
El reloj de Estrasburgo
Por Rodolfo Rabanal
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En la catedral de Estrasburgo hay un reloj astronómico que fue construido y vuelto a construir a lo largo de los últimos seis siglos y cuya sorprendente perfección mecánica compite con sus similares electrónicos hasta el punto de que pudo prever sin sobresaltos el excesivamente alarmista factor Y2K. La versión actual del reloj data del siglo XIX y ha de tener unos ciento sesenta años. Una vez pasé por Estrasburgo, salvo que en ese entonces las catedrales de Europa me habían abrumado tanto que ya no podía visitar una más. Pero, de haberlo hecho, habría visto con mis propios ojos la más perfecta maquinaria anterior a la era electrónica que se haya fabricado nunca.
Los alsacianos le dicen el reloj que marca la eternidad, y es posible que no se equivoquen. Mi amigo Horacio Hirsch, cuya afición astronómica le permite deleitarse con la complejidad poética de las mediciones celestes, me ha dicho que visitó la Catedral y vio el notable reloj, pero sólo "de afuera", lo cual equivale a enfrentarse con un mueble aparatoso de unos 15 metros de alto por 7,5 de ancho, tan parecido a un altar que uno no sabe si hay que venerarlo sin comprender, o tratar de comprender antes de venerar.
Hace unos días, mientras hablábamos del "virus" Y2K, mi amigo me acercó un ejemplar de la revista norteamericana The Sciences, cuyo tema central era precisamente el reloj de Estrasburgo. En pocas palabras, decir que se trata de un reloj no es decir gran cosa. Más que una máquina para medir el tiempo o dar la hora, este "mueble" es una computadora astronómica estrictamente mecánica capaz de seguir el rastro de más de cinco mil estrellas fijas, regular automáticamente las variantes del calendario, mostrar los años bisiestos y -¿milagroso?- pasar de 1999 a 2000 como lo hace el odómetro de un automóvil al dejar correr los números que señalan los kilómetros recorridos. Según su último constructor, Jean-Baptiste Schwilgué, el reloj de Estrasburgo fue equipado para funcionar hasta el año 9999 y quizá más.
Lo curioso es que Jean Baptiste Schwilgué se ocupó de reajustar el aparato alrededor del año 1840, concibiéndolo poco menos que "para siempre": su idea del tiempo no se limitaba a los términos de su propia vida o a la de sus hijos o nietos. Podía imaginar, o creer, que seguirá habiendo mundo, tierra y seres humanos en el año 10.000, y prever, en consecuencia, las correcciones que un cronómetro infalible deberá seguir para marcar sin error ese transcurso. Me impresionó saber que el reloj tiene cuatro ruedas: la primera gira en 24 horas, la segunda en 365 días, la tercera cada siglo y la cuarta una vez cada 2500 años. Los técnicos de los años 60 no se atrevieron a confiar en los programas electrónicos de entonces para evitar los fantásticos temores que produjo el "virus" Y2K, pero Schwilgué no tuvo dudas sobre la validez de su sistema. Preparó los engranajes para que, cada cuatro años, detecten un febrero de 29 días, y supo que todo lo que había que hacer era confiar en la seriedad de su tarea. Sólo con eso pudo prever el futuro sin proclamarlo.



