
El Noroeste, con mirada desprejuiciada
Sobre Guanaco, de Esteban López Brusa
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No hay que buscar un argumento definido en Guanaco. Esteban López Brusa (La Plata, 1964) ha elegido una estructura bastante libre para su novela: abundan los elementos dispersos y durante la mayor parte predomina un protagonista colectivo. Dos ejes le imprimen al libro un sustento de estabilidad. Uno es espacial: la ciudad de Humahuaca y sus alrededores constituyen el escenario donde se desarrollan la mayoría de los hechos narrados por el autor. El otro eje, de tipo temático, se centra en los guanacos y recorre la obra como un leitmotiv.
Entre los episodios que se van tejiendo figura la visita de Ana Laura al Huemes, donde se hace amiga de Malena y Ercilia, las dueñas de ese bar humahuaqueño. Se habla del problema del agua en la región y de los reclamos de los pobladores de los cerros que son reprimidos por la Gendarmería. Se cuenta cómo los habitantes de un caserío llamado Las pirquitas, situado en las alturas del cerro Wano, con la extinción de la fauna y el secado de las vertientes debieron emigrar "hacia la mina o a la zafra del sur". Se describe, además, un ritual de sanación a cargo de Ramón Cáceres, un chamán muy respetado en toda la comarca.
El asunto de los guanacos abarca diferentes aspectos, como la parición. Otro se relaciona con la gastronomía, un segundo tema recurrente de la novela. Así se explica que en el menú norteño los cuadriles de guanaco se usan de relleno para las empanadas. Estos camélidos, se señala más adelante, "dan más si viven y no mueren", se los considera "un insumo para la producción", aunque "la urdimbre y los hilados forman parte de otra época", y se los caza para matarlos o capturarlos. Vinculado con la faceta económica, surge el nombre de Eliezer, un suizo propietario de una chacra que quiere dedicarse a la cría de animales silvestres.
Un nombre de los tantos mencionados al pasar –en este caso a propósito del Carnaval– es el de Juan Vargas, que ganó el premio al mejor diablillo en Humahuaca gracias a su agilidad y a un traje que incluía una máscara de alambre con estrellas puntiagudas y unas plumas gigantes y rarísimas.
En la tercera parte de la novela termina de imponerse la voz narradora del novio de Ana Laura, que ya había aparecido de manera fragmentaria. Este personaje relata, entre otras cosas, las peripecias de un viaje a Perú, un regateo en una feria de la ciudad de Salta y su paso por Humahuaca donde se da una vuelta por el Huemes. En Buenos Aires recibe a Eliezer y éste decide cambiar su proyecto de criar guanacos por la producción de queso de cabra.
Su crónica hace prevalecer un estilo coloquial ("estaba fundido", "una época jodida", "previos saludos a tuticuanti, rajó por la puerta grande", "más allá del garrón", "le insistí que por favor no boludeara", "tapas de los cedés truchos") y alcanza el momento más personal al contar su encuentro sexual con Betiana, una chica que trabaja en el Huemes: "Así terminamos sobre una colchoneta al lado de la salamandra. Desnuda era compacta, y le gustaba disfrutarse; se me echó encima, apoyó los brazos sobre el piso detrás de mis hombros y dejó flotando sus pezones arriba mío, amorosos, oscuros, que oscilaban cuando agitaba su cintura, un ritmo que eligió para los dos".
El libro avanza sin profundizar en los episodios que se van agrupando en forma aislada. A López Brusa (autor también de La yugoslava y Huevo o cigota) tampoco le interesa explorar la psicología de sus personajes. Se complace en lo fugaz y en lo espontáneo. Lo que propone Guanaco, en definitiva, es una mirada desprejuiciada sobre cierta región del Noroeste argentino, tan equidistante del estereotipo turístico como de la corrección política expresada por el concepto de pueblos originarios.
GUANACO
Por Esteban López Brusa
Mardulce
202 páginas
$ 160




