
Habrá que pedir el voto a las víctimas del modelo

“No es un presidente, es un profeta”, escribió Eduardo Bolsonaro sobre Javier Milei, celebrando su última clarividencia: el León había pronosticado el triunfo electoral de su hermano sobre Lula da Silva. Esa mera expresión de deseos lo transformó de pronto en un consumado adivino. La lisonja del hijo de Jair encierra, sin embargo, un significado más profundo: todos saben que a Milei le gusta menos su rol de jefe de Estado que el papel de augur de la “buena nueva”. Mark Twain, que era muy irónico e insidioso, decía que “un profeta no necesita mucho cerebro, es una profesión descansada”. El mandatario argentino ha endosado la gris y fatigosa administración nacional y también el labrado de la política, que tanto le aburre, a su hermana y a los restos de la familia Menem; las numerosas reformas al explosivo Federico Sturzenegger, y toda la gestión económica al trader Luis Caputo. Desprovisto de estas tediosas tareas presidenciales, Milei se ocupa de regular a fuerza de insultos fecales la libertad de expresión y de plegarse a las ocurrencias estratégicas del Club Internacional de los Reaccionarios Recalcitrantes. Todas las semanas hay una nueva gilada, convertida en narrativa oficial, y tocó en esta oportunidad aprovechar los resultados brasileños para convertir a Milei en un milagrero de la política latinoamericana; Caputo lo escribió sin sonrojarse, elogiando a su jefe: “En dos años y medio, cambió la forma de votar de un continente entero”. El ejemplo de Milei cunde por doquier y su larga mano hace prodigios: parece que su última visita a Brasil convenció a los ciudadanos de Minas Gerais y de Río de Janeiro de votar por la derecha. Impresionante. El profeta maneja a su antojo la alquimia que cambia los colores de la región: su sola figura vuelve azul todo lo que estaba en rojo. Esperemos que Donald Trump no haya leído el tuit del “mejor ministro de la historia”, porque ya sabemos que el magnate es un hombre susceptible y puede llegar a pensar que le quieren arrebatar los méritos. Y la cosa no está para enojos con la nueva madre patria puesto que ha quedado muy en claro -el propio ministro lo comentó esta semana- que el mejor programa de la módica cronología occidental contará afortunadamente con un nuevo salvataje norteamericano si lo precisa. El mismísimo Scott Bessent abrió la puerta a la chance de volver a realizar un eventual rescate multimillonario a la Argentina, y eso tranquilizó a la barra: ya nos parecía que eran meras conjeturas maliciosas aquellas que sugerían que el trumpismo retacearía morlacos a la hora de la verdad y cuando estaba en juego nada más y nada menos que la reelección del gran profeta del sur.
Pasando en limpio el asunto: la economía argenta está tan ágil y floreciente que necesita muletas a cada rato y el riesgo país no baja porque los tiburones del mercado no comprenden que el creciente malestar de la gente es un invento y que la oposición no tiene, en consecuencia, la mínima posibilidad de acabar con el ciclo anarcocapitalista. En mesas internas, sin embargo, los violetas de alta gama admiten que ese no será un paseo por el parque y que no vienen los mejores dieciocho meses de nuestras vidas; también que no aumentará el consumo, que la caída de la recaudación es preocupante y que los inversores no quieren sacar la chequera hasta ver cómo termina este cuentito. No se conoce, a ciencia cierta, qué nivel de bilardismo demostrará el profeta libertario en esta hora angustiosa, más allá de los malabarismos verbales y los camelos estadísticos que le acercan y convalida: con la industria y la construcción, los jugadores celebran un córner y un lateral, y esconden una goleada en contra que ya lleva muchos meses.
No hay democracia liberal en un sistema de hegemonías pendulares con alternancias forzadas
El lúcido historiador económico Pablo Gerchunoff escribió significativamente estos días: “La más importante enseñanza de Keynes fue cambiar de opinión cuando la época cambia. Ser librecambista o proteccionista, fiscalmente contractivo o expansivo, depende de los tiempos. Hoy estamos desbordados de dogmatismo con verdades universales y atemporales”. Otro teórico de buena voluntad, el investigador Alberto Ades, participó de una reunión de gabinete y luego escribió una reflexión en la que derrocha elogios para el oficialismo, pero revela que está “explorando otras alternativas”, e indica el meollo del dilema: ¿cómo se pueden moderar los costos de esta transición y darles a las empresas una oportunidad de adaptarse, “sin comprometer el equilibrio fiscal ni los objetivos de desinflación”? Pide a los economistas independientes que tengan en cuenta las restricciones y hagan “un esfuerzo para contribuir con propuestas concretas y viables”. Apela a la generosidad y al patriotismo de sus colegas, lo cual no deja de revelar un punto dramático, y alude de paso a que existe un factor clave: “Una grieta que dificulta los consensos”. Esos colegas, cada vez que advirtieron sobre peligros y errores, fueron vapuleados y tratados de mandriles, y esa grieta perniciosa fue convertida en una zanja abismal por el propio Milei, que apuesta todo a la polarización y que no ha trepidado en disparar feroz y principalmente contra los que lo acompañaban en el disenso. Ades plantea, aunque quizá no lo pretenda, una autocrítica de cierta ortodoxia libresca: no se puede aplicar a rajatabla una receta sin tener en cuenta los estropicios de medio término, o justificándolos con darwinismo puro -luego hay que pedirles el voto a las víctimas de esa masacre-, y no se puede generar una política perenne en una democracia de extremos donde el otro es el enemigo apocalíptico con quien es imposible conversar medidas de coyuntura y mucho menos políticas permanentes de Estado. No hay democracia liberal en un sistema de hegemonías pendulares con alternancias forzadas. El problema es que, en este mundo de votos espasmódicos e ideologías de TikTok, la clave para ganar en las urnas radica en romper puentes y en gestionar sentimientos negativos. Quien siembra esos vientos no puede sino cosechar, durante el gobierno, crueles temporales.
Mientras la escudería libertaria celebraba el triunfo del clan Bolsonaro, que explotó una vez más esa fórmula de la discordia -la guerra civil de los espíritus- y consagró su aparente infalibilidad táctica, sucedía en Buenos Aires un acto de fuerte valor simbólico que puede leerse como el reverso de la moneda: el momento en que Soledad Pastorutti le cantaba a Lionel Messi una canción popular a manera de despedida. En esa canción se aludía al periplo profesional del capitán de la selección pero resonaba también en cada uno de los que escuchaban: “Tantos incendios provoqué, tantos fracasos me probé, que no me explico cómo canto todavía; tantas palizas esquivé, tantas traiciones me compré, tantos enojos me hicieron mostrar los dientes”. Millones de argentinos que cotidianamente viven odiándose entre sí por diversos motivos quedaron galvanizados por dos personas a las que ni la grieta ni el rencor lograron atravesarlos ni corromperlos. Fue una extraña ceremonia de sentimientos positivos, que por un rato nos recordó a todos quiénes éramos antes del paroxismo de las trincheras. La canción se sigue tarareando, y está en el inconsciente colectivo. Menos personas de las que creemos quieren vivir en este estado de discordia eterna; acaso solo una minoría intensa que es víctima y victimaria en esta espiral autodestructiva. Ese momentazo de sentimientos positivos puede ser anecdótico o premonitorio. Necesitaríamos a un auscultador de almas y de pueblos, a un verdadero profeta que dilucide ese enigma fundamental y nos anuncie el futuro.
Durante 40 años fue alternativamente cronista policial, periodista de investigación, analista político y jefe de redacciones de diarios y revistas. Es actualmente articulista de La Nación y de Zenda Libros (España); conductor de Pensándolo bien, programa nocturno de Radio Mitre y autor de novelas, cuentos, crónicas y ensayos.

