
Globalización, pobreza y nacionalismo
Por Julio J. Nogués Para LA NACION
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La Argentina enfrenta una grave disyuntiva. Mientras algunos políticos quieren continuar y profundizar el modelo populista implementado a partir de enero, otros proponen volver al modelo de los años 90, en que el país se integró a los mercados internacionales de bienes y servicios. La decisión sobre qué camino tomar se debería basar en una evaluación cuidadosa de la alternativa que ofrece mayor bienestar a los argentinos. Sobre la base de la experiencia de muchos países durante los últimos cincuenta años, la respuesta es que la Argentina debe globalizarse dentro de un marco nacionalista de contornos muy claros, que no ha tenido hasta el presente.
De acuerdo con investigaciones recientes, en los países donde el ingreso per cápita crece más rápidamente, el ingreso de los pobres también crece más rápidamente. De manera más concreta, la experiencia de muchos países a lo largo de muchos años muestra que un crecimiento del 10 por ciento en el ingreso per cápita está asociado con un crecimiento similar del ingreso de las personas que se ubican en el quintil más pobre de la población. Es decir, el crecimiento de los países que se globalizan ha favorecido a los pobres.
La variabilidad que existe dentro de esta relación está ocasionada fundamentalmente por los cambios en la distribución del ingreso. Es decir, el crecimiento también puede estar asociado con un empeoramiento en la distribución del ingreso de tal magnitud que termine empeorando la situación de los pobres. Pero estos casos han sido las excepciones y, para que esto se diera, o bien el crecimiento no ha sido tan sólido o bien el empeoramiento en la distribución ha sido muy agudo. Por ejemplo, China es el país en desarrollo donde la distribución ha empeorado de manera más aguda. Sin embargo, su crecimiento económico ha sido tan sólido que pudo sacar a unos 200 millones de personas de la pobreza.
La experiencia argentina
Si el crecimiento es la base fundamental sobre la que se sustenta la lucha contra la pobreza, la pregunta que se tienen que formular los que están en el poder se refiere a las políticas que lo impulsan. Nuevamente, las investigaciones más recientes muestran que los países en desarrollo que se globalizan son los que más crecen. En estos estudios, la interpretación de globalización no está restringida sólo a los aspectos económicos sino que también abarca los sociales, políticos e institucionales.
Durante la década del 90, la Argentina se globalizó en términos económicos y, como consecuencia de ello, las inversiones crecieron aceleradamente y su comercio internacional se duplicó. ¿Cuál fue el impacto de esta experiencia sobre la pobreza? Las cifras sobre porcentaje de la población viviendo por debajo de la línea de pobreza indican que hubo dos períodos. El primero transcurre entre la hipe-rinflación de principios de los 90 y los primeros años de nuestro proceso de globalización: mientras en mayo de 1990 la incidencia de la pobreza era del 43 por ciento, para mayo de 1994 había disminuido al 16 por ciento. Este fue el período que podríamos denominar de globalización exitosa, en que el crecimiento tuvo un impacto claro sobre la disminución de la pobreza.
A partir de entonces, la incidencia de la pobreza comienza a aumentar; en mayo de 1998 llega al 24 por ciento y en mayo de 2001, después de tres años de recesión, el indicador sube al 33 por ciento. Este valor se compara con un 30 por ciento en mayo de 1988, antes de la hiperinflación. Pero hay una diferencia, ya que en 2001 el ingreso real per cápita era un 12 por ciento más elevado. Es decir, a diferencia de la experiencia internacional, en la Argentina la globalización y el crecimiento no fueron efectivos para combatir la pobreza.
Este resultado implica una doble tragedia. La primera es que como sociedad hemos fracasado en lograr una mayor justicia social. La segunda tragedia es que el resultado social de nuestra globalización durante los años 90 ha confundido a muchos ciudadanos y dirigentes honestos que buscan un modelo superador que logre una mayor justicia social. Pero este modelo superador no existe, no hay una solución mágica como muchos creíamos a principios de los años 90. Sacando el comunismo, adonde nadie quiere ir, sólo hay dos modelos: el populista y el globalizador. Lo demás son matices dentro de cada uno de ellos y es acá adonde hay que mirar con mucho más cuidado si queremos llegar a ser una nación exitosa. Entonces, ¿cuál es el camino por elegir?
El populismo practicado durante los últimos meses está profundizando nuestro fracaso como sociedad. El default y el rompimiento de los contratos con las empresas privatizadas cortaron nuestros lazos económicos con el resto del mundo y desde entonces no tenemos más crédito internacional. En términos domésticos, la pesificación probablemente implique la redistribución más regresiva de nuestra historia: se ha dicho que se cambiaron las reglas de todo un país para beneficiar a unas pocas empresas. Otra consecuencia de esta pesificación y redistribución es que tampoco tenemos crédito doméstico.
Punto de equilibrio
En este contexto, la economía seguirá cayendo hasta encontrar un punto de equilibrio con un sistema financiero destruido por malas políticas. Algunos dicen que podemos caer 10 por ciento; otros, 15 por ciento, y yo creo que no dejaremos de caer mientras se siga destruyendo el sistema financiero y se siga sin llegar a un acuerdo con las empresas a las cuales no les respetamos los contratos. En términos sociales, el populismo que estamos practicando es otro fracaso rotundo. A nadie le cabe duda de que cuando se haya procesado la encuesta de hogares de mayo, el resultado de las políticas recientes mostrará que la incidencia de la pobreza aumentó de manera considerable: algunos sostienen que puede llegar hasta el 50 por ciento, y otros, aún más. En el primer caso, el número de pobres que las malas políticas crearon habrá aumentado en alrededor de cinco millones en relación con mayo del año pasado.
Tenemos que volver al modelo globalizador, pero con inteligencia y con un nacionalismo constructivo. Ya no podemos concluir que el piloto automático es la solución a nuestros problemas, porque en términos sociales no lo fue. La posibilidad de lograr una sociedad exitosa con mayor justicia social consiste en trabajar sobre los aspectos que en los años 90 descuidamos. La justicia y la corrupción aparecen como los elementos más destacados, pero también hay graves problemas fiscales sin resolver. Otro tema importante es la mala asignación de los fondos sociales. Un mal sistema de justicia y una mala asignación del gasto social tienen claros efectos negativos en materia de pobreza. Es decir, en términos de políticas domésticas, la nueva globalización deberá estar basada en cambios profundos en muchos aspectos de nuestra organización como sociedad.
En términos internacionales, una nueva oportunidad de globalización también tendrá que estar administrada de una manera muy diferente. Por ejemplo, hemos abierto nuestros mercados sin conseguir avanzar un centímetro en la apertura de los mercados para nuestras exportaciones. Hemos consolidado en la Organización Mundial del Comercio concesiones que no deberíamos haber consolidado nunca y esto también ha tenido efectos negativos en materia de pobreza. Hemos sido y seguimos siendo incapaces de hacer valer nuestros derechos en el sistema multilateral. Cuando se compara la actuación internacional de la Argentina con otros países que se están globalizando, como Brasil, México, Chile, China, Polonia o Malasia, se observa que no hemos tenido ninguna influencia sobre la agenda multilateral.
Ejemplos concretos de nuestra debilidad para defender intereses nacionales hay muchos y el más reciente, de acuerdo con la información periodística, se refiere a una negociación según la cual la Argentina se compromete a modificar su ley de patentes a cambio de una cuota en el sistema generalizado de preferencias de los Estados Unidos. Mientras nosotros comprometemos una discusión en nuestro Congreso que va a ser desgastante, Estados Unidos nos da unas cuotas que, de acuerdo con su propia legislación, nos puede sacar muy fácilmente. Estamos dando una ley a cambio prácticamente de nada: otra negociación desigual con impactos negativos en materia de pobreza, ya que esto implicará aumentos en el precio de los medicamentos y otros productos protegidos. Por otra parte, no creo que haya ningún exportador que invierta para usar estas cuotas, porque ellos saben que los Estados Unidos pueden fácilmente sacarnos los beneficios.
Análisis de fracasos
La Argentina sólo puede luchar contra su pobreza integrándose a la economía internacional: nuestra propia historia muestra que cualquier desvío ha sido siempre empobrecedor. Por otra parte, la experiencia de los años 90 indica que los resultados de nuestra forma de globalizarnos se pueden mejorar de manera significativa, y en nuestro nuevo intento deberemos introducir reformas fundamentales en muchos aspectos de la organización interna y externa de nuestra sociedad. Nuestro modelo globalizador puede ser exitoso, pero para esto la discusión política tiene que basarse en un análisis cuidadoso de nuestros fracasos. Nuestro país también debe pararse firme frente al sistema multilateral en defensa de sus intereses. Esto también requiere inteligencia y una nueva organización de nuestras relaciones económicas y financieras internacionales.



