En el país de Mandela, el color de piel ya no define la lealtad política

La derrota del partido gobernante en las elecciones muestra que en Sudáfrica el rechazo de algunas políticas pesa más que el origen étnico
Mariano Schuster
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21 de agosto de 2016  

Ilustración: Alejandro Agdamus
Ilustración: Alejandro Agdamus

¿Gobierna mejor un negro que un blanco? ¿Un pobre maneja la economía con más conciencia que un rico? ¿Un judío o un musulmán tiene más destreza para gestionar un país que un católico? ¿Una mujer es más humanista que un hombre cuando ejerce el poder? La ridiculez, en ocasiones, carece de límites.

El periodista español Enric González se dedicó, hace tiempo, a desbaratar esos argumentos. Corría el año 2008 y Hillary Clinton enfrentaba a Barack Obama en las internas demócratas. Hillary, decían sus seguidores, sería una gran presidenta porque era mujer. Su liberalismo, su complacencia con la política exterior aplicada durante la administración de su marido, sus amistades con la élite de Wall Street y las grandes financieras resultaban secundarias. Lo importante, claro, era el género. Las mujeres, afirmaban sus seguidores, eran más sensibles a los problemas de los débiles y desfavorecidos. Para Enric González, aquel argumento carecía de sensatez. "No existe una forma femenina de ejercer el poder, como no existe una forma masculina de operar una apendicitis", afirmó en un artículo publicado en el diario El País. Para desbaratar el llamado factor femenino, recurrió a la figura de Margaret Thatcher. La ex primera ministra británica "gobernó con dureza, de acuerdo con un marco ideológico inflexible. Dejó morir a los huelguistas de hambre del IRA, acabó con los sindicatos mineros, declaró la guerra a la Argentina. Gobernó, a secas. Como Merkel, Bachelet o Gandhi".

Los genitales, el color de piel y la religión no deberían tener trascendencia en la vida política. Pero a veces la tienen. La constatación de situaciones de discriminación de ciertos colectivos (las mujeres cobran menos que los hombres, los negros tienen más dificultades para acceder a puestos directivos, las personas con discapacidad resultan excluidas del mercado laboral) conduce a establecer una línea recta entre bondad, capacidad y características particulares. Cometemos un grave error.

En Sudáfrica los negros carecieron de derechos hasta principios de los años 90. El régimen del apartheid era implacable. No podían votar ni ocupar cargos gubernamentales. El transporte era diferente según la raza. También lo eran los barrios. Las zonas para la "gente de color" carecían de servicios sociales y la precariedad de sus escuelas y centros de salud contrastaba con la modernidad de los espacios reservados para la población blanca, que representaba apenas al 15% del total. Ser negro era, necesariamente, ser pobre.

Nelson Mandela, el hombre que encaró la rebelión contra el apartheid , vivió en la cárcel durante veintisiete años. Su partido, el Congreso Nacional Africano (CNA), fue prohibido y considerado ilegal. Pero su lucha resquebrajó el sistema opresivo instalado por los afrikáners, los colonos blancos segregacionistas. En 1994, se presentó a las primeras elecciones presidenciales en las que los negros tuvieron derecho a votar. Y ganó. Su primer gesto fue abrazar a los blancos que habían luchado contra el régimen segregacionista. Ahí estaban, entre otros, Helen Suzman y Harry Schwarz, dos políticos honestos y sensatos. Mandela, claro, era negro y de izquierda. Ellos eran blancos y de derecha. Pero al apartheid lo habían vencido juntos.

Una derrota lógica

Durante su mandato, Nelson Mandela no gobernó como un negro, sino como un político. Gestionó sobre la base de ideas y preceptos. Ayudó a establecer la democracia y a socavar los intentos de restauración del apartheid por parte del terrorismo de extrema derecha. Redujo la pobreza, sentó las bases de un todavía débil Estado de bienestar y encaró, por primera vez en la historia, la redistribución de la propiedad entre los negros. Sus políticas, sin embargo, fueron ambiguas. Aceptó mandatos del FMI mientras se consideraba, públicamente, socialdemócrata y esgrimía, en ocasiones, una retórica anticapitalista. Nadie duda, sin embargo, de que su contribución al país fue inmensa.

Jacob Zuma, actual presidente de Sudáfrica, también pertenece al CNA. Es negro, ex combatiente y presidiario del apartheid . Pero fuera del color de piel y las experiencias compartidas, no se parece en nada a Nelson Mandela. El aumento de la desigualdad y la pobreza lo persiguen. El deterioro de las condiciones de vida es evidente. Y los escándalos de corrupción - está acusado de lavado de dinero y fraude - resultan implacables. Que, hace dos semanas, el CNA perdiera por primera vez unas elecciones tras el fin del régimen de segregación no es ilógico.

Mmusi Maimane tiene 36 años. Creció en Krugersdorp, estudió psicología en la Universidad de Sudáfrica, Administración pública en Witwatersrand y Teología en Gales. En 2011 compitió por la alcaldía de Johannesburgo y consiguió un resultado sorprendente: 34,6% de los votos. No le alcanzó, sin embargo, para vencer al CNA. Su color de piel es negro. Su partido, que hoy lidera, es Acción Democrática, tradicionalmente blanco -pero en contra del apartheid - y ubicado en la derecha. Para el CNA, se trata de un traidor. Consideran inadmisible ser negro y de derecha. Durante las últimas elecciones, lo dijeron sin tapujos: "Acción Democrática es una organización de los blancos". Como su líder es negro, argumentaron que, en realidad, estaba "al servicio de sus amos colonialistas".

Maimane sonríe ante las críticas. Es parte de su fórmula: sabe que el CNA está desgastado y que la población busca nuevas formas de hacer política. Aunque pertenece a un partido tradicional, su simpatía lo acerca a unos ciudadanos cansados de una vida pública dividida en términos raciales. El triunfo de su partido es, de hecho, el de las nuevas demandas. Para los sudafricanos ya no cuenta el color de piel sino las ideas y los proyectos. El crecimiento electoral de los Luchadores por la Libertad Económica, un partido de la izquierda radical que se define como socialista y revolucionario, también forma parte de ese proceso. Sus miembros acusan al CNA de haber traicionado las banderas de la izquierda. Dicen, con razón, que las propuestas de redistribución de la tierra de los colonos blancos a los granjeros negros quedaron en la nada. Afirman que la desintegración social en los suburbios de ciudades como Pretoria y Johannesburgo avanzó al ritmo del giro neoliberal del gobierno y que la aceptación de los criterios del crecimiento por sobre los de la distribución han afectado a las grandes mayorías del país. No extraña que el CNA que sólo repite el mantra racial, esté en serios problemas.

En Nelson Mandela Bay, tradicional feudo de la izquierda, Athol Trollip, blanco y de 52 años, consiguió una victoria otrora inimaginable. El candidato de Acción Democrática se presentó con un sueño sensato: "Que un niño nacido en New Brighton tenga las mismas oportunidades que uno nacido en Summerstrand". Junto con Maimane, recorrió cada rincón de la ciudad habitada en un 87% por negros, la mayoría de la tribu xhosa, a la que pertenecía Nelson Mandela. Hablando con ellos en su idioma, conquistó su voto. Hoy es el nuevo alcalde de la ciudad.

En las elecciones de 1994, que catapultaron a Nelson Mandela al poder, Acción Democrática consiguió menos del 2% de los votos. Tenían, sin embargo, el respeto del líder del país. Habían pasado años combatiendo el régimen de segregación y denunciando las atrocidades de las autoridades. Nunca imaginaron que el CNA, cobijado por la imagen y el mito de Mandela, aplicaría hacia ellos una política de discriminación.

Para Mandela el color de piel no importaba a la hora de gobernar. Tal como lo relata John Carlin -el periodista y biógrafo que lo acompañó durante su triunfo electoral-, el líder que se opuso al apartheid afirmó su deseo de que un día François Pienaar -blanco, de familia afrikáner y capitán de la selección de rugby que conquistó el campeonato de 1995- fuese presidente del país.

Abrazó a los blancos integracionistas. Contribuyó a fundar un país donde la política la harían hombres y no razas. Creía que las ideologías, los valores y el talento debían ser el fundamento de la vida pública. El 20 de abril de 1964, habló ante el Tribunal Supremo de Pretoria y explicó los motivos que lo llevaron a encarar la lucha contra el apartheid . Al final de su discurso, dijo: "La división política basada en el color es totalmente artificial y, cuando desaparezca, también lo hará el dominio de un grupo de color sobre otro. El CNA se ha pasado medio siglo luchando contra el racismo. Cuando triunfe, no cambiará esa política". Es una pena que Jacob Zuma y el CNA lo hayan olvidado. Los negros, más cercanos a Mandela que a un partido, se lo recordaron, una vez más.

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