Indignados, contra todo y porque sí
PARIS
Desde hace un tiempo, la indignación está de moda. Se ha transformado en virtud mediática cardinal, en brújula política de los tiempos inciertos y en la encarnación misma del humanismo ciudadano.
Así lo demuestra el éxito obtenido en Francia (un millón de ejemplares vendidos) por ¡Indígnese!, un pequeño libro de apenas 24 páginas, escrito por Stéphane Hessel. Resistente y deportado durante la II Guerra Mundial, ex embajador gaullista y después simpatizante socialista, Hessel apela en su opúsculo a la "insurrección pacífica".
El público ha respondido con auténtica fascinación y uno debería preguntarse la razón. ¿Acaso la indignación es el recurso de quien no tiene tiempo para pensar? En este "mundo de inmediatez", como dice el filósofo Gilles Finchelstein, la indignación es mucho más cómoda que la reflexión. También podría ser lo propio de la impotencia. El resultado de la incapacidad de hacerse cargo de la realidad para tratar de modificarla.
Por ende, todo es motivo de indignación. Indigna la riqueza, obligatoriamente insolente; las finanzas, definitivamente criminales; la globalización, necesariamente inhumana; la prensa, absolutamente inmoral; los Estados Unidos, indudablemente expoliadores, y los autócratas árabes, aun cuando hace 15 días nadie en el planeta se preocupaba por ellos.
El problema es que la indignación no deja espacio para hacerse preguntas. Es un sentimiento que dispensa de reflexionar, de evaluar, de sopesar. Dudar es como pactar con el diablo para el indignado. La indignación no es de derecha ni de izquierda. Está más allá de los partidos y más acá de la razón. Es una suerte de antirreflexión que consigue el prodigioso efecto de abolir toda contradicción procedente del exterior e ignorar para sí misma el principio de no contradicción. Así, algunos se indignarán contra los ciudadanos inmorales que envían su dinero al exterior, pero les parece normal evadir impuestos en su propio país.
En todas partes, los padres se indignan de los lamentables resultados del sistema escolar, del que salen cada año miles y miles de jóvenes sin formación profesional y sin esperanza de empleo, pero también se indignan -delante del propio vástago- cada vez que los profesores o los responsables pedagógicos demuestran un rigor considerado excesivo con nuestros adorados querubines.
La gente se indigna contra China, "que nos invade con sus productos", pero también contra la "tentación proteccionista", que puede conducir a la guerra. Contra la deuda pública y contra el rigor presupuestario. Contra los déficits y contra la reducción del número de empleados públicos. Contra los piquetes y contra la policía en las calles.
Indignémonos, pues. Contra todo y todo lo contrario. Contra la verdad y contra la mentira. Contra el mal y contra su remedio. Contra la cobardía y contra el coraje. Contra el respeto y contra la transgresión... Tal vez llegue el momento en que consigamos indignarnos contra la indignación. Ese día alguno habrá recordado la célebre frase de Nietzche, que solía afirmar: "Nadie miente tanto como un hombre indignado".
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