
Hermanos grandes, pequeños y estúpidos
Por Orlando Barone
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El único Gran Hermano es Dios. El sabe todo cuanto hacemos. Y sólo El sabe cuánto aguanta para no volcar la pecera y derramar sin destino a tantos pececillos incorregibles con el televisor a cuestas. Dentro de esa pecera están todos: incluido el FMI, que es el Gran Hermano del desempeño fiscal argentino.
Entre tanto, la angurria general de notoriedad a cualquier costa llega ya al inodoro; último reducto de una intimidad ya ultrajada. Este es un tiempo de voyeurs corporales, de fisgones de cópulas y de escatologías, de cotorreos de chusma y de autoconfesiones y lloriqueos públicos de vidas pigmeas privadas. Es sorprendente cómo doce jóvenes de ambos sexos que vacacionan en una casa son incapaces de producir nada apasionante, más que escenas de nada y de "huevo". Es probable que no sean más que una síntesis de la desafortunada creatividad nacional en su conjunto.
¡Ah, si los vacacionistas promiscuos del spa de Big Brother se rebelaran!
Imagino un fantástico y repentino cambio de guión, una conspiración de los participantes que tomara de sorpresa a los televidentes y a los productores del programa.
¿Querían espontaneidad? ¿Un poco de audacia? ¿Que mostremos desnudos los traseros y genitales? Aquí tienen: miren. Esos doce del patíbulo reivindicados serían un acontecimiento mundial. Además, unidos y fraternos en la casa tomada, reclamarían el premio para ser repartido entre ellos por partes iguales. El Big Brother quedaría estupefacto ante esa reacción de fraternidad e igualdad inesperada; el FMI se inquietaría por esa metáfora.
No me pidan aclaración de su significado.
La otra metáfora de la semana fue la de las zapatillas. Ruckauf firmó en un lugar tan cerca del suelo que no podía esperar ninguna consecuencia elevada. De más altura hubiera sido regalar gorros. Eso sí: delicado, solo estampó su firma en la lengüeta del calzado y no en la lengua de los niños. Por suerte no se le ocurrió adornarlos con un tatuaje firmado: después de todo, muchos de los abuelos de aquéllos ya fueron convenientemente tatuados psicológicamente hace medio siglo por la pareja pionera de la marca.
El lenguaje tiene su lógica: la mujer del gobernador, la organizadora de la dádiva, se llama Zapatero; el legislador denunciante: Piemonte. Y aunque no me consta, dicen que donde más se distribuyeron fue en Villa Calzada y en el Camino Negro.
Hay, no obstante, una solución: que los propios niños pobres, por sí solos, arranquen la lengüeta al unísono. Bastante tienen ya con la mala marca de la vida.
Pedro Pou citó a Franz Kafka en su declaración ante el Congreso. Fue, para ser justos, una cita adecuada a las circunstancias, aunque de menos lustre cultural que aquellas citas sobre Sócrates y Borges en boca del único erudito que supo descubrirles libros y novelas inencontrables. Kafka, aparte de El Proceso -el texto a que Pou se refería- escribió La metamorfosis : la historia de un ser humano que se convierte en insecto; proceso biológico nada fantasioso si se mira el comportamiento humano de algunos referentes notorios. Por algo el sabio Kafka no eligió una mariposa, sino una cucaracha.
A estas alturas del domingo tal vez ya sepamos de qué lado de la economía ha quedado cada uno. Los actuales ciudadanos se dividen, a saber, en: los que no están ya en ningún lado; los que están ubicados, pero agarrados de un hilo con los pies en el vacío; los que tienen un lugar transitorio; los que están en situación flotante, los que navegan al compás del viento; los que navegan a velocidad de crucero; los dueños del mar y de la flota, y los dueños de todo.
Los que no están en ningún lado son el grupo de mayor movilidad social, pero en sentido inverso al conocido: se movilizan en sucesivos status descendentes. Al final naufragan. Este Titanic, igual que el otro, no tiene suficientes salvavidas y al parecer su blindaje también ha sido atravesado por un témpano que amenaza inundar un compartimiento tras otro. Ultimamente van quedando unos pocos lugares, ya obsoleta la excusa del retiro en la estancia. No es que De la Rúa no tenga autoridad: la que no tiene autoridad es la gente que vota.
Igual que en la casa del Gran Hermano, vivimos como en una pecera en la cual simulamos una autonomía en apariencia infinita bajo el engañoso efecto de la esfera de cristal. Pero somos pequeñísimos argentinos patológicamente asustados físicamente por la violencia a troche y moche, y psicológicamente aterrados por la amenaza virtual de un poder desconocido. No es la economía, estúpidos. Ni los legisladores caros de Formosa. Ni la tecnología. Ni el Estado. Ni los sindicalistas gordos. Ni los corruptos. Ni el dos por uno ni el peaje ni la aftosa. Ni los falsos geriátricos ni los mendigos rusos ni los piqueteros. Ni Zulemita ni Aíto ni el romance cordillerano transoceánico. Ni siquiera somos nosotros, y esto ya es decir mucho
No quiero.
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