Gloria y ocaso del Plan de Alfabetización
Por Nélida Baigorria Para LA NACION
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Es 27 de agosto de 1988. El timbre del teléfono quiebra el silencio de un cuarto aún al abrigo de la penumbra. Son las seis y treinta de un gélido amanecer de invierno. Desde París, que ha despertado hace cinco horas, el representante argentino ante la Unesco anuncia con voz de heraldo triunfal que el Plan Nacional de Alfabetización, vigente desde hace cuatro años, ha ganado el premio Asociación Internacional de Lectura en el concurso mundial instituido por la entidad y que la entrega, “en solemne ceremonia”, se realizaría en la sede central el 8 de septiembre, consagrado por las Naciones Unidas como Día Internacional de la Alfabetización.
No se trataba de un triunfo deportivo: un campeonato de fútbol, una carrera de Fórmula 1. Tampoco del éxito de una estrella de rock o de un conjunto musical. Se premiaba, sí, un arduo trabajo en el área educativa y, dentro de ella, en el sector más castigado de la sociedad y en el menos vistoso para esta era mediática en la cual la educación es sólo un recurso retórico y esporádico, porque no se lo considera atractivo para el interés de la masa y, por lo tanto, no es redituable. Sin embargo, ese año nuestra Argentina, rescatada la democracia, por primera vez recibía un premio anómalo para los anaqueles de sus triunfos internacionales.
Transcurridos 18 años de aquella plenitud, ¿qué inspira este recuerdo? ¿La nostalgia, el orgullo por el inmenso logro, la añoranza del bien perdido, la gratitud hacia el brillante equipo que lo ejecutó, la felicidad de los desposeídos que aprendieron a escribir su nombre, como si fuera un milagro de Dios, el dolor de haber visto morir el plan antes de que cumpliera su ciclo, cuya cosecha era recogida por los más pobres, los más dolientes, los más castigados por la vida? Todo ello y mucho más inspira este recuerdo, que es el pasado y que dentro de pocos años será historia, porque mirando hacia atrás, como lo hizo Sarmiento cuando evocaba la sombra de Facundo, encontraremos también “las causas que han postrado a este noble pueblo”.
El Plan Nacional de Alfabetización nació como proyecto prioritario en diciembre de 1983. Fue una de las primeras medidas del presidente Alfonsín y de su ministro de Educación, don Carlos Alconada Aramburú. Era continuación de la gran empresa educacional acometida por el ilustre presidente Illia y frustrada por el golpe fascista del dictador Onganía. El subsuelo de la pirámide educativa indicaba –según el censo de 1981– que el 36,7% de la población adulta de 14 años y más padecía alguna forma de analfabetismo, absoluto o funcional. Traducido el porcentaje en seres humanos afectados, equivalía a la cifra denigrante de 6.300.000 argentinos en plena indigencia intelectual.
La filosofía, el fin último, eminentemente axiológico e indelegable que inspiró la concepción del plan, fue hacer del analfabeto, esclavo de su ignorancia, un ser libre, lúcido, crítico, susceptible de autodeterminarse, de ejercitar sin temores su soberanía personal; guiarlo hacia el difícil tránsito desde el pensamiento mágico y empírico hasta el ordenamiento lógico, la abstracción y el conocimiento racional. Pero también, y con valor ético equivalente, formar al ciudadano de la democracia, defensor incorruptible de las libertades individuales y públicas, de sus derechos y obligaciones políticas, civiles y sociales, custodio del Estado de Derecho y todo ello sobre la base inamovible de nuestro origen histórico cimentado en la Constitución nacional.
Las oraciones significativas y las palabras clave en las que se basó la metodología del proceso lingüístico –así como los ejes temáticos comunes para todos los centros de alfabetización, cualquiera fuera su localización geográfica, con sus respectivas adecuaciones regionales– jamás descendieron, como en las campañas populistas, a las frases rituales –“Pepe pela papas”, “el río pasa por el puente”– o al infame adoctrinamiento político enancado en una alfabetización precaria con la cual se aprenderá, quizás, a leer y escribir, pero nunca a comprender mensajes que requieran una dinámica intelectual más compleja.
Nuestras oraciones, seleccionadas de la Constitución, decían: “Todos los habitantes de la Nación somos iguales ante la ley”, o “la educación popular hace posible la igualdad de oportunidades”.
Cuando, con el recato que siempre supone la responsabilidad, decidimos participar en el concurso internacional de la Unesco, junto con el expediente exigido enviamos el riquísimo material didáctico producido por excelentes equipos interdisciplinarios de especialistas en el campo de la lingüística, la antropología, las ciencias de la educación y la matemática. Y, para que el Gran Jurado pudiera determinar con precisión absoluta nuestros objetivos, en el prólogo de la primera memoria que contenía la síntesis de todo lo actuado dijimos: “Las metas que nos hemos propuesto pueden parecer utópicas, y es cierto, puesto que se orientan al logro de la perfección humana: el bien, la verdad y la belleza. Somos conscientes de que en su plenitud son inaccesibles, pero en tanto se asciende en su conquista, sincrónicamente, se hace selectivo el ordenamiento jerárquico de la tabla de valores. El ser humano comienza a buscar la verdad, descubre la dimensión moral del bien y se introduce con deslumbramiento creciente en el mundo de los placeres estéticos. [...] Lejos estamos de creer que con la alfabetización proyectaremos sabios. Sí nos proponemos despertar curiosidad intelectual, avidez de saberes para lograr que el hombre iniciado en esa apasionante aventura no la abandone jamás”.
El Gran Jurado Internacional, integrado por destacadísimos especialistas de los seis grupos electorales de la Unesco –Paulo Freire incluido–, produjo dictamen unánime, en los siguientes términos:
“Se otorga el premio de la Asociación Internacional de Lectura al Plan de Alfabetización de la Argentina.
“1) Por haber movilizado el apoyo de numerosas instituciones públicas y privadas para iniciar un plan de alfabetización basado en una encuesta nacional, con objeto de consolidar la unidad nacional y dar a los alumnos los medios de comprender sus derechos y responsabilidades políticos, civiles y sociales.
“2) Por haber utilizado con eficacia la radiodifusión para instruir a las personas que viven en zonas remotas o no están, por diversos motivos, en condiciones de asistir a clase.
“3) Por haber creado talleres en las zonas desfavorecidas para alfabetizar e impartir enseñanza profesional a quienes habían abandonado los estudios.”
Ese mismo año recibimos la Mención de Honor de Aptra por la labor cultural y educativa y el premio Broadcasting al mejor programa educativo. No obstante, ningún análisis desapasionado del plan ni las evidencias acerca de su aplicación exitosa bastaron para detener la implacable y cerril oposición de las provincias gobernadas por el peronismo, las cuales, por ese proceso psicológico denominado transferencia, le adjudicaban al plan la misma intencionalidad de catequesis política que ellos habían desarrollado en la campaña Crear, cuya conducción, en 1973, había ejercido el ex diputado Carlos Grosso, y que había sido un paradigma de exaltación del partido gobernante, su historia, sus jefes y sus consignas.
El hostigamiento no conoció límites: pedidos de informes al Poder Ejecutivo por parte de diputados y de ciertos senadores asistidos por conspicuos técnicos que semejaban ser un comando político para agresiones organizadas. Además, citas frecuentes a la Comisión de Educación de la Cámara de Diputados, disputas violentas en las reuniones del Consejo Federal de Cultura y Educación, con alardes seudocientíficos y objeciones irrelevantes, pero siempre sin propuestas superadoras.
Ninguna provincia gobernada por el peronismo firmó el convenio con la Nación, pese a lo cual el plan se expandió por toda la república, porque la comunidad lo hizo suyo. Hasta el último día de su vigencia fue asediado por una oposición insidiosa y mendaz que optó por un obstruccionismo perverso a sabiendas de que privaba a miles de argentinos del derecho a la educación, un derecho humano sin el cual la vida es sólo un amargo tránsito por el dolor, el aislamiento, la humillación y la desesperanza.
El actual ministro de Educación, el sociólogo Daniel Filmus, que comparte con el presidente de la República la diatriba contra la década del 90, olvida sus responsabilidades políticas en la gestión educativa de esa época. Por esa causa, se torna imprescindible recordarle –por si estuviese archivado en la trastienda de su memoria– que fue él, como emisario del presidente electo Carlos Menem, quien recabó informes sobre el plan. Su veredicto, sin duda, habrá sido la última ratio para su anulación.
La gran paradoja surgió 16 años después, cuando las estadísticas sobre analfabetismo y deserción escolar alcanzan cifras bochornosas. El auditor de Menem anunció entonces, bajo las luces esplendorosas del Salón Blanco, el lanzamiento de un plan de alfabetización más. Se basa para ello no en un proyecto original, sino en un trabajo para las necesidades locales del Chaco y ejecutado durante la gobernación radical del doctor Angel Rosas.
Y retorna la pregunta, transcurridos dieciocho años. ¿Para qué esta evocación? Entre las múltiples respuestas, prevalece una: como Sarmiento en el Facundo, para explicar las causas por las que llegamos al siglo XXI padeciendo la lacra del analfabetismo y el derrumbe educativo que consumó la nefasta ley federal. Se persigue un encuentro con la verdad, una misión de docencia cívica para que no caiga el incauto en las redes de la demagogia, especializada hoy en la prevaricación de la Historia. Y para que se comprenda también que cuando no se tiene una concepción republicana se llega al poder como una conquista personal, antes que como un servicio para el bien común.
Don Pedro Henríquez Ureña, el gran humanista dominicano que tanto nos ilustró en nuestra vieja Facultad de Filosofía y Letras, clamaba: “¡Dar a cada hombre la luz del alfabeto!”. Los conquistadores, en cambio, lo confirma el discurrir histórico, llevan piquetas y apagan lámparas votivas. El Plan Nacional de Alfabetizacón, que había nacido con los albores de una democracia rescatada para la libertad, la justicia y la paz, fue demolido por la piqueta y apagada su luz por los dueños de un poder que creyeron eterno.

