Guerra de las civilizaciones
La lucha contra el terrorismo declarada recientemente por los Estados Unidos es parte de un conflicto profundo e histórico entre la cultura occidental y la islámica.
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WASHINGTON.- SAMUEL HUNTINGTON en su libro El choque de civilizaciones afirma que las guerras del siglo XXI no se darán entre principados, naciones o ideologías como se dieron en el pasado. Cree que los conflictos del futuro serán entre civilizaciones. Huntington identifica siete u ocho civilizaciones: occidental, que comprende a Estados Unidos y Europa occidental; confuciana, japonesa, islámica, hindú, eslavaortodoxa, latinoamericana y, posiblemente, africana. Algunas de éstas se podrán incorporar a la civilización occidental. América latina es un candidato. Otras, son inasimilables; por ejemplo, la eslavaortodoxa y la islámica.
Un concepto clave de esta visión es que se puede ser moderno sin ser occidental. Por lo tanto, Estados Unidos, como miembro protagónico de la civilización occidental en este siglo y en el venidero, se tiene que adaptar a vivir en un mundo de civilizaciones tecnológicamente modernas, pero culturalmente no occidentales.
El desafío para Occidente, según este análisis, es profundizar la unidad y la coherencia de su cultura y protegerla mediante alianzas militares, políticas de migración y el uso de la fuerza, cerrando aquellas puertas a los países de civilizaciones extrañas que puedan debilitar esa coherencia y unidad (pureza) cultural que atesora y quiere proteger. "La cortina de terciopelo de las civilizaciones -escribe Huntington- va a reemplazar la cortina de hierro de las ideologías".
Así, Occidente no debe intervenir en los asuntos internos de otras civilizaciones con la esperanza de imponer sus valores. Estas intervenciones serían acciones quijotescas imposibles de realizar. Un corolario práctico de esta concepción es que los valores occidentales, por ejemplo, los derechos humanos, sólo rigen para los occidentales. A los no occidentales les corresponden otros códigos. Este análisis tiene falencias. Pero las malas ideas, como lo demuestra la historia del siglo XX, suelen tener una enorme vitalidad política y patas largas. Además del lado positivo pueden contener una visión parcial de la verdad que explica su atractivo y que sirve para explicar ciertos fenómenos contemporáneos.
La cuestión que queremos considerar, a la luz de este marco teórico, es la siguiente. La guerra contra el terrorismo declarada recientemente por Estados Unidos, es parte de un conflicto profundo e histórico entre la civilización occidental y la civilización islámica, cuyas raíces se remontan a los tiempos de Charles Martel en el siglo VIII, y que se prolongará en el siglo XXI, como afirma Huntington; o es, en cambio, una "guerra" sin cuartel contra personas que utilizan una metodología criminal para imponer sus ideas: una guerra que no está dirigida contra ningún país, ninguna ideología y ninguna cultura, ni religión, como lo sostiene el gobierno de Estados Unidos.
Está claro que el gobierno norteamericano no quiere que la guerra contra el terrorismo, que ha emprendido en nombre de Occidente con la aprobación de sus aliados, sea interpretada como una guerra contra el islam. Al explicar por qué Washington había destruido sorpresivamente instalaciones en dos países islámicos, Somalia y Afganistán, en respuesta a los ataques a sus embajadas en Kenya y Tanzania, el presidente Bill Clinton dijo:
"Quiero que el mundo entienda que nuestras acciones hoy no fueron dirigidas contra el islam, la fe de cientos de millones de personas amantes de la paz en todo el mundo. Nuestras acciones fueron dirigidas contra fanáticos y asesinos que envuelven el homicidio en una manta de justicia y, al hacerlo, profanan la gran religión en cuyo nombre dicen obrar".
Seguramente, una parte del mundo entendió estas palabras: aquella parte que es Occidental. Pero este mensaje precisamente tiene otros destinatarios, aquellos que no son occidentales. ¿Lo comprendieron los países islámicos? ¿Fue entendido en el mundo ortodoxo? El gobierno norteamericano parece preocupado de que no fue entendido. Un funcionario, citado por The Washington Post unos días después del discurso de Clinton, dice: "Les queremos decir a los musulmanes que (la guerra contra el terrorismo) no es contra ustedes, también nos oponemos al terrorismo católico en Irlanda".
Es cierto, Estados Unidos también se opone al terrorismo originado en Occidente, y suele oponerse ferozmente al terrorismo en su propio país. Pero es improbable que hubiera usado misiles Cruise para atacar de sorpresa instalaciones supuestamente terroristas en Irlanda, incluyendo una fábrica de productos químicos. Es especialmente improbable en el caso de la fábrica de que hubiera poca evidencia de que estaba vinculada con el terrorismo, y que produciría 60% de las medicinas consumidas por los irlandeses.
Es más -sigue el argumento- la razón por la que no le ha declarado la guerra al terrorismo en Occidente, utilizando Cruise Missiles, es porque el gobierno de Estados Unidos no está preparado para justificar los daños colaterales en ese tipo de acción. En cambio, sí se ha declarado la guerra al terrorismo en tierras islámicas. Ahí los daños colaterales se justifican porque no rigen los mismos valores para los norteamericanos.
Para una persona no occidental lo único que puede explicar esa diferencia en la respuesta al terrorismo de origen occidental y al terrorismo de origen no occidental es que se ha declarado la guerra a algo más que al terrorismo propiamente dicho. Será una declaración inconsciente, pero real para el islam, que se percibe a pesar del mensaje del presidente Clinton. Esta percepción es el resultado no intencionado de la acción emprendida contra las instalaciones terroristas en Somalia y Afganistán, tierras islámicas.
Palabras y mensajes no cambian percepciones de esta naturaleza. Estas percepciones se cambian con los hechos. Estados Unidos debe preocuparse mucho más por los daños colaterales que su guerra contra el terrorismo pueda infligir en los países islámicos.
Una prueba de esta preocupación será dada por la calidad de la reacción del gobierno norteamericano ante los daños colaterales del ataque a la fábrica de productos químicos en Somalia. Esta puede demostrar que la cortina que separa a las civilizaciones es de terciopelo y no de hierro, para usar la imagen de Huntington. Pero, además, una buena y humana reacción norteamericana, bien recibida por el mundo islámico, sería una prueba de que un concepto clave de Huntington -los valores de occidente no son universales-, es falso.

