El peronismo y la década del 70
Por Carlos S. Menem Para LA NACION
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Desde 1974 hasta 1976, y tras sangrientos episodios guerrilleros que la muerte de Perón agravó, el país fue un desorbitado campo de batalla. La presidenta no podía pacificar el país y los Montoneros y el ERP habían triturado la posibilidad de vivir en paz. Después de las montoneras del siglo XIX, fue la única experiencia de guerrilla urbana que sufrimos. La TV de la época mostró un penoso acto de la ciudadanía el 24 de marzo del 1976: en la Capital Federal, la gente salió a las calles con matracas para festejar la caída de Isabel Perón. Pero el pueblo tenía sus razones: el país era un caos en manos de delincuentes organizados, algunos de los cuales eran militantes incautos.
Todo se agravó durante el Proceso de 1976, durante el cual la dictadura cometió ultrajes y homicidios sistemáticos. La guerrilla asolaba con arma desleal y las Fuerzas Armadas la imitaron. Fue -y es- inconcebible que el Estado usara la armas de los delincuentes.
En 1983, la administración de Raúl Alfonsín impulsó los juicios a las juntas militares y a los líderes subversivos. Los metió en la cárcel. La comisión Sabato, en la que el escritor trabajó sin conocer la fatiga junto con decenas de intelectuales y políticos, nos mostró la verdad del proceso. El libro Nunca más es imposible de leer sin lágrimas y dolor. Todo esto se ha dicho y escrito en la Argentina millones de veces.
No sé, y no me interesa, qué hacía Néstor Kirchner mientras el Estado veía y mostraba la verdad. Fue muy doloroso saber que convivimos con militares y subversivos capaces de matar y torturar, pero eso hicimos: ver quién es quién, perseguir, acusar, juzgar, condenar.
Alfonsín comenzó a advertir que la sociedad militar reclamaba un final para esa historia. La Argentina necesitaba tener Fuerzas Armadas. Las generaciones de oficiales nuevos reclamaban respeto para la institución. Así se sancionaron las leyes de obediencia debida y punto final: con ese ánimo.
Cuando asumí el gobierno, la cuestión militar seguía siendo grave. Una sublevación me esperaba. Una. La sofoqué en horas y puse de rodillas a los desventurados. Firmé los indultos. Y se terminó para siempre la cuestión militar. Para siempre. Desde entonces, las Fuerzas Armadas se dedicaron a formarse seria y profesionalmente.
El gobierno actual logró algo extraordinario: un presidente puesto, que no pudo disputar siquiera una interna partidaria con éxito, rehace a su gusto una historia concluida. Nos arranca de la actualidad -hecha de 14 millones de pobres, con cuatro millones de indigentes- para discutir la sustancia volátil de la década del 70.
En la trampa se cae fácilmente, porque el Presidente especula y juega con sentimientos sensibles y heridas hondas. Usa el dolor de otros para sacarle ventajas a la política. Y lo logra: aquí estamos, discutiendo si Rucci sí o no. Usar el dolor es repugnante. El peronismo sufrió mucho por esa historia. Tuvo muertos por izquierda y por derecha. Perseguidos, en todas las épocas. Pero seguimos hacia delante.
Kirchner no puede admitir lo que debe admitir: él es el Presidente de la restauración conservadora más reaccionaria que se recordará nunca. Recibió feliz el legado de la devaluación monetaria y la pesificación de los depósitos y paga los servicios de la deuda externa en dólares norteamericanos y en efectivo, puntualmente, cada tres meses. Yo también pagaba, pero recibíamos por eso 200.000 millones de dólares en inversiones privadas directas, además de la asistencia financiera continua del BID, el Banco Mundial y el FMI, que jamás abandonaron al país.
El salario mínimo de un trabajador no capacitado, en 1994, era de 400 pesos. Con ese salario podían comprarse 400 dólares. Pero olvidemos eso, ante el argumento falaz y discriminatorio de que la clase asalariada no viaja ni compra importado. Con 400 pesos también se compraban 500 litros de leche y hoy se compran sólo 250. La canasta familiar básica subió, desde 2001 hasta hoy, el 125 por ciento. El salario es el mismo y los precios se duplicaron, y más que eso. Ese fue el efecto "reactivador" de la devaluación y la política que, desde entonces y hasta hoy, se sigue.
Lo peor no ha sucedido todavía, pero sucederá. Ya se han anunciado los aumentos en las carnes, los granos y el transporte; ya estamos inmersos en una crisis energética que sólo tiene antecedentes en 1985, cuando faltaba energía eléctrica en verano y gas en invierno. Los precios siguen aumentando y pronto aumentarán las tarifas de servicios públicos. Los salarios no pueden aumentar, porque la gracia de la "devaluación reactivadora" es precisamente ésa: provocar una enorme transferencia de recursos de la clase asalariada al sector productivo y financiero.
Hoy, la mano de obra argentina es una de las más baratas y bastardeadas del mundo. Todos los argentinos somos las víctimas de esta locura bien pensada, que ha generado una subclase en ascenso: delincuencia orgánica que secuestra, extorsiona, viola, mata, roba y hurta, con la paciencia oficial o sin ella. Para tapar a sus muchas víctimas, hay que distraerse con el setentismo.
Sólo así se puede comprender que una de las pocas identidades interesantes que le queda al Presidente sea la de prócer de los derechos humanos que se clava los puñales por un proceso militar que lo tuvo demorado doce horas en una comisaría. Nos hemos de ver entre abortistas, castristas y jefes del Ejército que sirven para descolgar cuadros cuando arde la inseguridad más espantosa. El ministro del ramo no tiene un solo plan integral sobre seguridad de las personas porque usa todo su tiempo en ver cómo hace para meterme preso de una buena vez. Es parte del espectáculo: un presidente encerrado, o un par de presidentes, disimulan el hambre y la violencia suburbana por muchas portadas de muchos diarios.


