
Janet Reno, presidenta
Thomas L. Friedman
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NUEVA YORK.- FRANCAMENTE, las dos fotografías me gustaron. Y sí, debo confesarlo, me enterneció esa fotografía -ahora famosa-de un agente federal norteamericano que, en Miami, apunta con un arma automática a Donato Dalrymple mientras le ordena en nombre del gobierno de los Estados Unidos que devuelva al niño Elián González.
Deberían colocarla, bien visible, frente a todas las filas para solicitar visas en todos los consulados norteamericanos de todo el mundo, con el siguiente mensaje: "Los Estados Unidos son una nación en la que la ley está por encima de todo. Esta foto muestra lo que les ocurre a aquellos que se atreven a desafiarla y hasta qué punto nuestro gobierno y nuestro pueblo están dispuestos a preservarla".
Y, por supuesto, también me enterneció la fotografía de Elián de vuelta en los brazos de su padre. Algunas cosas se pueden trucar -por ejemplo, un niño de 6 años que, en un video de entre casa, señala con el dedo a modo de reproche mientras le dice al padre que se vaya a Cuba sin él-, pero otras cosas no.
La foto de Elián con su padre ilustró el propio lazo para cuya preservación fue escrita la ley norteamericana.
Hay que sacarse el sombrero y felicitar a Janet Reno por comprender que el caso de Elián González tuvo que ver con esas dos fotografías: el bienestar de un niño y el bienestar de la Constitución de los Estados Unidos, sobre la cual se fundamentan todas las cosas buenas de la sociedad norteamericana.
Pero hay que sacarse otra vez el sombrero y felicitar nuevamente a Janet Reno por comprender que esas dos nobles virtudes no son iguales.
El temor de causarle algún trauma a Elián durante el rescate no podía pesar más que la necesidad de defender el imperio de la ley. Uno solamente espera que todo este asunto les recuerde a los extremistas de la comunidad cubana en Miami que no están viviendo en su propio país privado, que no pueden hacer lo que les plazca, y que acaso el odio que sienten por Fidel Castro sea mayor que el amor que le tienen a la Constitución norteamericana, pero eso no corresponde al resto de nosotros, los norteamericanos.
Uno también espera que ahora que Janet Reno puso fin a la apropiación de Elián por parte de los cubanos de Miami, la otra dama tenaz e inflexible del gabinete, Madeleine Albright, ponga fin también a la apropiación que hicieron los cubanos de Miami de la política norteamericana respecto de Cuba.
Albright podría comenzar moderando los términos del embargo contra Cuba. Personalmente, comparto el odio visceral que los cubanos de Miami sienten por el régimen de Fidel Castro. Se trata de un gobierno que le enseñó a escribir a su pueblo, y luego obligó a los más instruidos a convertirse en taxistas y también a mucha gente a dedicarse a la prostitución para alimentar a sus respectivas familias.
Sin embargo, la manera de acelerar el fin de ese régimen no es con embargos y apropiaciones. Los Estados Unidos han sancionado a Castro durante 40 años y hasta ahora logró sobrevivir a nueve presidencias norteamericanas. Normalmente, esa situación política habría sido corregida. Pero la actual política no está impulsada por un pensamiento estratégico, sino por el odio enceguecido que le tienen a Fidel Castro los cubanos de Miami, que debido a su perceptible influencia a la hora de votar en el Estado clave de Florida lograron imponer esa política en el conjunto de los Estados Unidos, a pesar de que tuvo el efecto contrario deseado tanto por nosotros, los norteamericanos, como por ellos.
Esa política castiga al pueblo de Cuba y enquista aún más a Fidel Castro en el poder. Lo que aflige a la economía cubana es el frustrado marxismo impuesto por Fidel Castro. Pero el embargo norteamericano opaca todo eso, permitiendo que Castro culpe a un cuco extranjero de las penurias de Cuba y afirme que el país está sitiado por los Estados Unidos y que, por lo tanto, los cubanos deben seguir movilizados y que él, Castro, tiene que mantener tirantes las riendas.
A olvidarse de Fidel Castro. Es un dictador desgastado que promueve el marxismo mientras trata de mantener la economía cubana a flote con excursiones turísticas y operaciones de cambio Thomas Cook y la prostitución.
Como bien lo sabe Madeleine Albright, hoy una sensata política norteamericana debería apuntar a perfilar y definir una Cuba poscastrista para que los Estados Unidos no tengan que lidiar con un nuevo Haití -donde, después del colapso del régimen, todos construyan una balsa para llegar a Miami- y para que el pueblo cubano no sufra otros 40 años de represión.
La mejor herramienta para perfilar y definir una Cuba poscastrista es permitir que cada vez más cubanos estudien en los Estados Unidos, capacitar a sus tecnócratas en el manejo de un Estado moderno, y ciertamente dar vía libre a mayores inversiones norteamericanas en Cuba, y al flujo de divisas, el comercio y las visitas entre parientes.
En el mejor de lo casos, esto generará presiones internas mucho más intensas para que Castro libere su régimen, y en el peor, ayudará a asegurar que quien lo suceda tenga que cambiar.
Fue precisamente la facilidad con que en todos estos años los cubano-norteamericanos más fanatizados se apropiaron e hicieron suya la política de los Estados Unidos respecto de Cuba -con la ayuda de políticos complacientes- lo que les hizo creer que podían también salirse con la suya al apropiarse del niño Elián González.
Los Estados Unidos están hoy mucho mejor porque Janet Reno les dio una lección y les hizo ver lo contrario, y un millón de niños cubanos estarán mucho mejor mañana si Madeleine Albright puede dar una lección similar en materia de política exterior. Señoras, ¡adelante!





