran en el resto del Viejo Continente.
No son las estructuras económicas de la Comunidad las que deben alarmarse y, en rigor, no parece que nadie de esa esfera vaya a hacerlo. Pero hay algo concreto y es que se manifestó desconfianza hacia un objetivo importante de la integración europea; y se reiteró cierta renuencia de los dinamarqueses respecto del proceso de integración continental.
Como esto sucede en uno de los ámbitos más evolucionados de Europa, caracterizado por la madurez cívica y notoriamente exento de los enconos históricos y de las frustraciones que envenenan a tantos otros países, el hecho justifica, al menos, la atención de quienes procuran interpretar la marcha de las cosas y prever el destino que les aguarda.
Por supuesto, la cuestión de fondo es que en Dinamarca, lo mismo que en casi todos lados, la integración pide pero no ofrece: un sistema basado en proponer renunciar a cosas simplemente para no perder otras, y en invocaciones rituales a lo inevitable de su naturaleza, puede ser aceptado como una necesidad, sobre todo si se está con el agua al cuello, pero nunca despertará entusiasmo. En ese sentido, la Unión Europea no es distinta de otros empeños integradores, invariablemente saludados por negociadores y negociantes que, en lo esencial, apenas si merecen del común de la gente algo más que indiferencia.
Países sometidos a tensiones despiadadas quizá imaginen que en ese abracadabra de suprimir fronteras sus problemas se paliarán. Países poderosos pueden fantasear con que su ascendiente se afiance. En unos y en otros sólo la vocinglería de grupos marginales asume resueltas posiciones antiintegracionistas. Pero en otros lugares, signados por el bienestar y el sosiego, la resistencia nace, simplemente, del hecho de que las razones alegadas no son convincentes. Dinamarca -granja modelo, patria de vikingos mansos, soldaditos de opereta y hotelería licenciosa, como alguna vez se dijo- es un caso de escepticismo comprensible, seguramente afín a varios otros que alberga Europa.
En esta ocasión había que sacrificar la política monetaria, que a eso, en suma, equivale la carencia de denominación propia para los valores fiduciarios. Al parecer, en Copenhague se piensa todavía que una desvalorización puede salvar a los lácteos de la competencia alemana o que de haber carestía la suba del cambio contribuirá a controlarla. En rigor, nadie está en condiciones de decir que no será así; a lo sumo se argumenta que a los daneses les basta con ser una mera peculiaridad cultural . Ellos siguen ocupados, entretanto, en sus otros asuntos de Estado, que no son desdeñables.


