
El problema lo tiene la esperanza
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“…Todo hace creer que la República Argentina está llamada a rivalizar con los Estados Unidos de América del Norte, tanto por la riqueza y extensión de su suelo como por la actividad de sus habitantes y el desarrollo e importancia de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible…”, se leía en un viejo libro de fines de la segunda década del siglo XX. La frase, propia del acto de intentar definir algo, deja escapar un entusiasmo que los límites propios de la escritura de un diccionario no pueden contener.
La oración connota que había algo en el aire, en la sensación de la sociedad, que se filtraba en las conversaciones de la época o en las palabras de los observadores propios y extraños de la realidad nacional, que dejaba intuir cierto futuro próspero luchando por imponerse y dejarse ver entre los intersticios del siempre intenso debate público nacional.
Había algo que podríamos llamar prosaicamente esperanza o, más idealmente, utopismo. Una idea asociada a un sentimiento de que este país tenía un destino manifiesto. Real o no, anclaba lo que hoy llamaríamos expectativas de lo que estaba por venir. Ayudaba a encaminar mejor los negocios materiales e intelectuales, a mirar con cierta audacia lo que vendría y a transitar con cierta calma la realidad de los días.
La Argentina, intensa como pocas naciones, se empeñó siempre en nublar, obturar y opacar esas expectativas. Pero por años se mantuvieron y trataron de aflorar, en medio de ese énfasis vernáculo por destruirlas. En el presente, con un éxito inusitado. Hoy, lo agrio domina las preocupaciones de la jornada, el nerviosismo gobierna el día a día, el presente constante quita al porvenir de la escena, el malhumor atraviesa las conversaciones sobre el estado del país, el descreimiento, convertido en el tirano habitual, ordena las discusiones y la desilusión hizo finalmente pie en un territorio que siempre le fue negado: el de la juventud.
¿Qué hemos hecho los argentinos? se preguntaba el Homero criollo en un pasaje de “El tamaño de mi esperanza” (1926). Borges, responde el interrogante de otro modo, con otra intensión y profundidad, en un texto sostenido en otros propósitos. Pero la cuestión es pertinente. ¿Qué hemos hecho con esa promesa entusiasmante que se olía en el aire y se escribía hasta en los diccionarios?
Quizá no hemos hecho nada, o tan solo poco, para que esa promesa se haya esfumado de nuestro trajín diario, para que nos termine abandonando y convirtiéndonos en sobrevivientes de una historia accidentada, circular y por momentos mezquina. La culpa será de los otros, entonces. O del alguien en particular. Nuestra no, como siempre.
Quizá el problema sea de la esperanza y de ella nomás. A causa de sus carencias o por su dificultad para entender a una sociedad como la nuestra o por su impotencia para hacerse un lugar entre nosotros. También, ¿por qué no?, a raíz de su aparente superficialidad, que no puede con la crueldad de unos habitantes de una tierra promisoria a la que tratan con descuido y malgastan con impunidad. Es solo ella la responsable de no cuajar nuevamente en la realidad del país, es la ensoñación que la domina la que no le permite recalar en el duro hábitat que nos empeñamos en construir. Es ella la que se robó así misma para quitarse de encima un país como la Argentina.
Y si es así, es un alivio, un descanso en la vorágine mental cotidiana. Una preocupación menos. Entonces, la respuesta acerca de lo mal que hicimos o dejamos de hacer, no está en nosotros. Es una suerte. Y junto a ese razonamiento aparece nuevamente nuestra originalidad inútil, esa de que hacemos gala cada tanto. Esa, que esta vez, nos hace creer y decir que la esperanza, a causa de las debilidades que le atribuimos, es la culpable de nuestro fatal descreimiento y de la destrucción cotidiana de cosas e ideas que, en un tiempo, hicieron del nombre de Argentina una promesa sin par.
Magister en Relaciones Internacionales. Docente universitario
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