
"Esa palabra no existe"
Por Lucila Castro De la Redacción de LA NACION
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En estos días, cuando oímos hablar a la gente que pasa a nuestro lado, nos parece estar oyendo una única conversación. Hasta que captamos un diálogo en que el vocabulario es el mismo - corralito, bancarizar, pesificación, cacerolazo- , pero la conversación es otra. Son los que discuten la legitimidad de esas palabras.
Cada vez que ocurre algo semejante (y ocurre a menudo, pues sin cesar aparecen palabras y acepciones nuevas), me acuerdo de una profesora que en los años 70 hablaba de temas de lengua en un programa de televisión. Consultada por el verbo influenciar , respondió: "Esa palabra no existe". No estaba enterada de que la Real Academia Española ya había aprobado su incorporación al Diccionario , pero eso no era demasiado grave. El error era más profundo: creía que la palabra era incorrecta (o, peor aún, que no existía) porque no figuraba en el Diccionario .
Las palabras no las crea la Academia, sino los hablantes, y no se convierten en correctas al ser incorporadas al Diccionario . Son correctas si están correctamente formadas, es decir, según las reglas de la lengua, y también son correctas, aunque no estén construidas según las reglas, si las usan las personas que la comunidad de hablantes reconoce que hablan correctamente.
La Academia solamente registra las palabras que ya son correctas (aunque a veces se equivoca, pero de eso hablaremos en otra oportunidad), de modo que hay un momento anterior a su incorporación en que esas palabras correctas no figuran en el Diccionario . Por otra parte, el registro es tan vasto, que incluye muchísimas palabras que nunca hemos oído. Todos aplicamos las reglas y construimos palabras que para nosotros son nuevas. Pues bien, si vamos al Diccionario , descubriremos que muchas de nuestras creaciones ya están registradas.
No sé si algún periodista creyó estar inventando la palabra cacerolazo cuando, a fines de diciembre, tuvo que designar esa forma de protesta que ya se convirtió en rutina, pero unas semanas antes la novísima edición del Diccionario de la Academia exhibía el pintoresco sustantivo como argentinismo coloquial. Y los que dudan de la legitimidad de bancarizar pueden quedarse tranquilos: el verbo está incluido. No llegaron a tiempo pesificar y pesificación , pero como están dolarizarse y dolarización (con un sospechoso registro geográfico), es de esperar que pronto reciban la bendición para incorporarse en la próxima entrega del Diccionario (y que para entonces todavía exista el peso).
A corralito , que tampoco entró, no me atrevo a pronosticarle una vida ni corta ni larga. Nació como una metáfora feliz que rápidamente se lexicalizó. Tal vez dure lo que el objeto mismo que designa. Tal vez dentro de unos años, cuando del corralito no quede ni una astilla, sigamos recordándolo por su nombre, como recordamos hoy el rodrigazo o la tablita. Nuestra historia económica está llena de acontecimientos originales que merecen ser designados con nombres igualmente originales.
Imitemos pues la creatividad de nuestros economistas y no les tengamos miedo a los neologismos. Si están bien formados, los oyentes los entenderán. Si son útiles y tienen un poco de suerte, otros los adoptarán y quizás algún día nos demos el gusto de ver que una creación nuestra habita las páginas del magno Diccionario .





