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OPINIÓN

Hecho por el ser humano

Resulta imperioso encontrar el punto justo para la utilización de la inteligencia artificial, a fin de que sea una tecnología en sintonía con la vida y que no provoque su deshumanización

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La Inteligencia Artificial y el sentido de la vida
La Inteligencia Artificial y el sentido de la vidaAlfredo Sábat
Fernando  Urriolabeitia
Por Fernando UrriolabeitiaPARA LA NACION
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La poesía suele aproximarse a la verdad, hasta sabe asirla con frecuencia entre sus versos. De ahí que siempre valga la pena acudir a ella, más en tiempos de confusión e incertidumbre. Así, a partir de las intuiciones poéticas, podemos iniciar una reflexión sobre un asunto apremiante: el lugar de la inteligencia artificial (IA) en la vida del hombre.

El poeta Antonio Machado, en sus Proverbios y cantares, nos dejó un principio: “Es el mejor de los buenos/ quien sabe que en esta vida/ todo es cuestión de medida:/ un poco más, algo menos…”. Resulta imperioso encontrar el punto justo para la utilización de la IA, a fin de que sea una tecnología en sintonía con la vida y que no provoque su deshumanización.

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En la educación, el trabajo, las relaciones y los vínculos personales, en casi todo lo humano, la IA está presente. Alcanzó un grado de capacidad que no solo provoca asombro, sino también preocupación. Será esencial determinar previamente con qué vara medirla. Frente a una tecnología que supera la inteligencia humana y la reemplaza con una eficiencia que no permite siquiera comparación, el patrón de medición no puede ser otro que el más trascendente: el sentido de la vida.

Hasta ahora se la ha valorado desde la eficiencia, la productividad y el lucro, añadiendo, para despejar cualquier reproche ético, que la IA está bajo el control humano. Con cierta lógica podríamos cuestionar cómo se pretende controlar lo que tiene una capacidad superior al controlador. Aunque ya no es necesario esperar una respuesta, en tanto se tiene conocimiento de que hubo ensayos donde los agentes de IA traspasaron los límites impuestos, a sabiendas de la transgresión y con una finalidad distinta de la programada.

Ahora bien, si aun lográsemos mantenerla a raya, cabe pasar igualmente al núcleo de este análisis, en tanto aquello no lo desplaza. Es que la preocupación tiene que enfocarse en saber qué efectos tiene, incluso controlada, sobre el sentido de nuestra vida.

¿Representa la IA un peligro para la humanidad?
¿Representa la IA un peligro para la humanidad?Shutterstock - Shutterstock

Observemos qué está sucediendo en la educación. Los estudiantes emplean la IA para cumplir sin esfuerzo lo requerido por el docente. Se produce una delegación cognitiva significativa, debido a que el alumno no lee el texto y menos aún lo piensa, cuestiona y elabora una monografía. Esta situación no constituye un aprendizaje y afecta tanto las funciones cognitivas como la disciplina.

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Si nos ubicamos en el ámbito laboral, la adopción de la IA también conlleva una pérdida de habilidades, dada la erosión que genera en la curiosidad, la atención y el pensamiento crítico. Pero no solo se espera la transformación de los trabajos, sino también que muchos desaparezcan. Al extinguirse, arrastrarán consigo aquello que otorga un propósito y una realización en la vida, pues siempre el trabajo fue parte constitutiva de la dignidad del hombre.

Otro aspecto delicado es su incidencia en las relaciones y la vida emocional. Hay una utilización adictiva del smartphone potenciado con la IA, que está llevando a situaciones límite. Un importante porcentaje de adolescentes presentan síntomas preocupantes en su bienestar socioemocional, debido a la gran cantidad de horas con el celular.

No hay cabal consciencia de que se está pasando de hacer cosas con la tecnología a pedirle que las haga por nosotros

Todos estos ámbitos presentan un rasgo en común: la pérdida paulatina de la autonomía. No hay cabal consciencia de que se está pasando de hacer cosas con la tecnología a pedirle que las haga por nosotros. Es que el fácil acceso a la IA, la capacidad de sustitución, la imposibilidad de saber si se la utiliza y una predisposición a favor del progreso dificultan la adopción de una postura crítica.

Más allá de los beneficios que produce la IA, la existencia de esos perjuicios conlleva la necesidad de adoptar un posicionamiento crítico, equilibrado y responsable, de manera tal que se pueda afrontar el dilema esencial: qué sentido tiene una vida que renuncia a sus quehaceres constitutivos, como la utilización de la palabra, el aprendizaje, el trabajo, entre otros, con la consecuente pérdida o disminución de capacidades.

En actividades que han incorporado la IA o podrían hacerlo, desde las más nimias hasta las más complejas, el hombre ha volcado intencionalidad, acciones, compromiso, tiempo, con valores que le dieron sentido a su vida. Todos los trabajos tienen y otorgan dignidad. De la noche a la mañana, la IA podría disolver ese sentido en el altar de la eficiencia.

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Las sustituciones sin una visión humanista generarán una pérdida de sentido existencial. Sin caer en una postura obstruccionista, pero tampoco ingenua, sino asumiendo el problema con prudencia, se podrían dar pasos firmes para utilizar la IA “algo menos” en algunos casos y “un poco más” en otros, en línea con la enseñanza del poeta. Es el camino que ya toma fuerza bajo la consigna “primero pensar y después consultar a la IA”.

Este asunto amerita un rodeo más, pasar del “sentido de la vida” a meditarlo también desde el “sentido de lo humano”. Con este trascendemos nuestro propio interés y valoramos la vida vinculada con el otro, es decir, con ese prójimo que podría estar cada vez menos presente debido a las sustituciones.

El avance tecnológico que permitió el abandono de la presencialidad, al reemplazar el encuentro corporal por el virtual, trajo aparejada una pérdida del “sentido de lo humano”. Este sentido lo brinda el hombre, pero no solo consigo mismo, sino en la relación con el prójimo. Cada persona termina constatando, con el paso del tiempo, que lo valioso está en trascender, salirse de uno mismo e ir hacia el otro. Se trata de la “incurable otredad que padece lo uno”, en palabras de Antonio Machado, lo cual nos constituye y humaniza.

Ante la ausencia humana cada vez más frecuente por el empleo de la tecnología, hay que trazar una línea fronteriza, con prudencia y firmeza, a fin de que quede a salvo el sentido esencial de nuestra existencia vinculado a los ideales y valores humanistas. En fin, el hombre no debe perder esa savia que es para su vida el uso de la palabra, el pensamiento, la mirada y el trato con el otro, a riesgo de deshumanizarse.

Fernando  Urriolabeitia
Por Fernando UrriolabeitiaPARA LA NACION

Abogado, Relator Letrado de Ministro en la Suprema Corte de Justicia bonaerense

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