El sueño de la Independencia
Por Juan José Cresto Para LA NACION
1 minuto de lectura'
Para declarar la independencia de las Provincias Unidas que habían constituido el Virreinato del Río de la Plata, el momento no era oportuno. Había inestabilidad institucional y graves derrotas militares. El 1° de octubre de 1813, el general Pezuela había vencido a Belgrano en los cerros de Vilcapugio, debido, en gran parte, a una confusión en los toques de clarín, y el 14 de noviembre nuestras tropas habían sido vencidas en la pampa de Ayohúma. Un imponente ejército invasor había entrado en los actuales límites de nuestro país. Por otra parte, España había reforzado con 2300 hombres la guarnición de Montevideo, ciudad en poder del enemigo que amenazaba a Buenos Aires, junto con la invasión del Norte y con otra de allende los Andes.
Napoleón, el gran revoltoso de Europa, ese plebeyo despreciado por la nobleza legitimista, que había avanzado con sus tropas al compás de La Marsellesa y reclamando igualdad al grito de "un hombre, un voto", había sido derrotado en Waterloo y vivía prisionero en Santa Elena. No se podía esperar ayuda alguna por ese lado. Fernando VII había recuperado el trono y había anunciado una expedición de 15.000 hombres al Río de la Plata.
Los revolucionarios de Buenos Aires no se amilanaron: organizaron una flota de guerra y nombraron jefe de ella al marino irlandés Guillermo Brown, que destruyó la escuadra española, mientras el general Alvear cercaba la ciudad por tierra hasta tomarla, el 20 de junio de 1814. Cuando cayó Montevideo, se deshizo el proyecto español de reconquista.
El gobierno de Buenos Aires organizó, entonces, una nueva expedición al Alto Perú, pero no se acertó con la elección del jefe militar, porque el general Rondeau no era un hombre suficientemente capaz y fue derrotado en Sipe-Sipe el 29 de noviembre de 1815. Como si eso fuera poco, la hermana mayor de Fernando VII, doña Carlota Joaquina, reina de Portugal, residente en Río de Janeiro, adonde se había mudado con su corte bajo la protección de la escuadra inglesa, pretendía ahora ocupar la Banda Oriental. Así pues, expulsados los españoles, vinieron en su lugar los portugueses con un formidable ejército de 10.000 soldados al mando del general Federico Lecor. Quedó José Gervasio Artigas, el hombre querido de su pueblo, en la defensa de su patria chica, con patética diferencia de fuerzas, hasta que sucumbió derrotado.
Sin duda, no era prudente hacer declaraciones independentistas. No lo era. Pero aquellos hombres no eran prudentes. Enfrentaron todas las amenazas y todos los riesgos. Estaban distanciados y enemistados entre sí, pero los problemas nacionales estaban por encima de sus pequeñas circunstancias. El país, la idea de independencia, el espíritu de orgullo nacional eran más fuertes. Había llegado la hora. Se requería una clara y definitiva ruptura de todo vínculo con la colonia. El director interino, coronel Ignacio Alvarez Thomas, convocó a un Congreso en Tucumán. Hasta allí llegaron lentamente los diputados, en toda clase de medios de transporte.
Voluntad de ser
El gobernador de Cuyo, coronel ascendido a general José de San Martín, era el fogonero que impulsaba a sus diputados. Estos impulsaban a los restantes. Así, le escribe a Godoy Cruz, su delegado mendocino: "¡Para los hombres de coraje se han hecho las empresas!" Pretendía organizar un ejército en Cuyo, cruzar la cordillera, vencer a los españoles de Chile (tenían un ejército mucho mayor que el suyo) y largarse al Perú por mar. Parecía una locura, pero el nuevo director supremo, elegido en mayo de 1816, el general Juan Martín de Pueyrredón, creyó en él y prometió ayudarlo.
¿Acaso no tenían ya bandera propia, escudo propio, leyes propias y hasta una canción nacional? ¿Qué esperar, entonces? Por supuesto, el peligro monárquico, la guerra, la muerte física y la de las ideas se cernían sobre cada uno. Pero independencia, ¿de qué? El país no existía. Había un inmenso territorio despoblado, vacío, con una veintena de pueblitos aislados a gran distancia entre sí y una ciudad sobre el Plata, sin puerto, pero que se decía portuaria. Población escasa, sin recursos, dependiente del exterior, productora de cueros crudos, de sebo y carne salada, que exportaba cargando carros y lanchones hasta los barcos anclados a la distancia. El país no era nada. No tenía nada, salvo ideales y voluntad para cumplirlos. Por lo tanto, tenía todo.
La guerra llevaba cinco años y medio. La población, muy pobre antes de iniciar esta epopeya, lo era aún más. No quedaba nada, ni siquiera reliquias coloniales; había una fatiga moral y muchos muertos, mutilados, desaparecidos en acción, y quedaban sus viudas y sus huérfanos, a los que a veces la historia parece olvidar.
El andamiaje jurídico no se sostenía. ¿Qué era la Primera Junta de gobierno? ¿Qué origen tenían los triunviros? ¿Qué representatividad los directores supremos? Ninguna. Será Pueyrredón, el primero al que, mal o bien, se elija por diputados representativos de la Nación. Así pues, se organizó el Congreso, se afirmó en sus expediciones militares, en sus triunfos y derrotas, y se designó a las nuevas autoridades legítimas. Había un sentimiento de Nación, una auténtica voluntad de ser. Y ocurrió: al mediodía del 9 de julio de 1816, el presidente de la Asamblea preguntó a sus integrantes si querían romper los vínculos que los unían a la corona de España, sus sucesores y metrópoli. El Acta lo dice. Todos contestaron: "¡Sí, juro!"
Desde la nada
Y ese pueblo mísero juró ser independiente. Lo hicieron civiles, militares y sacerdotes, todos juntos, firmes, sin miedo. Era mejor esa incertidumbre que el pasado ominoso, la burocracia española, la vida curialesca, regulada, sin perspectivas. Tal como se lo había propuesto el gobernador de Cuyo, formó un ejército, hizo la hazaña increíble de cruzar la empinada cordillera, venció reiteradamente a enemigos muy superiores, cruzó el mar, llegó a Lima, el corazón de la autoridad virreinal, y plantó la bandera de la libertad en la cuna de los reyes.
Todo lo hicieron desde la nada. Cruzaron planicies, atravesaron lagunas, ríos y pantanos; escalaron montañas, padecieron frío, hambre, penurias, y muchos no vieron resultados porque quedaron al pie de sus sueños, atravesados por una bayoneta o un proyectil anónimo o, quizá, por los fríos y las privaciones. Sus cruces quedaron a merced de los vientos, los soles calcinantes o los fríos inviernos. Ya nadie recuerda sus anónimos nombres, pero ellos dieron por nosotros lo que tenían: la vida. Así, aquellos hombres, tan modestos, tan simples, pero tan idealistas, nos dieron la partida de nacimiento de la Nación. En realidad, hicieron la Nación.
No preguntemos demasiados detalles. Es mejor que averigüemos entre nosotros qué hemos hecho con la herencia espiritual que hemos recibido y si la sociedad de nuestro tiempo es digna de aquellos hombres que de la nada hicieron una Nación, ya que nosotros estamos sumidos en el desencuentro que puede conducir otra vez a la nada.



