
Facundo, el príncipe del poder permanente
Las preguntas son infinitas, pero algo es seguro: los Moyano construyeron su imperio al calor del kirchnerismo

A don Hugo (Moyano) se le escapó la tortuga el último martes cuando el príncipe del clan, Facundo, el más farandulero de sus hijos, quedó envuelto en un confuso episodio que mezcló droga, sexo y un escandaloso escape, en pleno corazón de Belgrano. El de su novia, modelo e influencer, que corría semidesnuda con un catsuit de lycra, en plena madrugada, por las calles de Belgrano. Se había fugado del lujoso piso del sindicalista galán, valuado en más de un millón de dólares.
El príncipe –hoy imputado por privación ilegal de la libertad y lesiones leves en el contexto de violencia de género– iba tras ella. Detrás de la pareja, en esa madrugada de locura, corría el perrito de Candela Arizaga, apodado “Mafia”. Hay escenas reales de la argentinidad que nos reflejan con tanta o más ironía que el mejor cineasta.
Con las causas que fueron acumulando los Moyano, que son muchas y todas están cajoneadas, y una obra social fundida y sospechada, que el Gobierno debería intervenir y no interviene, fue Facundo, curiosamente, el único Moyano que esta semana tocó la sede de una comisaría en toda la historia de una de las familias más poderosas, opacas y blindadas de la Argentina. Exponente de un modelo sindical heredado del fascismo italiano, devenido el suelo del peronismo y su verdadero poder permanente.

La escena del “príncipe” corriendo tras su novia, a la que, según el abogado de Candela, habría incitado a consumir cocaína, mostró el lado más oscuro del sindicalismo millonario, intocado para todo gobierno que quiso meterse en esas aguas.
Cualquier extranjero que mire esta historia (¿policial?), que los argentinos hemos naturalizado, se haría estas preguntas del sentido común: ¿cómo el hijo de un sindicalista vive en un departamento tan lujoso? ¿Por qué Liliana Zulet, la actual esposa del jefe del clan, es la cara visible de un cúmulo de empresas, que a su vez son proveedoras del ecosistema de Camioneros, como su obra social, el sindicato, la mutual, la Federación o las entidades deportivas?

¿Cómo hizo don Hugo para regalarle al “príncipe”, que llegó a coquetear con Susana Giménez, un club de fútbol, el Atlético Alvarado? ¿Cómo hizo para inventarle un sindicato inexistente, el de los trabajadores de peajes? ¿Por qué la política nunca pudo o nunca quiso ir a fondo? ¿Cómo hizo el clan Moyano para blindarse frente a tantos jueces y fiscales?
Las preguntas son infinitas, pero algo es seguro: los Moyano construyeron su imperio al calor del kirchnerismo, que les ofreció un suelo fértil a través de prebendas, privilegios y negocios. Privilegios de casta que el gobierno de Milei no le quitó. El miedo al clan Moyano cala hondo.
Cierta vez, en una charla informal de Alberto Fernández con periodistas, tertulias habituales durante la década en que estuvo distanciado de Cristina Kirchner, el expresidente caracterizó a Moyano como un pistolero. Armó con sus dedos un revólver imaginario y lo parodió: “Pum, pum”, disparó de juguete. Y remató: “¡Ojo con este que te mata!”. Lo que en la superficie parecía una broma contenía en el fondo el efecto que provoca el cacique del clan sobre el poder.
Es el mismo miedo que tuvo Candela cuando decidió fugarse del piso de Avenida del Libertador 5414, según afirmó su abogado. ¿Por qué se fugó? Denunció y se desdijo. Pero, según le relató a su abogado, escapó de una situación que no quería vivir nunca más. Acumuló miedo hasta que se le desató un ataque de pánico. Testimonios de su familia y de Diego Storto, su letrado, aseguran que la chica nunca había consumido drogas hasta que empezó a frecuentar el inframundo del “príncipe”.
Una curiosidad: el auto particular en el que Facundo Moyano se fue, después de solo unas horas de detención, acumula multas por exceso de velocidad y uso del Metrobús por 1.519.984 pesos. La impunidad y sus excesos.
El modelo anormal de sindicalismo millonario y extorsivo que cultivamos en la Argentina tiene varios ejemplares; incluso algunos llegaron a la cárcel en la era Macri, como Omar “Caballo” Suárez o Juan Pablo “Pata” Medina. Marcelo Balcedo, dueño de una chacra en Punta del Este, también estuvo preso acusado de lavado de dinero y defraudación. Imposible olvidar las imágenes de la vida de lujos de Omar Maturano o la de Andrés Rodríguez, el empleado del Estado más rico del país.
Después de ganar las elecciones de mitad del mandato en 2017, Macri intentó poner la lupa sobre el dinero de los gremios buscando que sus popes presentaran declaraciones juradas. No lo logró. Pocos meses después, en mayo de 2018, se desató una crisis económica de la que ya no pudo recuperarse. En 2001, durante el gobierno de la Alianza, Patricia Bullrich, entonces ministra de Trabajo, también había intentado que rindieran cuentas sobre su patrimonio. Tampoco pudo. A Alfonsín casi se lo llevan puesto.
¿Y este gobierno? En la Argentina de Milei, los Tapia y los Moyano siguen siendo intocables. Tal vez porque no hay nada más casta que viajar en un avión privado a Punta del Este y ser defendido por el Presidente.




