
El pacto de San José de Flores
Por Juan José Cresto Para La Nación
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Se está llevando a cabo la transición entre dos mandatarios del Poder Ejecutivo Nacional de partidos diferentes, en un ambiente pacífico y de tolerancia. Este sentimiento se extiende a la historia: hace pocos días se inauguró una estatua de Rosas en el predio de su viejo caserón de Palermo. Quizá convenga recordar que estos acontecimientos de verdadera unión nacional tienen su origen en el Pacto de San José de Flores, firmado el 11 de noviembre de 1859, del que se cumplieron en estos días ciento cuarenta años.
A partir de ese documento, la Nación Argentina será una e indivisible porque la provincia de Buenos Aires, retirada de la Confederación por la Revolución del 11 de septiembre de 1852, volvió al seno de su familia, es decir, junto a sus hermanas menores, las provincias del interior, con las que había nacido a la vida histórica. Una e indivisible, pese a los desencuentros de Pavón, de las guerras civiles posteriores, de la federalización de Buenos Aires.
Los motivos de Urquiza
El general Urquiza llega a la cúspide de su vida pública con este documento de confraternidad. No es el Pronunciamiento del 1º de mayo de 1851 el que cambió la orientación política argentina, abierta al mundo, ni la batalla de Caseros, prolegómeno de la Constitución Nacional y base de la democracia social, sino este pacto, que afirmó para siempre la nacionalidad.
Había motivaciones profundas en Urquiza. Somos hijos de la geografía y por lo tanto Buenos Aires era y es el embudo de salida al exterior de nuestra tierra. ¡Si lo sabrán las provincias que tanto lo han padecido! Buenos Aires tenía puerto, tenía aduana y tenía recursos que ella les proporcionaba. Dinero es poder. Con dinero se compran armas, uniformes, se organizan ejércitos, se pagan salarios. Con todo ello, Buenos Aires sojuzgó a las provincias. Urquiza supo del predominio de Buenos Aires, de la ley de aduanas de 1835, de la influencia de Rosas y de la subordinación obligada del interior.
Durante el Virreinato, según la idea concebida por aquel gran español que fue mariscal, Pedro de Cevallos, la Argentina llegaba hasta el Perú, tenía salida al Atlántico a la altura de Rio Grande do Sul y al Pacífico, al sur del río Biobío. La plata y el oro de Bolivia bajaban por la quebrada de Humahuaca y las provincias tenían un activo comercio y moneda metálica. Todo eso se perdió en 1812. La miseria y la desesperación dieron origen a revoluciones, caudillos, caudillejos y aventureros, señores de horca y cuchillo que retrasaron aún más a sus poblaciones. Comenzó a dependerse de la renta aduanera del Plata, producida por la exportación de cueros y tasajo, en el marco de una economía depredatoria de vacas salvajes y libres que pacían en una pampa sin límites y sin alambrados.
No se podría comprender a Rosas, a los Anchorena, a Estanislao López sin admitir la existencia de un sistema primitivo y brutal. Rosas es el producto de este medio. Por eso, denostarlo no tiene sentido, porque representó a la sociedad de su tiempo e hizo lo suyo a su manera, adherido a la tierra y al poder omnímodo y con respaldo popular. Eran individuos capaces de cargar a degŸello sable en mano, pero incapaces de quedarse con dinero ajeno, y menos aún si era público. Rosas fue un paisano de cuentas ordenadas, meticulosas, limpias. Pero nadie puede unir la palabra democracia a su gobierno. No permitió oposición alguna; él mismo era fuente de derecho. Cuando llegó el bloqueo francés cerró las escuelas y la universidad. Muchos de los que hoy lo elogian no habrían podido vivir en ese clima.
Urquiza tiene, en cambio, el mérito de haber salido de ese marco en el que estaba inmerso, haber entrevisto el futuro de la Revolución Industrial que comenzaba a derramarse el por el Viejo Mundo. Por eso reemplazó el grito estentóreo y de terror de "¡mueran los salvajes unitarios!" por el de "¡mueran los enemigos de la organización nacional!" La Constitución que él puso en marcha le dio, a su vez, límites a su propia autoridad y a toda autoridad, le puso plazos al poder y ¡a los seis años de mandato se fue!
No se inmiscuyó en las deliberaciones de los constituyentes cuando redactaban la Carta Magna, le juró obediencia, se subordinó al poder de las instituciones, aceptó las críticas periodísticas, fundó el Colegio de Concepción del Uruguay, verdadero faro luminoso que educó a la Generación del Ochenta, que gobernaría el país después de su muerte. Toda obra de progreso lo contó entre sus ardientes partícipes: ferrocarriles, industrias, navegación, transporte, banca. Decisiones rápidas, resolución valiente y arriesgada basada en la buena fe.
Ni vencedores ni vencidos
Después de Caseros no dijo "¡Muera!"; por el contrario, expresó: "¡Ni vencedores ni vencidos. Libertad y fusión de los partidos!" Después de Cepeda, en la batalla que vence a Buenos Aires, se dirige a la orgullosa provincia separatista y le dice "¡Un abrazo de hermanos!" Hoy, la estatua de Rosas se levanta en cercanías de la de Urquiza. Dos personalidades, dos políticas. En el Museo Histórico Nacional se guardan las reliquias que pertenecieron a ambas figuras. En salas separadas pero contiguas en la distancia sus objetos preciados nos miran con sus ojos ciegos indicando su antigua pertenencia. No discriminamos a los próceres ni somos jueces del pasado. Todas son glorias del pueblo argentino, que las hace suyas. Tampoco usamos la historia como argumento para beneficio de la política partidaria del presente.
Por eso pensamos que los argentinos estamos dando pasos positivos de tolerancia social, sentimiento que tiene su origen en aquel Pacto de San José de Flores. Fue hace ciento cuarenta años.




