
España, Whitman y García Lorca
Por Ramiro de Casasbellas (para La Nación )
1 minuto de lectura'
"SEñores: con Fernando VII murió la monarquía tradicional; con la fuga de Isabel II, la monarquía parlamentaria; con la renuncia de don Amadeo de Saboya, la monarquía democrática. Nadie ha acabado con ella: ha muerto por sí misma. Nadie trae la República; la traen todas las circunstancias, la trae una conjuración de la sociedad, de la naturaleza y de la historia."
Con estas palabras remataba Emilio Castelar, hace más de un siglo y cuarto, la fundación de la Primera República Española. El 11 de febrero de 1873, las Cortes, reunidas en asamblea, aceptaron la abdicación del rey Amadeo I -en el trono desde el 2 de enero de 1871- e instituyeron la República, por 258 votos contra 32. Eran las 5 de la tarde, como en el poema que Federico García Lorca dedicará, en 1934, al finamiento del torero Ignacio Sánchez Mejías en la arena de Manzanares.
Un poeta para la República
La Primera República también ha de extinguirse, y antes aún del año, a los 326 días, derribada por otro toro, ese toro que es la España misma -"la España de la rabia y de la idea", en términos de Antonio Machado. El 3 de enero de 1874, ahora a las 5 de la mañana, el golpe del general Manuel Pavía terminaba con la azarosa República, con sus Cortes y con su cuarto presidente, Castelar. Un gobierno apañado por los militares mantuvo la farsa republicana hasta que el golpe del general Arsenio Martínez Campos, en los últimos días de 1874, devolvió el trono a los Borbones en cabeza del adolescente Alfonso XII, que retornará a España el 9 de enero de 1875 para ceñir la corona.
Pero la Primera República tuvo su poema antes de sucumbir a manos de la discordia y el separatismo. No fue, sin embargo, obra de ningún español, sino de un norteamericano, de Walt Whitman, nada menos. Créase o no, es el único rastro poético valioso que dejó aquella gran aventura de un siglo y cuarto atrás. Y nadie supo de él, entonces, porque nadie sabía mucho, ni siquiera en los Estados Unidos, acerca de Whitman.
Madre de América
El poema fue escrito en 1873, en Camden (Nueva Jersey), donde convalecía de un ataque de parálisis, en casa de su hermano George. Año grave para Whitman el de 1873: enfermo, casi inmóvil, la muerte de su madre le derrumbó el alma. Pero las noticias de España lo entonaron. El embajador norteamericano en Madrid, Daniel Sickles, alentaba a la República. La prensa norteamericana miraba con simpatía hacia estos acontecimientos del otro lado del Atlántico.
Sólo trece versos tiene el poema de Whitman. Son vigorosos y, a la vez, delicados, como todos los suyos. España es ahora "el rostro inmortal de la Libertad", que asoma de entre "los vestigios feudales y los hacinados esqueletos de reyes,/ los viejos escombros europeos y las mascaradas hechas polvo,/ las catedrales en ruinas, los palacios destruidos y las tumbas de sacerdotes". "Es como un atisbo del rostro de tu Madre, América,/ un destello significativo como el de una espada,/ y hacia ti van dirigidos."
"No creas que te olvidamos, Madre./ ¿Te abandonaste durante mucho tiempo? ¿Volverán las nubes a cerrarse sobre ti?/ Ah, pero acabas de aparecerte ante nosotros, y te reconocemos./ Nos has dado una prueba segura: la visión de ti misma./ Es que esperabas, como en todas partes, tu hora."
Las nubes volvieron a cerrarse sobre España, pocos meses después de que Walt Whitman honrase a la Madre de América -de toda la América, aun la suya-, la "Madre España" que el peruano César Vallejo invocará de nuevo en el trance agónico de 1937. Tal vez por eso, Whitman titula su poema así: "España, 1873-74", la duración de la Primera República. Ha de difundirlo en 1876, en Two Rivulets ( Dos riachos ), y lo incorpora a la séptima edición de Hojas de hierba , de 1881, que aparece en 1882, por otra imprenta, ahora de Filadelfia, debido a cuestiones de censura.
Dos años más tarde, Whitman se instala definitivamente en Camden, en una casita que ha comprado en Mickle Street: allí muere, el 26 de marzo de 1892, al filo de los setenta y tres años. ¿Podía imaginar que los Estados Unidos pronto iban a ser enemigos de España, que por quedarse con Cuba se olvidarían, al revés de él, en 1873, de su madre, de la Madre de América?
El 15 de febrero de 1898, el acorazado norteamericano Maine volaba en La Habana (266 muertos). A los dos meses empezó la guerra: la hostilidades duraron 114 días, apenas, y España fue batida en toda la línea. El presidente William McKinley apabulló a la corona de Madrid, regida por María Cristina de Habsburgo-Lorena en nombre de su hijo Alfonso XIII, pero también en nombre del ayer ominoso y arcaico que Whitman había condenado y hoy dominaba el poder.
El 10 de diciembre de 1898, por el Tratado de Paz de París, España renuncia a la soberanía en Cuba y Puerto Rico y cede a los Estados Unidos las Filipinas y la isla de Guam -la mayor de las Marianas-, por 20 millones de dólares. Rubén Darío, que acaba de afincarse en Madrid como corresponsal de La Nación , se indigna por el "tratado humillante en que la mandíbula del yanqui quedó por el momento satisfecha después del bocado estupendo", y sufre de la España "amputada, doliente, vencida".
El reino de la espiga
Acaso la Oda a Walt Whitman , que García Lorca escribe en 1930, al cabo de su estancia de ocho meses en Nueva York, fue una manera de saldar la deuda de España para con el único poeta de la Primera República, en vísperas de la Segunda, cuyo holocausto alcanzará también a García Lorca.
Pero el poeta español salda la deuda tomando a Whitman como el heraldo de una nueva era estadounidense: "Quiero que el aire fuerte de la noche más honda/ quite flores y letras del arco donde duermes/ y un niño negro anuncie a los blancos del oro/ la llegada del reino de la espiga". Una más de las profecías incumplidas, como la de Walt Whitman y España.
© La Nación






