El peronismo contemporáneo: continuidades de un origen

Carlos Pagni
Carlos Pagni LA NACION
Menemismo y kirchnerismo, los gobiernos que marcaron el paso del siglo XX al XXI, contrastaron en estilo pero no en identidad política, con la marca de la concentración de poder
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3 de julio de 2016  

Foto: Archivo
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Desde la restauración democrática de 1983, el peronismo ha protagonizado dos administraciones caracterizadas por una formidable concentración de poder. Esa acumulación se vuelve más llamativa cuando se la compara con las dificultades de los gobiernos radicales para terminar sus mandatos. Las diferentes denominaciones, menemismo y kirchnerismo, subrayan el contraste entre esas dos experiencias. Y disimulan las continuidades que existen entre ambas.

Carlos Menem y los Kirchner fueron fieles al rasgo sobresaliente del PJ: su inclinación al caudillismo, a pesar de los ensayos de la renovación lanzada después de la derrota frente a Raúl Alfonsín para institucionalizar esa fuerza a partir de un molde menos personalista. El liderazgo de Menem arraigó, sin embargo, en una excepcionalidad: fue el único peronista que obtuvo su candidatura a través de un proceso democrático. Es imposible comprender su gravitación entre los suyos si se olvida su triunfo frente a Antonio Cafiero en julio de 1988. Nunca antes ni después legitimaría su ascenso en una elección partidaria. Néstor Kirchner no sólo no libró una interna. Para sostener su candidatura, Eduardo Duhalde, su creador, debió suprimir las internas.

Esa suspensión del proceso de selección de candidatos está en el origen de la personalidad política de Kirchner. Duhalde encontró en él el último instrumento disponible para evitar que Menem regresara a la Casa Rosada. La jugada llevó a su última frontera la capacidad de desdoblamiento que siempre tuvo el peronismo. En 2003 Kirchner emergió como lo no-Menem. Los peronistas lograron ofrecer a la sociedad una opción antitética de sí mismos.

Esa contradicción no se agota en un duelo por la jefatura de la tribu. También se manifiesta en el orden económico. La extraordinaria delegación de poder que la sociedad realizó en el kirchnerismo sería difícil de comprender sin la larga recesión en la que desembocó la política económica del menemismo. Kirchner se erigió, apenas asumió la presidencia, en el vocero más o menos explícito de los cacerolazos, las asambleas vecinales y los cortes piqueteros. Es decir, en el vocero de quienes se habían movilizado para condenar las consecuencias de la convertibilidad de Menem.

Esta contradicción se proyecta en dos estrategias contrapuestas, ejecutadas por el mismo partido. El menemismo apostó a una economía mercadocéntrica, en cuyo trono estaría el inversor. Esa prioridad determinó una política exterior de alineamiento occidental, sobre todo con Estados Unidos: el carnalismo. Y una aceleración de la integración comercial, en especial en el Mercosur. Menem se llenó la boca al presentar este ejercicio como un "modelo", aun cuando pueda ser visto como el aprovechamiento local del contexto global imperante. El 9 de noviembre de 1989 era derribado el Muro de Berlín. Ese día se cumplían cuatro meses de la llegada del riojano a la Casa Rosada. Eran los años en que los bonos post-Brady sacaban al sistema financiero de la crisis de la deuda. Y cuando se ponía de moda la categoría "mercados emergentes" para etiquetar a los "países en vías de desarrollo". El menemismo es una manifestación local de ese contexto.

La clave del éxito

Los Kirchner centraron la economía en el sector público, que fue del intervencionismo de Guillermo Moreno al estatismo de Axel Kicillof. El rey del nuevo orden, después de una sequía recesiva de un lustro, fue el consumidor. La diplomacia se ordenó cada vez más sobre el eje bolivariano. Y terminó respaldándose en países que facilitan las relaciones interestatales, como Rusia y China. Los Kirchner, sobre todo Cristina, también se ufanaron de haber patentado un "modelo". Pero su ensayo también reflejó un clima de época. La economía del período sería incomprensible sin el boom de las commodities.

Cada régimen económico indujo distintas formas de robar. La corrupción del menemismo se basó en exigir una tasa negra a la inversión. El escándalo de moda era el cobro de una comisión a las privatizaciones. El kirchnerismo creyó en el Estado también para el enriquecimiento ilícito. Las grandes fortunas se hicieron con sobreprecios que, en última instancia, salían del presupuesto nacional. En el mundo de Menem se esquilmaba al inversor, que trasladaba el costo a los clientes. En el de los Kirchner, al contribuyente, cuya generosidad es infinita.

El contraste entre las dos recetas impide advertir las afinidades. Hay una principal, que es la marca de la genealogía peronista: menemismo y kirchnerismo fueron, desde el punto de vista económico, dos procesos de revaluación del tipo de cambio. Ambos generaron una fiesta de consumo que fue la clave de su éxito político.

El otro aire de familia es su rigidez. La dificultad de Menem y los Kirchner para cambiar cuando aparecieron los signos del fracaso. Esa falta de plasticidad es un misterio. Tal vez haya que atribuirla al estilo redentorista de los liderazgos. Ni Menem ni los Kirchner llegaron al poder para administrar. Venían, como Edipo, a salvar a Tebas de la peste. Del incendio inflacionario o del desierto recesivo. La solución se convirtió en un sortilegio. Quedó sacralizada.

Para mantener su ecuación, Menem recurrió al endeudamiento, con la desventaja de haber tirado al mar la llave monetaria. Los Kirchner fueron consumiendo todos los stocks: desde los ahorros jubilatorios hasta las reservas del Banco Central. Ambos sistemas colapsaron. El menemismo murió por recesión. El kirchnerismo, por inflación. Ninguno giró a tiempo. Menem podría haber salido de la convertibilidad en su segundo mandato, después de advertir los efectos del Tequila. Huyó hacia delante, hacia la dolarización. Cristina Kirchner podría haber modificado su política cuando heredó a su esposo, en 2007. Todavía en 2011 tenía una chance, cuando prometía "sintonía fina". Prefirió atarse al mástil y poner proa hacia Irán o Venezuela. Esta esclerosis de Menem y los Kirchner traiciona al General: una de las lecciones económicas de Perón fue su elasticidad para, en 1952, reformarse a sí mismo.

No son los únicos parecidos que presentan los dos rostros contemporáneos del peronismo. Desde el menemismo hasta el kirchnerismo persiste, inmutable, una misma base de poder territorial. Es una estructura de gerenciamiento de provincias y municipios a la que Menem dotó de un dispositivo invalorable: las reelecciones. Además de ser el único peronista que obtuvo su candidatura apoyado en el voto de los afiliados al PJ, el riojano batió otro récord: fue el único presidente que alcanzó por consenso una reforma constitucional para habilitar la reelección.

Esa red de caudillos locales establece con sus líderes nacionales un convenio por el cual se permuta poder por identidad. Gobernadores e intendentes están dispuestos a aceptar el envoltorio que necesite el candidato siempre y cuando éste suministre los votos que permiten retener cada posición. Son innumerables los dirigentes que fueron "neoliberales" con Menem y "bolivarianos" con los Kirchner.

Imposible decidir cuál es el prodigio que más llama la atención. Si la disociación de los líderes de una misma agrupación política para ofrecer programas antitéticos con una distancia de tres años o la metamorfosis, cercana a la magia, de la red territorial en que se sostienen esos líderes para convivir con dos concepciones contradictorias sin sufrir desgarros.

Menemismo y kirchnerismo representaron dos paradigmas económicos y diplomáticos alternativos. Pero se mantuvieron fieles a un rasgo que el PJ no negocia: el caudillismo. Néstor y Cristina Kirchner fueron discípulos de Menem. Desde la lejana Santa Cruz asimilaron dos ejes centrales de su política. El primero, la vocación por colonizar la Justicia, sobre todo a través del espionaje. El segundo, el conflicto con los medios, que en el caso del kirchnerismo se transformó en persecución. La dualidad económica se sostuvo en una identidad política: la compulsión por romper los límites.

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