En vivo y en directo

Enrique Valiente Noailles
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25 de septiembre de 2005  

Basta con abrir el sitio de la CNN o con sintonizar su canal para observar esa ominosa imagen que es la toma satelital del huracán Rita. Uno siente que a estos huracanes se los bautiza con nombres humanos en un secreto deseo de domesticarlos, al menos con el lenguaje. Pero esa inmensa masa de viento y lluvia no hace caso: encrespa el lomo como un animal mitológico, a la vez que mira fijo con su único ojo a sus víctimas. De ese ojo huyen, como en los éxodos antiguos, millones de personas, aunque ya no con la tutela de Abraham sino de Bush.

Como si se midiera su fiebre, los anuncios le suben o bajan permanentemente a Rita el grado de peligrosidad. Estos seres que brotan del mar parecen querer compensar sus pocos días de vida con el despliegue máximo de su poder. Rita parece en realidad Katrina, que ha vuelto camuflada bajo otro nombre a completar su tarea y a buscar al resto de las víctimas que lograron escapar de Nueva Orleáns, aquellas que han debido emprender una segunda huida.

Pero la omnipresencia de las pantallas ya no sólo permite informar de las cosas ocurridas, o anticipar las catástrofes potenciales, sino que puede convertir en cualquier momento a la propia muerte en un reality show. Tal cosa ocurrió con el Airbus en Los Angeles, que debió realizar un aterrizaje de emergencia y en el que un grupo de pasajeros pudo seguir por televisión, en tiempo real, su propia catástrofe potencial. Se trata de un desdoblamiento en el que uno puede seguir hasta los comentarios de los especialistas que conjeturan con las probabilidades de que uno se estrelle.

Ese es el vivo y en directo por excelencia, sin cortes, ni zapping posible. Uno imagina que si los pasajeros tuvieran que optar entre mirar por la ventanilla o mirar el monitor, optarían por esto último, para verse en perspectiva, o tal vez para sentir que le está pasando a otro. En definitiva la duplicación en vivo hace que el evento real pase a ser casi la sombra de lo que está ocurriendo en la televisión.

Tal vez ocurra lo mismo con el fin del mundo, si es que adviene. Qué duda cabe que sería el programa de mayor rating de la historia: anunciado en vivo y en directo, la humanidad entera quedaría absorbida por la imagen de un monitor. De ese modo el Apocalipsis mismo, como evento, podría ser procesado en vivo, y sería también, en algún punto, como si les estuviera ocurriendo a otros.

evnoailles@yahoo.com.ar

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