
Erudito, pero sobre todo padre
Las cartas del noble británico a su hijo ilegítimo
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Felipe Dromer Stanhope -más conocido como Lord Chesterfield- nació en el neblinoso otoño londinense de 1694 en medio de la solemnidad, el oropel y las intrigas de toda corte, pero sin sumarse a ciertos comportamientos de la nobleza. Tampoco se enroló en la hipocresía de palacio, aunque muy joven fue nombrado camarero del príncipe de Gales, que luego trepó al trono como el rey Jorge II.
Fue por muchos años un empecinado soltero, dedicó buena parte de su vida a velar por la de su -casi homónimo- hijo Felipe Stanhope, nacido fuera del infértil matrimonio que el lord consumó con Melosina de Schulemburg. Se la conoció como la condesa de Walsdingham -de la que se dijo que era hija ilegítima del rey Jorge I con la duquesa de Kendal- a quien se le ocultó por décadas la existencia del hijo de su esposo. Este se ingenió para rodear al chico de los mejores tutores y lo asistió con parte de su fortuna. También le dedicó millares de cartas cargadas de amor paternal, erudición y recomendaciones sobre urbanidad y ética, ignorando, claro, que se publicarían poco antes de finalizar el siglo XVIII.
El compendio se editó como Cartas completas de Lord Chesterfield a su hijo Felipe Stanhope, traducido a varios idiomas. Fue un libro de consulta y obligada presencia en las bibliotecas de los dos últimos siglos, y fue algo así como el preludio de otros sometimientos literarios.
Sin que el infatigable remitente se lo propusiera, las cartas reunidas en dos tomos, además de una contundente prueba de su nobleza paternal, sirvieron a no pocos políticos de todas las épocas. Se sabe que éstos, sin tiempo para las intensas indagaciones bibliográficas, aparecen siempre urgidos por urdir sus estrategias y discursos, es decir, están necesitados de encontrar síntesis cultas, citas de los clásicos y hasta algunos adagios en latín. Es lo que entendió una publicación norteamericana en los albores de 1800 que señaló que "los hombres de Estado deberían consultar diariamente estas máximas", aludiendo a las misivas de Stanhope, pero también como una referencia a la ética que debían tener en cuenta y que estaba sugerida en aquellos textos.
Dosis de cultura abreviada
Mucho más necesitados de yacimientos cultos abreviados resultaron ciertos militares con perspectivas de poder político, como generales célebres y hasta algún coronel sumado a un golpe derrocador, porque no todos pueden sumergirse en Herodoto, (a quien llamaron Padre de la Historia), en Virgilio o en Mommsen. Convengamos en que todo compendio que alude a lo ideal de los comportamientos sociales y políticos constituye una herramienta que cada cual puede usar a su antojo.
En el carruaje del Napoleón derrotado se encontró un ejemplar de El Príncipe, de Nicolás Maquiavelo, atiborrado de anotaciones marginales que sirvió para una edición de la obra del político florentino comentada por el más trascendente de los Bonaparte. Simón Bolívar -el Padre de la Patria, como lo designaron los venezolanos y que en su larga permanencia en París asistió a la coronación del soberbio general corso en Notre Dame- releía sin cesar las cartas de Lord Chesterfield. No sólo dejó escrita su recomendación para que se considerara esa colección epistolar como modelo de instrucción para las buenas costumbres, sino que imitó al noble inglés. Es que desde Magdalena, cerca de Lima, despachó un torrente de cartas de caudaloso contenido destinadas a su amado sobrino Fernando, a la manera de una paternidad sustituta.
Amor paternal epistolar
Aseguran que Juan Perón -a quien aún no se le puede reputar paternidad alguna- era teniente coronel cuando ya tenía como libro de cabecera una edición del tratado epistolar que Lord Chesterfield destinó a su hijo.
Cuando a los 22 años se encasquetó el peluquín rizado y se miró al espejo para debutar en la Cámara de los Comunes, Chesterfield estaba seguro que iba encumbrarse a expensas de su elocuencia, aunque encendió la envidia, claro, de sus enemigos. Debió ceder y abandonar la banca, pero le bastaba reconocerse como un nómada e insaciable lector. Tres años antes había descubierto su eficacia al lucir un buen manejo de las lenguas muertas y vivas, la lectura clásica, los idiomas diversos y los refinamientos que se esperaban de un caballero. Ese bagaje ya lo había acarreado por los salones y durante las románticas tertulias de un viaje juvenil por Europa que alargó por tres años. Se dice que fue en esos albores que ofreció el único flanco: su pasión por el juego, pero supo dominarlo porque vibró vivaz en los negocios y prudente en la administración de sus bienes.
Fue varias veces embajador, virrey en Holanda, parlamentario, y gobernador de Irlanda; pero amó a Francia. Sus escritos treparon a las páginas londinenses de La Niebla y de Sentido Común. Conoció a los más encumbrados personajes de su época y fue amigo de Pope, Voltaire y Montesquieu.
Su querido hijo Felipe estudió en Lausana y Lipsia, visitó Venecia, Roma, Nápoles, Bruselas, Holanda y Alemania. Pero París fue la sede que le deparó el padre cuando le escribió a la marquesa de Monconseil. "Tengo un muchacho de trece años -le dijo-; naturalmente os confesaré que no es legítimo, pero su madre es una persona bien nacida que ha tenido conmigo bondades que no he merecido", admitió, además de señalar que el joven hablaba por entonces "perfectamente el francés, sabe mucho de latín y de griego, tiene la historia antigua y moderna en la extremidad de los dedos". A la vez le pidió a la destinataria "algún hombre o algún abate que lo cuidara desde las cuatro de la tarde para llevarlo a las comedias y a las óperas".
Con estilo elegante, franco y erudito, le escribió al vástago desde que tenía 6 años. Las misivas y sus respuestas cruzaron el canal de manera incesante, sólo retrasadas por las turbulencias políticas urbanas.
A veces el juego no era sólo entregar sabiduría o escribirle en latín para pedirle al hijo como respuesta la traducción de lo enviado. En otras cometía un franco error histórico en la esperanza de ser refutado y entonces alegrarse de manera desbordada, motivo de una nueva remisión. Otra vez le pedía que mandara una carta en alemán para un tercero o le transfería un poema casi pícaro en italiano. Cierta vez le aclaró el presupuesto que le destinaba para su manutención, es decir, habitación, ropa, criados y carruaje, fondos que incluían los placeres, a los que relegó con una muy simple recomendación: "Primero, los socorros que pudieres dar a las personas que merecieren verdadera compasión".
También este padre singular le deparó al hijo algunos escritos selectos, pero no purificados, como Pretendidos hombres de honor o Borrachos de calidad . Suponía que el humor y la ironía eran buenos conducentes para llegar a la sabiduría, por lo que también le remitió cerca de setenta escritos memorables como Disección de la cabeza de un petimetre y del corazón de una coqueta , de Addison, y hasta Vida agitada de una señorita distinguida , de Samuel Johnson, su contemporáneo rebelde al mecenazgo, virtud que también ejercitaba Lord Chesterfield y que lo resintió con Johnson.
El hijo Felipe Stanhope se casó, tuvo dos hijos -Carlos y Felipe- y murió en Aviñón el 16 de noviembre de 1768, un mes después de la última carta de su padre en la que le decía tener casi inútiles ("baldadas") las piernas, no poder andar, pero que estaba alarmado por la hidropesía que el todavía joven Stanhope no superaba.
Hasta tres años después de la muerte de su hijo, Lord Chesterfield escribió a la viuda y a sus nietos. Pero se llamó a silencio definitivo el 24 de marzo de 1773, día en que sus cartas comenzaron a ser un tesoro.




