En China continúa la persecución a los disidentes

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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8 de agosto de 2019  • 02:05

China y EE.UU. están empeñados en una dura guerra arancelaria en procura de conseguir hegemonía en el escenario comercial internacional. Esa lucha, pese a las lentas conversaciones que ambos países mantienen en procura de lograr entendimientos básicos que permitan ponerle fin, por el momento continúa.

Pero, cuidado, no se puede perder de vista que la opción en el plano de la política que ambas naciones proyectan al mundo va mucho más allá de lo económico e impacta nada menos que sobre el margen de libertad personal que ambas naciones permiten a sus respectivos ciudadanos.

En China, el disenso con el discurso del autoritario gobierno de ese país es peligroso. Más aún, si el mismo es público. Las pruebas de que ello es efectivamente siguen manifestándose constantemente. Y, desde que las tensiones involucran de pleno a las libertades individuales y a los derechos humanos esenciales, los episodios de gravedad que se suceden no pueden silenciarse.

Uno de los intelectuales chinos disidentes hoy más temidos y, por ello, más perseguidos, es Huang Qi. En las últimas dos décadas, ha estado casi a mitad del tiempo encerrado en alguna prisión y acaba de ser sentenciado a una nueva condena, esta vez a doce años de cárcel. Esa dura pena puede poner fin a su vida, atento su muy débil estado actual de salud, que incluye serios problemas cardíacos y renales que, precisamente en función de las persecuciones que permanentemente sufre, no han sido atendidos debidamente.

¿Por qué razones se lo persigue tan obstinada y duramente? Está bien claro. Porque es considerado un "subversivo", que incomoda mucho a las autoridades desde que siempre está investigando activamente las desapariciones de sus conciudadanos, tarea en la que lo acompaña una red de voluntarios locales, en toda China.

A la pena de cárcel que le fuera impuesta se han sumado la privación de sus derechos políticos y la imposición de multas pecuniarias de alguna consideración. Así como la inhumana y cínica detención de su anciana madre, de 86 años de edad, a la que vergonzosamente se mantiene en situación de arresto domiciliario, privada entonces de la libertad.

No es imposible que, como otros, Huang Qi de pronto muera en arresto domiciliario o en una prisión común. Como sucediera ya con el Premio Nobel Liu Xiaobo y con otros perseguidos. Por esto es hora de denunciar su situación y de solicitar clemencia para con él. El silencio sobre su situación luce inaceptable. Disentir, claro está, no es un delito, es más bien un derecho.

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