Enseñar religión permite dar una visión integral del hombre

Alberto Taquini (H)
Alberto Taquini (H) PARA LA NACION
No se trata de adherir a una opción religiosa ni de inducir a un culto
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5 de septiembre de 2017  

El debate de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas de Salta, que hoy se dirime en la Corte Suprema de Justicia, excede el tema en sí mismo. La cuestión de la enseñanza religiosa es de actualidad en Occidente y en las organizaciones internacionales de la ciencia, la educación y la cultura.

En el siglo pasado, los Estados han menospreciado el valor del fenómeno religioso. El mundo tuvo que esperar la expansión del daño de los fundamentalismos para advertir la necesidad de analizar el asunto. El estudio y la enseñanza de las religiones son útiles para comprender y actuar en un contexto de amenazas virtuales y cotidianas de grupos extremistas y atentados masivos en el mundo.

Enseñar religión en el sistema educativo formal público no debe implicar adherir a una religión en particular ni enseñar un culto, sino que es otorgarle la dimensión real que tiene para las personas y la sociedad el hecho religioso en sus distintas expresiones y cultos.

Crédito: Alfredo Sabat

Una tradición fuertemente laicista nos limita en el abordaje de lo religioso al identificar la implementación de una currícula confesional con el estudio cultural de las religiones, cercenando así el abordaje histórico y filosófico de una parte central de la historia de la humanidad y de los interrogantes frente a los cuales una amplia mayoría de las personas convergen a diario.

Habitamos un mundo religioso, que expresa la inquietud del hombre ante su ser, la trascendencia e infinitud. La última encuesta de WiN/Gallup arrojó que el 62% de las personas en el mundo se definen a sí mismas como religiosas, el 74% creen que tenemos un alma, el 71% creen en Dios y sólo el 9% se consideran ateas. En la Argentina, una investigación de UBA-Conicet constató que el 91% de los argentinos creen en Dios.

La religiosidad se manifiesta hoy en las más diversas formas que rebasan los cultos tradicionales e institucionalizados, conviviendo en naciones de variada talla poblacional, composición étnica y cultural e importancia económica.

Durante la Edad Media, se creyó que la fe bastaba para comprender el mundo. La Edad Moderna trajo consigo, también erróneamente, la creencia de que la razón todo lo podía. Hoy sabemos que ni una ni la otra son suficientes por sí solas, sino que ambas se necesitan. Juan Pablo II introduce en la encíclica Fides et ratio este dilema. Benedicto XVI, en su debate con Jürguen Habermas, continúa en esta línea planteando la necesidad de mantener "abierta la mirada hacia las dimensiones más amplias de la verdad de la existencia humana, de las que la ciencia sólo permite mostrar aspectos parciales". Lo complementa Habermas al proponer "entender la secularización cultural y social como un doble proceso de aprendizaje que obligue tanto a las tradiciones de la ilustración como a las doctrinas religiosas a reflexionar acerca de sus límites".

El diálogo entre razón y fe en un mundo global, secularizado y multirreligioso se transita por dos caminos. Uno de ellos, de la fe a la razón -en los que tienen el don de ella-, como surge de Von Balthazar. Desde otro punto de vista, como lo plantea Hans Küng, en los que la buscan, desde la razón hacia la fe, con la esperanza de obtenerla como derecho humano. Küng asevera en ese sentido: "La fuerza de las convicciones religiosas tiene que orientarse a la superación de los retos globales de la humanidad [?] De llegar a esto la fuerza de las religiones fluirá en el bien de toda la humanidad".

En el artículo "Teología e historia de las religiones en la universidad: una propuesta" nos preguntamos por el estudio de la religión en las universidades y lo planteamos como una necesidad por la importancia que tienen estos temas en la formación del discurso cultural y en los debates sobre los problemas de nuestra sociedad.

Con esa inquietud, relevamos las propuestas de enseñanza de algunas de las principales universidades laicas del mundo (Cambridge, Oxford, Harvard, Yale, Princeton, Chicago y Heidelberg, entre otras) y descubrimos que efectivamente está presente su preocupación por la enseñanza de la historia de las religiones y la teología.

La inclusión de estudios culturales-religiosos permite tener una visión integral del hombre. El diálogo entre culturas y religiones diversas, enriquecido por el estudio, la investigación y el debate en las casas de altos estudios, en un contexto de libertad y pluralidad, da valor a la formación en toda su dimensión humana. En ese sentido, son observables en el mundo actual una creciente acción y un diálogo entre las tres grandes religiones monoteístas (judaísmo, islam, catolicismo) en busca de un tronco común, también proyectándose a los no creyentes en el necesario marco de una sana laicidad política.

Su santidad el papa Francisco, al cierre del encuentro de Oración por la Paz el año pasado en Asís, recordó que, pese a que nuestras tradiciones religiosas son distintas, "hoy no hemos orado unos contra otros, como ha pasado por desgracia en ocasiones a lo largo de la historia", sino que las diversas religiones "hemos orado unos junto a otros, los unos por los otros".

En esa ocasión, Francisco afirmó que debemos congregarnos como humanidad: "No nos cansamos de repetir que el nombre de Dios nunca puede justificar la violencia. ¡Sólo la paz es santa y no la guerra!".

Para la incorporación de los estudios religiosos en la educación se requiere una sana laicidad. Este concepto refiere al rol de un Estado no confesional que activamente posibilite las condiciones que den lugar a la diversidad de identidades religiosas-culturales, promoviendo los valores comunes que garanticen la existencia de esa diversidad.

La relación entre Estado y religión debe ser repensada a partir de una "desacralización" del Estado como entidad suprasocial. Eso determina su reconfiguración como garante de las diversas manifestaciones culturales de los hombres.

El divorcio, aún existente, entre la sociedad política y la religión significó perder el valor histórico cultural dado por el aporte de la impronta religiosa desde los orígenes de la humanidad.

En Francia, en 2002, una comisión presidida por el filósofo Régis Debrays, investigó la importancia de la enseñanza del "hecho religioso" en las escuelas públicas. El informe muestra la imposibilidad de comprender algunos de los sucesos globales recientes sin atender las discusiones religiosas. Es el caso del 11 de septiembre de 2001 o de la división yugoslava, entre otros.

El caso francés es uno más entre muchos otros en el mundo, donde los gobiernos han encarado el debate y la implementación de la enseñanza de la religión en las escuelas públicas (Reino Unido, Finlandia y Grecia).

En Estados Unidos también se plantea un abordaje interesante. Allí, los estudiantes tienen la posibilidad en muchas instituciones, públicas y privadas, de realizar como materias optativas algunas relacionadas con el estudio de las religiones. Como expresa la American Academy of Religion: "En las escuelas puede enseñarse sobre religión, pero no religión".

Estos casos presentados en nuestro trabajo "La enseñanza de lo religioso en la escuela primaria pública de Estados Unidos y Francia" nos permitieron concluir que no se encontraban razones académicas válidas para que los sistemas educativos descarten el estudio de las religiones y que esto podía ser un paso más hacia el mejor entendimiento entre todos los hombres.

Miembro del Departamento de Pastoral Universitaria del Episcopado

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