El señor del banco
Ignacio F. Bracht Para LA NACION
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No hago bajo este título referencia a un banquero o a un empleado bancario, sino a un hombre que conocí hace tres años, cuando se mudó, o lo mudó la vida, a un banco de granito, esos de estilo parisiense que ya no se ven debido a que cuando se deterioran o son destruidos por depredadores callejeros no son reemplazados. Está ubicado en la vereda de un parque de la zona norte de la ciudad, que no menciono por temor a que un escrupuloso empleado gubernamental se empeñe rápidamente en desalojarlo.
Allí se instaló y armó su lugar -su hogar, diríamos- usurpando un espacio público; ocupándoles, seguramente, el banco a una parejita de novios que harían de él un circunstancial y romántico lugar; o a un joven que, fumándose un porro en la vereda, soñaría váyase a saber con qué; o a un grupo de adolescentes que prefieren, por los costos, sentarse en un banco de plaza a tomar cerveza en vez de concurrir a un bar; o a algún vagabundo urbano alcoholizado que se acostaría en ese banco en busca de un poco de paz por unas horas, hasta encontrarse nuevamente de pie para continuar su errático camino. En fin, mi amigo -me adjudico el honor de contar con su amistad- es un "okupa" del espacio público citadino. Ahora bien, yo lo redefiniría como un guardián de dicho espacio, porque de no estar él ejerciendo su soberana presencia, el banco en cuestión se encontraría, como varios de la cuadra, semi o totalmente destruido por el vandalismo urbano. Justifico su ocupación, entonces, en defensa del patrimonio público. El personaje de marras posee un don de gentes que lo caracteriza, con una simple y manifiesta educación que hace recordar a la vieja Argentina, a la de la niñez de nuestros padres, o al respeto que prodigaban nuestros abuelos. Al tiempo ya ido, que no vuelve y que sólo se encuentra en el interior del país y en las zonas rurales.
El señor del banco, así lo llamaremos, pasa sus días y noches de verano e invierno, con sol o lluvia, en ese pedazo de granito donde instaló un colchón con sábanas, frazadas y un cobertor de hule verde para resguardarse de la humedad y el frío. Cuando a ciertas horas del día se retira de su "hogar" para lavarse, bañarse y afeitarse en una estación de servicio de la zona, cubre con su hule verde todas sus pertenencias y coloca unas pesadas piedras en ese atado a fin de tener seguro su patrimonio. Como él expresa: "La calle está llena de chorros"... que más de una vez le han arrebatado algo en su ausencia. Al pasear a mi perro por esa vereda, he tenido que persuadir a niños que, acompañados por sus madres, hacían tareas de cartoneros y pretendían llevarse todos los bienes del amigo, aduciendo que el lugar estaba abandonado. Curiosa y patética realidad de la Argentina presente, donde un pobre saquea a otro pobre.
El hombre, cuyo nombre desconozco, lee el diario de prestado todas las mañanas, escucha una vieja radio, veterana de mil batallas, barre y limpia la vereda de su espacio vital y se encabrona con la gente que, teniendo cestos, arroja los desechos en la calle. También se presenta muy crítico de los recolectores de basura, a quienes acusa de que muchas veces no cuidan que no exploten las bolsas y dejan restos desparramados en la calle, como letales granadas de putrefacción. Con los cartoneros, como un juez ecuánime, sostiene que "hay de todo, como en botica". Los hay responsables, que hacen su trabajo con orden y método, y hay también aquellos que abren, juntan lo que les interesa y el resto queda abandonado como en un basural, sostiene con seriedad.
El amigo, que no pide limosna, es apreciado en la zona y recibe la colaboración en especies y en metálico de los vecinos y de algún comedero del barrio. Su dicción y estilo, como señalábamos, es el del país de antaño, o el que podemos encontrar en el campo. Como un respetuoso criollo, saluda "buen día doña o don", "Que descanse don o doña" y siempre dando las gracias por algún motivo. Es un verdadero señor de la calle, con ese señorío que fue transversal y policlasista en nuestro país, donde tanto el rico profesional o empresario como el de clase media, profesional o propietario de algún negocio, o el simple portador de un oficio, o un llano obrero -pobre y digno- que se abrió camino con esfuerzo en la vida, tuvieron una sana obsesión: la educación de los hijos. Todos estos sectores sociales fueron así gracias a que en el país que se fue la educación era una prioridad del Estado nacional.
Retornando al amigo, éste posee un desarrollado sentido común, en muchos casos superior a varios comentaristas y a muchos sesudos y consagrados analistas de la política y los medios que, al decir del genial español Arturo Pérez-Reverte, conforman una nutrida fauna de "cantamañanas". El señor del banco realiza análisis superlativos, ya que siendo un observador cotidiano de la realidad de la calle, nada se le escapa a su existencia sin prisa: desde una linda mujer hasta un motochorro en acción. En general, descree de la clase política, empresaria y sindical salvo, como él dice, las excepciones, que no termina de aclarar o señalizar. Esboza argumentos que van desde la defensa del orden, el respecto social, su preocupación por un sector de la juventud que observa sin rumbo. Su sentido común, manifestado en sus conceptos, me hizo recordar al magistral Chesterton, que señalaba sorprendido el sentido realista y el bien estructurado pensamiento de los campesinos españoles -con un alto porcentaje de analfabetos- que conoció en la década de 1920, y que no encontraba en muchos sectores de la alta dirigencia británica de aquellos años.
Si tuviéramos que calificarlo en su manera de pensar, podríamos decir que el señor del banco es un descreído espíritu anarquista que cree, vaya paradoja, en la autoridad, el orden, la responsabilidad y el respeto, valores todos ellos casi en extinción. Posee, a su vez, un profundo sentido de pertenencia al país, del que habla con afecto sentido. Valga este simple ejemplo: hace poco tiempo, cuando el Club Atlético Independiente -el clásico rival de mi Racing Club- defendía la final de la Copa Sudamericana con el brasileño Goias, me dijo: "Perdone don, yo soy de Boca y me gusta más Racing que Independiente, pero en estas instancias yo soy hincha del Rojo porque es un equipo argentino", y lo dijo sin ningún énfasis chauvinista. Me hizo recordar cuando aún era un niño y Racing obtuvo la Copa Intercontinental en 1967, siendo el primer equipo argentino que se consagraba campeón del mundo. Los seguidores de Independiente saludaban a los racinguistas y aplaudían en su estadio ese logro. Luego vinieron los años de gloria para el eterno rival y ambas hinchadas cantaban: "Suben las papas, suben los melones, de Avellaneda salen los campeones". Un dato que hoy parece de otro planeta, ya que de encontrarse hinchadas opuestas el resultado es la agresión, la violencia y en muchos casos la muerte. Un signo de la Argentina actual.
Deben existir, sin duda, muchos personajes de la calle con perfiles parecidos al amigo del banco. Ante la medianía reinante que hace que los nuevos ricos ostenten casi con procacidad su riqueza frente a la miseria que nos rodea; frente a los autodenominados progresistas que destilan resentimiento pero disfrutan del presente como cómodos burgueses; frente a políticos que hacen de la marginación social su negocio, con la cuota de clientelismo y subsidios repartidos de manera discrecional y arbitraria con los que la pobreza pierde hasta la misma dignidad que la caracterizó siempre; frente a todo esto, el anónimo señor del banco nos brinda su sobriedad y señorío, sin odios ni espíritu de revancha hacia una vida que no le fue generosa y que afronta con su pobreza que destila dignidad, sin buscar el plan o el subsidio del puntero político; sin ejercer la violencia para ocupar espacios y luego exigir con extorsivas demandas su liberalización. Se convierte así, sin pretenderlo, en un ejemplo contrapuesto a la Argentina de hoy, donde la anomia social, la indignidad, el resentimiento, la venganza, la riqueza vulgar, la indiferencia y la impostura gobiernan soberanos. Por todo ello, quisimos rescatar su persona y su estilo de ser.


