Gerardo Otero: entre el portazo y la apuesta política
Se hizo cargo de la economía bonaerense hasta que, desde el gobierno nacional, se anunció un aumento a los docentes. Decidió dejar el cargo y romper con el proyecto K, pero cerca del ex funcionario algunos opinan que en la disputa salarial Otero encontró una excusa para acercarse al lavagnismo
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Ensimismado en sus pensamientos y recuerdos, apenas alcanzó a esbozar una sonrisa cuando el gobernador Felipe Solá le dijo: "Con el Pelado de Trenque Lauquen nos vamos a entender con la mirada". Corría febrero de 2002 y Gerardo Otero acababa de asumir como ministro de Economía bonaerense durante aquel tórrido verano que a punto estuvo de derretir lo que quedaba en pie de las instituciones democráticas argentinas.
Solá necesitaba un ministro de Economía que reemplazara a Jorge Sarghini que, tras haberse sentido amonestado públicamente por el gobernador, había recalado en el Ministerio de Economía de la Nación, al amparo de Jorge Remes Lenicov, durante la gestión presidencial de Eduardo Duhalde.
La situación, por cierto, no era sencilla. La provincia -la más rica del país- estaba en default. La recaudación había caído a límites insospechados, el gasto público superaba largamente las expectativas recaudatorias y los sueldos bonaerenses se pagaban en Patacones. Un incendio. Ni más ni menos.
El Pelado de Trenque Lauquen habrá podido seguramente decodificar la mirada del gobernador. Lo que no queda claro es qué veía Solá en los ojos de su novel ministro después de ponerlo a bailar con la más fea.
El entendimiento, en realidad, no duró poco. Llegó a marzo de 2007 y con la provincia medianamente saneada. El ministro no aceptó que la Nación interfiriera en las cuentas provinciales y fijara un aumento docente que, a su juicio, no estaban en condiciones de pagar. Un jueves por la noche se retiró de las negociaciones y cuatro días después, cuando la provincia había cedido a las exigencias de la Nación, presentó su renuncia.
"Esta es apenas la gota que rebasó el vaso. Aquí la cuestión de fondo es esa política orientada a anular las autonomías de las provincias para definir sus ingresos y aun sus egresos y que tiene como resultado el creciente ahogo financiero de las provincias", repitió por aquellas horas ante cuanto micrófono se le puso enfrente. No hacia falta aclarar que cuando Otero hablaba de "esa política", en realidad quería decir Néstor Carlos Kirchner.
¿Principista? ¿Valiente? ¿La mosca blanca en la política argentina, en la que nadie renuncia ni al tute, como le gusta decir al ministro Aníbal Fernández? No son pocos los que, en el gobierno de Solá, y en el ministerio de Economía, en particular avalan esta teoría.
Otros, en cambio, creen que el portazo de Otero no fue más que un gesto mediático en un año de elecciones. Sus detractores creen que la crisis de los sueldos docentes no fue más que la excusa para criticar la gestión Kirchner y anticipar su ingreso al espacio liderado por Roberto Lavagna en el que su ex jefe y promotor, Jorge Sarghini, acaba ser consagrado como candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires.
Sus principios, sin embargo, lo llevaron a intentar renunciar a su cargo de subsecretario de Finanzas de la provincia cuando Sarghini dejó el ministerio. Hubo que convencerlo para que aceptara el ofrecimiento de reemplazar a su ex jefe. Por entonces ya se sabía que Santiago Montoya iba a desembarcar en la oficina de Rentas para mejorar los ingresos de las alicaídas arcas estatales.
Aunque públicamente evitaron polemizar, la relación con el mediático recaudador nunca fue buena. Cuando Montoya lanzó su idea de crear un suerte de AFIP provincial, Otero creyó ver en ese proyecto un claro intento de recortar su poder.
Cuentan en el Ministerio de Economía que la reunión en la que el ex ministro se despidió de sus colaboradores fue una de las más concurridas de las que se tenga memoria. Ese día no había ningún representante del área de Montoya. Otero no perdió oportunidad de recalcar en su discurso de despedida que allí estaba toda su gente. "Los que formaron mi equipo están aquí", repitió.
El "Señor No"
Cree haber respetado a lo largo de toda su gestión su objetivo primario de atacar la evasión impositiva y de ser consecuente con su idea de mejorar la solvencia fiscal. De otra manera, se dice, no hubiera tenido éxito en la renegociación de la deuda bonaerense, el achicamiento del déficit y el rescate de los Patacones.
La suerte, sin embargo, le fue esquiva en otro de sus objetivos: una mejor distribución de los ingresos a través de la coparticipación federal. "El gran desafío de la dirigencia argentina es consensuar y sancionar una nueva ley de coparticipación federal que reoriente los recursos y sirva para premiar a los que más recaudan. El federalismo fiscal argentino es bien unitario", llegó a reconocer. Austero por obligación, supo tener buena relación con la mayoría de los intendentes de la provincia entre quienes, según infidencias, se había ganado el mote de "Señor No", por su seguridad a la hora de rechazar pedidos o reclamos que, a su entender, no tenían viavilidad.
¿Fue positiva su gestión? El oficialismo dice que si. Que en él encontraron un piloto de tormentas para capear el temporal.
Los números de la provincia, sin embargo, amenazan con terminar el electoralista 2007 con un déficit superior a los 4500 millones de pesos. Claro está, nadie en su sano juicio podría achacarle semejante carga a un ministro de Economía que, además, acaba de renunciar para no avalar más endeudamiento. Pero lo cierto es que desde 1987 la economía provincial es manejada por el mismo equipo, con la misma gente y con el mismo color polìtico al mando del ejecutivo provincial.
Hijo de un empleado del Banco de la Provincia de Buenos Aires, Otero había mamado desde chico los avatares de vivir en un hogar sustentado por un sueldo de la administración pública. Por eso, tal vez, es que cuando llegó el momento de elegir una carrera universitaria, se volcó a las ciencias económicas. Terminó sus estudios en 1983, casi con el regreso de la Democracia, y en 1987, cuando Antonio Cafiero asumió la gobernación de la provincia, fue designado director de Presupuesto del Ministerio de Economía.
Ya por entonces formaba parte de un equipo del que, hasta ahora, no se ha separado. Rodolfo Frigeri era el máximo referente; detrás estaban Jorge Remes Lenicov, Jorge Sarghini, el propio Otero y Carlos Fernández, a la sazón su reemplazante al frente de la cartera económica bonaerense.
Justicialista desde que comenzó a participar en la política, coqueteó con la Renovación liderada por Cafiero y, dicen, siempre fue un hombre de mantener firmes principios y convicciones.
En Trenque Lauquen recuerdan que era amigo y vecino de un muchacho llamado Ricardo Frank, uno de los nueve desaparecidos que el último gobierno militar dejó en aquella ciudad del oeste bonaerense.
En diciembre último se lo recordó a Frank con el descubrimiento de una placa en la calle Serrano de la ciudad de Buenos Aires, lugar donde fue secuestrado. Otero estaba entre los asistentes al acto. Había dejado de lado una complicada agenda y pospuesto una crucial reunión para descomprimir un conflicto gremial. Lo importante, a veces, está por encima de lo urgente.
Su relación con el gobernador nunca fue mala. Es más, en el entorno de Solá reconocen que el mandatario bonaerense no está enojado con su ex ministro, ni mucho menos.
Aquella vieja anécdota del entendimiento de miradas tuvo su correlato en la noche de octubre de 2003 en la que Felipe Solá se había asegurado en las urnas otro período de gobierno. En su chacra de Mercedes, convertida en improvisado salón de fiestas y muy pasada la medianoche, el gobernador se sinceró ante un grupo de periodistas: "Otero es mi mejor ministro. Es el que mejor entendió el mensaje y por dónde pasa la política actual".
El razonamiento sorprendió a los pocos que lo escucharon. Durante la campaña, Otero había ocupado un segundo plano acorde a su acostumbrado perfil bajo. De cara a la gente había sido Florencio Randazzo -el autotitulado primer kirchnerista de la provincia- el encargado de atar los hilos del entramado felipista con los pingüinos santacruceños.
Casado, con tres hijos, simpatizante de River Plate y cultor de un llamativo perfil bajo, hoy es difícil -cuando no imposible- establecer contacto con el ex ministro. Ya no tiene los teléfonos celulares oficiales, cambió el número de su domicilio particular y no contesta los mensajes enviados a su casilla de correo electrónico, según hacen saber colaboradores que hasta hace pocos días trabajaron a su lado.
Son esos mismos los que dicen que una forma -aunque de incierta efectividad- de establecer contacto con el silencioso renunciante es a través de la dirección de e-mail de su esposa. LA NACION no tuvo suerte.
Dicen que se quedó muy tranquilo tras renunciar y explicar claramente cuáles fueron los motivos que lo llevaron a tomar esa resolución. Dicen también que últimamente cambió el traje y la corbata por las bermudas y las alpargatas. Y dicen que los vecinos ya lo vieron en menesteres menos angustiosos, cortando el césped de su casa de la calle 38, en la ciudad de La Plata.
Claro, recién acaba de finalizar la primera quincena de marzo. Para octubre falta un trecho.
Quién es
Primeros años
Nació en Trenque Lauquen, el 28 de mayo de 1958, hijo de un empleado del Banco de la Provincia de Buenos Aires. Estudió Economía en la UBA y obtuvo luego un posgrado en planificación regional antes de entrar en la función pública.
Cargos y renuncia
Desde 1987 en adelante ocupó diversos cargos en la administración provincial hasta llegar a ministro de Economía en febrero de 2002, función que cumplió hasta los primeros días de este mes. Es peronista, está casado y tiene tres hijos.


