
El reino de la tierra y el reino de los cielos
Por Orlando Barone
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En Venezuela, el flamante presidente tiene ante sí la quimera de tratar de resolver el dramatismo de una sociedad con un ochenta por ciento de pobres.
Dato que hace pensar en si realmente quien asume la responsabilidad de acabar con tal despropósito social -dieciocho millones de pobres sobre un total de veintitrés millones de venezolanos- es un predestinado o un cínico. Porque hoy su tarea es más irrealizable que la que intentó hace casi dos siglos Bolívar, el libertador que él admira. Chávez juró sobre una Constitución "moribunda", lo que al menos le garantiza que una vez muerta no tendrá necesidad de cumplirla.
En Guinness , el famoso libro de los récords, hay un largo capítulo dedicado a la riqueza y la pobreza. Son, casi en su totalidad, récords de ricos; los pobres ni aparecen. La omisión es obvia porque, a diferencia de la riqueza, que hace descollar a sus poseedores, los indiferenciables signos de la pobreza se pierden en la masa. Desde el confort, mirar a pobres es como mirar chinos: todos nos parecen iguales.
"Bienaventurados los pobres de espíritu...", advierte Dios, prédica que al menos en sus formas más cercanas no coincide con el mundo que se está fabricando y del que hasta George Soros se queja, y no por haber sido excluido de sus frutos. Soros es verdugo de día y altruista de noche, cuando se pone en pantuflas y le da de comer al pajarito. El Soros que importa es el diurno.
Tomás Moro, humanista cristiano, en una época en que Marx ni siquiera era un espermatozoide, se preguntaba en su célebre Utopía :
"¿Qué diremos de esos ricos que cada día se quedan con algo del salario del pobre, defraudándolo, no ya con combinaciones que privadamente discurren, sino amparándose con las leyes?" Moro fue decapitado.
En estos días se vio cómo un grupo de seres vivía en antiguos baños públicos abandonados y en ruinas bajo la superficie de la calle, en Congreso, a la par de los agujeros abiertos de las letrinas.
A sus moradores nunca les sirvieron el desayuno en la cama; tampoco se cepillan los dientes que les quedan. No saben lo que es el papel higiénico y menos el Kleenex. A apenas unos pasos de allí tienen sus despachos los legisladores que traman eternamente un método para reivindicarlos, sin conseguirlo. Es comprensible que se sientan desconsolados por eso y ni siquiera se vayan de vacaciones a tomar sol a la playa.
Cuentos y leyendas, y casi todo el gran arte nos han educado con ejemplos en los que los ricos son malos y los pobres son buenos, incluyendo entre éstos a un modelo infantil, Robin Hood, héroe antirricos que no surgió en un país comunista sino en un imperio.
En las grandes religiones la riqueza es mirada con desconfianza o aun execrada. "¡Ay de quien multiplica lo que no es suyo y acumula sobre sí prendas!", dice la Biblia. Para no insistir en la expulsión de los mercaderes del templo ni en aquella advertencia acerca de que "no se puede ser fiel a dos amos ni servir a Dios y al dinero", o en lo que dice Isaías: "¡Ay de aquellos que allegan casa a casa/ y juntan campo con campo,/ hasta que no hay más sitio, y os quedáis/ vosotros solos en medio del país!" Y no estaba refiriéndose a la Patagonia ni a su nueva clase de terratenientes con paisaje incorporado al dormitorio. Isaías era profeta cuando aún no existían los grupos económicos tipo "Pacman", cuyos estómagos parecen ampliarse a medida que tragan.
El presidente de la Nación se fastidia: "¿Acaso yo he inventado los pobres? No: los he heredado", dice. Según el Indec, en la Argentina suman siete millones; sería una exageración de los méritos creadores del Presidente adjudicar tamaño diseño a él solo. No existió ni existe quien se arrogue haber creado la pobreza. Debe ser el único rubro del que nadie quiere apropiarse. Y si últimamente da muestras de haber intensificado su presencia es por un raro efecto óptico, consecuencia de la excesiva luz de algún vecino próspero que está de fiesta. O por culpa de contrastes absurdos como el que plantea la noticia de que la reina Isabel tiene en un cofre un diamante del tamaño de una berenjena. Dicen los simbolistas que "la fortuna es implacable no por maldad ni por odio sino por una especie de indiferencia o capricho del azar."
El presidente norteamericano acaba de ofrecerle a su pueblo un balance opulento. Lo hizo sonriendo desde la envidiable calidad de vida de una sociedad que se permite el acto suntuario de un juicio por erotismo tabacal en un mundo que parece haber perdido el juicio en cuestiones de vida y muerte, con preeminencia de esta última.
Claro que cientos de millones de pobres, dispersos en toda la geografía del mundo, persisten en vivir erróneamente fuera del mercado. Unos, nostálgicos, esperan que de entre los escombros del Muro, un resucitado marxista reparta el contenido de las góndolas. Otros, más cerca del surtidor aunque nunca lo suficiente, se fuerzan a creer en esa inminente cascada mitológica cuyas afortunadas aguas salpicarán un día a todos. Pretenden ignorar que ya hay quienes le han puesto a la cascada un mecanismo que conduce los chorros hacia ellos mismos. Y, si no, los tapan.
Voltaire, que era un escéptico aunque creía en la posibilidad de alguna evolución de la especie, se reía de la teoría de Leibniz según la cual "Dios había creado el mejor de los mundos posibles". Sería éste. Pero Voltaire dudaba: "¿Es que Dios está en algún sitio, o fuera de todos los sitios?"
Séneca resulta más esperanzado: "Se puede saltar al cielo, incluso desde un rincón oscuro". Sólo que por más que los pobres salten y salten siempre encuentran que el cielo está ocupado. Agiles inversores, adiestrados por personal trainers , han saltado antes que ellos y han escriturado y enrejado hasta la última nube. Y hasta sonríen mientras los otros los miran reír con la boca llena. Pobre Platón, que pretendía que "un exceso de risa es indecente". Si hay algunos recolectores nativos que de tanto acumular ganancias no pueden parar de reírse.
Quizá Dios, si aún conserva la llave, haga cumplir aquello de que no les será fácil entrar en el reino de los cielos. Los pobres de aquí, en tanto, quisieran entrar antes en el reino de la tierra. No aspiran a despertarse y ver por la ventana jacarandáes florecidos mientras toman cereales; apenas sueñan con no tener que amanecer más con una zanja llena de moscas al borde del catre.




