Famosos que no son ni hacen nada

Por Guillermo Jaim Etcheverry Para La Nación
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26 de abril de 2001  

SIEMPRE nos ha atraído lo que les sucede a los demás, en su vida cotidiana y en situaciones límite. La televisión, que dispone de sofisticados elementos para satisfacer nuestro afán por espiar, ha terminado por abandonar la ficción y organizar espectáculos, con apariencia de realidad, en los que convergen el anhelo de espiar con el de ser espiado. De esa conjunción singular nace el éxito que acompaña a los reality shows , nacidos en otros países y que hoy invaden las pantallas de los televisores argentinos.

Estas nuevas modalidades del espectáculo han sido ya analizadas en todas sus facetas imaginables. Su originalidad reside en que combinan, como afirman los organizadores, "algo de experimento social, algo de telenovela, surgida de una pretendida vida real, y algo de competencia". Algunos atienden a los elementos del teledrama que con un gran esfuerzo se intenta generar entre los integrantes de esos grupos, aislados artificialmente en un ambiente pensado para desencadenar el conflicto. Otros, tal vez más educados, observan un experimento social apasionante aunque forzado, porque se trata de perseguir presas que, por miles, se ofrecen voluntariamente para ser cazadas. Los que están dentro del manicomio transparente, prisioneros de su propio exhibicionismo, son envidiados por quienes se prestarían de buena gana a ser manipulados con una inocultable dosis de crueldad. Como dice Umberto Eco: "Ahora la mayoría quiere estar entre los mirados, todos son ansiosos aspirantes a ser ahorcados".

Se trata, en esencia, de ser mirado, única garantía de celebridad. Curiosamente, quien es espiado furtiva y ocasionalmente se siente agredido, pero quien lo es en forma permanente adquiere el pasaporte a la ansiada fama. Sorprende observar cómo esos jóvenes (los "chicos", a pesar de que están en la tercera década de la vida), que no demuestran ningún rasgo especial que justifique que el público se interese por ellos, transforman en celebridad instantánea la experiencia de lavarse los dientes, bañarse y dormir semidesnudos ante las cámaras (no siempre en la misma cama ni en la misma compañía), sin olvidar el llanto inconsolable que subraya casi todos los diálogos. Evidencian, en la mayoría de los casos, una grosería inocultable y una pavorosa pobreza de lenguaje, que traduce preocupaciones aún más limitadas. Carentes, pues, de cualidades especiales, sin hacer esfuerzo alguno más que pretender mostrar su intimidad, esos jóvenes se transforman en ídolos populares que terminan por firmar más autógrafos que los famosos de antaño. Resulta claro que, como afirma el escritor español Ignacio Carrión, "lo que importa, al final, es la fabricación barata de famosos. La fama es la meta. El mercado demanda más y más famosos, a precio razonable". Hoy, para ser famoso, no hace falta ser ni hacer nada, basta con ser mirado.

Además, para generar algún conflicto que mantenga el interés, se enfrenta a los participantes entre sí, forzándolos a elegir a los compañeros que serán expulsados del paraíso electrónico. Los espectadores no quedan al margen: son invitados a decidir quién de los propuestos debe abandonarlo, poder que, previo pago, ejercen desde sus casas. Adviértase que no se elige al que debe quedarse, sino al que debe "morir", que así se interpreta el irse de la "casa". Todos podemos ser césares y bajar el pulgar desde nuestros dormitorios, reviviendo la fascinación del circo romano y las ejecuciones públicas. Condenamos a los "chicos" al exilio hacia la realidad, desesperante a juzgar por el desconsuelo de sus compañeros, los mismos que los han expulsado, así como de los familiares que ven alejarse la prometida fama. Algunos se resignan porque consideran que "ya son famosos". Al final, "todo bien, loco", reiterada expresión con que los protagonistas cierran cualquier crisis y una de las pocas que pueden ser reproducidas por escrito.

La vida de los otros

Lo más grave de estos aterradores experimentos con voluntarios cobayos humanos es que las conductas de los nuevos prisioneros de la imagen terminan por constituirse en modelos para muchos niños y jóvenes que los espían desde la vacía realidad de sus vidas. Aprenden que en pocas horas se establecen amores, amistades y odios profundos, alentados para poder construir la telenovela. En el futuro no deberá sorprendernos que nuestros jóvenes balbuceen, incoherentes y groseros como los "chicos" cuyo tedio cotidiano siguen a diario, o se preocupen por las mismas vulgaridades que desvelan a estos. Muy bien dice Ignacio Sánchez Cámara: "La vida cotidiana del prójimo solo puede resultar de interés para un hombre inferior. Pero, además, asistir a la vida cotidiana de otras personas solo poseería algún valor si se tratara de hombres eminentes. Pero, ¿puede caber alguna duda de que una persona cabal jamás aceptaría que lo encerraran para que grabaran su vida infrahumana y la exhibieran al público con el fin de ganar dinero o de alcanzar una abyecta notoriedad? ¿Es que alguien en su sano juicio puede pensar que un concursante del bodrio estético vaya a conversar con sus compañeros de jaula acerca de las excelencias de la música de Debussy o del ideal de vida de Séneca? Nada humano nos debe ser ajeno, pero lo infrahumano sí".

La curiosa experiencia que estamos viviendo demuestra, una vez más, que aunque decimos preocuparnos por los valores con que se educan nuestros jóvenes, en lugar de hacer el esfuerzo de mostrarles otras realidades que estimulen su superación, rescatándolos de la cárcel cotidiana de lo infrahumano, lo grosero y lo banal, terminamos sumergiéndolos aún más en ella. Consentimos en que se recurra a los más sofisticados recursos técnicos y publicitarios a nuestro alcance para someterlos a cursos acelerados de vulgaridad.

El autor es miembro de la Academia Nacional de Educación y de la Academia de Artes y Ciencias de la Comunicación.

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