Irán y la guerra de ideas

Thomas L. Friedman
Thomas L. Friedman
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23 de junio de 2002  

TEHERAN

¿Qué pasaría si una teocracia y una democracia tuvieran un hijo? ¿Cómo sería? Se vería, nada menos, como Irán.

Lo que hace a Irán tan interesante es que no es una verdadera democracia, pero tampoco es una verdadera teocracia islámica. Es, sin embargo, suficientemente una democracia para que muchos iraníes sepan que quieren más de eso, y suficientemente una teocracia islámica para que muchos iraníes sepan que quieren menos de eso.

Y si usted escucha atentamente lo que está ocurriendo detrás de todo el ruido aquí, lo que encontrará será un gran número de pensadores, tanto democráticos como conservadores religiosos, que están buscando una forma de sintetizar estas dos aspiraciones.

Usted podrá encontrar reformistas democráticos que han aprendido de la experiencia del fracasado intento del sha de imponer el secularismo, y también de los últimos 23 años de régimen islámico, que no hay democracia que pueda echar raíces en Irán a menos que tenga en ella un lugar respetado y respetable para el islam.

Y encontrará a pensadores religiosos que también han aprendido de los últimos 23 años que los iraníes han vivido bajo el mando de suficientes clérigos incompetentes tratando de manejar un gobierno -y tratando de decir al pueblo qué es lo que debe vestir, pensar y hablar-, que el islam no puede regular todos los aspectos de la vida de una nación en la era moderna sin producir una reacción popular negativa. Muchos iraníes jóvenes se están alejando rápidamente de las mezquitas en estos días y les desagradan tanto los clérigos que algunos mullahs han llegado al extremo de tener que quitarse sus turbantes y túnicas cuando caminan por ciertos barrios, para evitar ser insultados y hostigados.

Pero, precisamente porque Irán es una loca semidemocracia (a diferencia de Irak o Arabia Saudita) -precisamente porque la gente es detenida aquí cada día por haber expresado ciertas opiniones, son encarcelados, después son liberados, más adelante se postulan para el Parlamento, pronuncian discursos, empiezan a editar un diario reformista y son arrestados nuevamente-, hay en este país un animado debate acerca de cómo encontrar un equilibrio mejor entre el Estado y la religión.

Un día fui a visitar a Amir Mohebian, el director político de Ressalat, un periódico conservador religioso, que me dijo: "En la época de la revolución ofrecimos ciertos valores (religiosos) a la sociedad en una forma maximalista... Ahora estamos siendo testigos de una reacción en contra. De forma que estoy proponiendo una nueva definición para una sociedad islámica. En los términos de esta definición, no trataremos de convertir a la gente en personas religiosas. Simple y sencillamente no deseamos tener una sociedad deviante. Si seguimos presionando para tener valores religiosos maximalistas lo único que haremos será ensanchar la brecha entre las generaciones. Si establecemos y damos a conocer una definición minimalista, podemos tener mucho en común con la nueva generación".

El mismo día visité a Mohsen Sazgara, un ex colaborador del ayatollah Khomeini, ahora convertido en reformista, quien está poniendo en marcha un periódico cuyo personal y dirección están integrados por estudiantes iraníes. Me dijo: "Nosotros creíamos que derrocaríamos al sha y estableceríamos un nuevo gobierno, un gobierno islámico, que mostraría al mundo un nuevo camino. Pero lo que hicimos después de la victoria de la revolución no fue una nueva ruta. No tuvimos éxito en cuanto a casar la democracia con el islam. Eso nos llevó al movimiento de reforma... Pero ha fracasado, porque no tenía poder constitucional. En la Constitución queda establecido que habrá una autoridad religiosa por encima de todo, que siempre estará en condiciones de bloquear los cambios. De forma que ahora tenemos que presionar para lograr la verdadera democracia constitucional: no democracia religiosa, sino democracia real, con un lugar respetado para la religión bajo ella".

Tal síntesis tomará mucho tiempo en hacerse realidad en este país. Por ahora, el régimen islámico está profundamente arraigado aquí, gracias en gran parte al dinero obtenido con el petróleo, que puede comprar amigos, y un puño de hierro que puede aplastar a todos los enemigos internos. Los clérigos partidarios de la línea dura no ceden fácilmente, y no temen en absoluto ganarse nuevos enemigos en el extranjero, porque las tensiones contribuyen a militarizar a la sociedad iraní y bloquear las avenidas para las críticas. No obstante, incluso los clérigos de línea dura se dan cuenta de que no pueden sobrevivir indefinidamente basándose únicamente en la coerción, y ésa es la razón de que permitan que el debate continúe.

Es irónico que la guerra de ideas que Occidente había esperado que podría surgir en el mundo musulmán árabe después de la tragedia del 11 de septiembre -una guerra contra el fascismo islámico de Osama ben Laden que sería librada por árabes partidarios de una alternativa democrática, islámica y progresista- no ha ocurrido, por el simple hecho de que no hay suficiente democracia en la mayoría de los lugares para que esta guerra siquiera se haya iniciado. Pero sí se está librando en Irán y no en respuesta al 11 de septiembre, sino en reacción a las propias malas experiencias de Irán con el despotismo secular y el despotismo religioso.

Deséenles que les vaya bien. Si los pensadores y políticos iraníes llegan a fundir la democracia constitucional con un islam redefinido que se limite a inspirar normas sociales, y no a dirigir un gobierno, podría tener un impacto positivo en todo el mundo musulmán, desde Marruecos hasta Indonesia, que la revolución islámica de Irán nunca pudo tener.

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