Juan José Aranguren: un petrolero contra los molinos de viento
Rara avis en el extremadamente cauto ambiente empresarial de la era K, el presidente de la filial local de Shell es uno de los poquísimos ejecutivos argentinos que se atreven a criticar al Gobierno en voz alta, sin temor a reprimendas. "Con la verdad ni ofendo ni temo", aclara él. Sin embargo, la petrolera que preside fue blanco de un boicot presidencial en 2005 y la semana pasada fue la única multada por la escasez de gasoil, pese a que sólo controla el 13% del mercado
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¿A dónde va? ¿Qué es lo que quiere? ¿Está solo o apadrinado? ¿Habla en serio? Tan extraño resulta en la Argentina actual que un hombre de negocios exprese crudamente su pensamiento que Juan José Aranguren corre el riesgo de convertirse, aun sin ser un hombre carismático, en un ícono de la mitología empresaria nacional.
Los más probable es que nada de todo esto haya sido imaginado jamás por este egresado del Colegio Marín el día en que entró en la Universidad de Buenos Aires para estudiar Ingeniería Química. Pero ni a quienes cultivan la ciencia exacta los priva Dios de sorpresas.
A los 52 años, presidente de la filial argentina de la petrolera angloholandesa Shell, Aranguren es uno de los pocos ejecutivos que se atreve a decir en voz alta lo que piensa del Gobierno, la política y el resto de las empresas aunque sea precisamente lo que el Gobierno, algunos políticos y ciertos empresarios no quieren escuchar. Su entorno apunta exactamente a lo contrario: en los últimos tres años, temerosas de reprimendas gubernamentales, algunas empresas les han prohibido a sus ejecutivos participar incluso en seminarios. La Unión Industrial Argentina, por caso, ha llegado a retirar meses atrás de su página web, por pedido de un subsecretario, un estudio técnico que detallaba costos de incrementos tarifarios recientes.
¿No tiene miedo de ir preso, como dice el Gobierno?, le preguntaron la semana pasada a Aranguren, el hombre que soportó aquel recordado boicot, en marzo de 2005, después de haber aumentado los precios de la nafta y el gasoil. El presidente Néstor Kirchner llamó ese día a la población a no comprarle a Shell "ni una lata de aceite" y, 24 horas después, piqueteros de Luis D Elía bloqueaban 33 estaciones de servicio de la marca. Hoy se lo acusa de no cumplir la ley de abastecimiento. ¿No tiene miedo? "No, porque estoy seguro de que hemos hecho lo correcto", contestó.
La semana pasada, Shell volvió a convertirse en la única petrolera multada por la escasez de gasoil en un mercado del que tiene sólo un 13%. Aranguren lo había anticipado a LA NACION 15 días antes, durante una entrevista en que cuestionaba la política energética. "Sé que, diciendo esto, me expongo a inspecciones", dijo. Lleva acumuladas unas 45 en sus estaciones de servicio.
Pero no todo es lineal en el mundo petrolero. Una ironía que podría resultar irritante en la Casa Rosada: el recordado boicot le permitió a Shell cerrar el 2005 con ganancias, el único año con números positivos que tuvo en los últimos cuatro. La paradoja se explica en que exportó más porque cayeron sus ventas en el mercado interno. Otra contradicción nacional: las refinerías se desviven aquí por no vender el producto que fabrican.
Casado y padre de dos hijos, Aranguren, que hoy tiene un posgrado en Ingeniería en Sistemas, ingresó en Shell en 1977 como pasante en la planta de Dock Sud. Extremadamente cuidadoso con sus asuntos personales, poco se conoce de su vida privada. Hincha de Boca y aficionado al golf, no todos los ejecutivos que lo frecuentan le tienen afecto. Algunos dicen, por ejemplo, que es hosco en el trato y que su discurso no busca otra cosa que un retiro personal digno.
La acusación más frecuente proviene de sus competidores: Shell está buscando una excusa para retirarse de la Argentina . Aranguren lo niega. "Hace tres años, en este mismo lugar, ante el mismo cronista, respondí la misma pregunta. ¿Me lo pregunta porque quiere saber si me piso? Nos quedamos en el país por 90 años más", contestó ante la consulta de LA NACION.
Aun así, la lógica Aranguren no deja de sorprender a empresarios que casi no le conocen la cara. Un director de una firma de servicios públicos se sinceró de manera poco elegante ante este diario, después de leer una entrevista. "Qué pelotas tiene ese tipo de Shell -dijo-. Se mete con todos. Con el Gobierno, con Repsol".
Hay una anécdota perfecta para describir esta relación ambivalente con sus pares. Fue el 12 de diciembre del año pasado, el día del petróleo, en el hotel Sheraton. Acababa de terminar un almuerzo con 1000 invitados de la industria y los discursos habían sido una expresión del actual ideario empresarial: reclamar sin ofender.
Sin embargo, un experimentado dirigente tenía algo que decir. Era Eduardo Rocchi, un jubilado de 82 años que había sido durante 14 años presidente del Instituto Argentino del Petróleo y del Gas (IAPG), la entidad anfitriona. Rocchi pidió permiso para hablar, pero no lo dejaron. Testarudo, subió sin avisar al escenario, tomó el micrófono y, cuando todo parecía terminado, soltó: "Yo quiero decir algo, sin ánimo de desatar una polémica. Quiero solidarizarme con Juan José Aranguren, presidente de Shell, que está siendo víctima de una discriminación inconcebible. El Presidente dice que Moreno [Guillermo, secretario de Comercio Interior] es más bueno que Lassie. No sé. Lo que sí sé es que Aranguren se merece esta reivindicación."
Hubo un aplauso general. Algunos ejecutivos se miraron preocupados. Carlos Pierro, del Comité Argentino del Consejo Mundial de Energía, saludó enseguida a Rocchi. "Por fin un jubilado con pelotas", le dijo. "Me siento halagado", esbozó Aranguren. Rocchi, cohibido como quien ha cometido una travesura, se le acercó al presidente del IAPG, Ernesto López Anadón. "Disculpame, Ernesto, pero lo tenía que decir." El directivo lo palmeó: "Está bien. Estabas con todo el impulso".
Pero ningún discurso empresarial pasa inadvertido. Y, por la tarde, más de un ejecutivo llamaba a la redacción de LA NACION para transmitir un mensaje: Los dichos de Rocchi no representan la opinión de nuestra compañía . Se les explicó que la aclaración era vana, porque Rocchi estaba jubilado. No hubo caso. Quienes están acostumbrados a negociar con los árabes, Hugo Chávez o Bush cuidan en la Argentina sus palabras.
Quince días después del incidente, Rocchi presentó la renuncia como socio del IAPG. Y circuló una versión nunca confirmada en Shell: Aranguren intentó que la Cámara de la Industria del Petróleo, que conducía formalmente, emitiera un comunicado cuestionando las incursiones del Gobierno en las empresas. Nadie lo siguió.
En rigor, el controvertido ingeniero arrastraba un primer inconveniente en el mismo instituto. Un año antes, pocos días después del referido boicot, el secretario de Energía, Daniel Cameron, invitado a la exposición Oil & Gas, se había negado a compartir un panel con Aranguren y no fue a la muestra.
Carcajadas oficiales
Miércoles 13 de junio de 2007 por la noche. Moreno convoca a Repsol YPF, Petrobras y Esso a una reunión por el abastecimiento de gasoil. Una única ausente: la firma angloholandesa. ¿Por qué no fue Shell?, pregunta LA NACION en un despacho del Gobierno. No hay respuesta. Sólo una carcajada sonora del otro lado del teléfono.
La fricción empezó en realidad hace casi tres años, dos meses antes del boicot, mientras todo el gobierno argentino se ilusionaba, en fila india, con una promesa de Hugo Chávez: Pdvsa, la poderosa petrolera estatal de Venezuela, compraría los activos de Shell en la Argentina y abriría, en 2005, 600 estaciones de servicio en asociación con la firma Enarsa, creada por Kirchner. Pero a los pocos días habló Aranguren. "Shell no se va -dijo-. Respeto la jerarquía de las personalidades que hablaron sobre el tema, pero Shell no se va". La marca Enarsa-PDV tiene en el país hoy dos estaciones de servicio.
Muchos petroleros juzgan imprudentes algunas de estas intervenciones. "Antes se cuidaba un poco más -dijeron en una compañía-. Pero creo que a él mismo le ha ido gustando ese personaje de convertirse en Quijote petrolero contra los molinos de viento". Todos, incluso quienes no lo quieren, coinciden en una característica de su personalidad: es muy inteligente. "¡In-te-li-gen-tísimo!", remarcó un gerente de la industria.
Respetuoso en el trato, sólo Cristiano Rattazzi, el locuaz presidente de Fiat, podría comparársele en frontalidad discursiva. Pero Rattazzi es dueño de la compañía y ya ha recibido desde Italia, varias veces, la sugerencia de cerrar la boca. Aranguren es el N° 1 en el país y el vicepresidente de Suministros para América latina, pero no más, en realidad, que un administrador local de la segunda mayor petrolera privada del mundo, con presencia en 130 naciones. ¿Usted consulta todo esto con la casa matriz?, le preguntó LA NACION la semana pasada. "Por supuesto, ellos están al tanto de todo. Hablamos varias veces al día", contestó.
Obsesionado por los costos internos del barril, no plasma esta manera de ser sólo en el trato con políticos o empresarios. En el contexto de las más desprejuiciadas presiones corporativas, Aranguren puede tomarse el trabajo de redactar un correo electrónico interminable explicando, punto por punto, todos los temas en los que no coincide con lo escrito por un redactor. Pero la copia será sólo al cronista: nunca irá más arriba en el organigrama.
Ya no habla con el Gobierno. Los pocos contactos que tuvo fueron breves. En septiembre del año pasado, 24 horas después de haber presentado un gasoil premium un 10% más caro -que fue juzgado como un aumento encubierto en la Casa Rosada-, Aranguren levantó el teléfono de su oficina. Era Moreno. "No estamos de acuerdo con la decisión de la compañía", le dijo el secretario sin levantar la voz. El empresario preguntó por qué. "Porque no está en línea con la política de precios del Gobierno", se explayó el custodio de los precios.
Una semana después, la Secretaría de Energía emitió una resolución que podría convertirse en caso de estudio en las universidades, porque tenía algo que el Derecho no prevé para ninguna ley del mundo: retroactividad. Es decir, Shell debía pedir permiso para presentar el gasoil que había lanzado antes de la existencia de la resolución que obligaba a pedir permiso.
Las controversias entre empresarios argentinos y el Gobierno suelen trasponer el umbral del discurso. El dueño de un grupo industrial hablaba un día, muy suelto de cuerpo, off the record con este diario. Cuando se le preguntó por qué no lo decía en voz alta, contestó: "Es que la Argentina no es un país con instituciones que puedan a uno respaldarlo. Ni siquiera es Brasil. Una palabra molesta puede significar una inspección, un alza en las retenciones". Aranguren ha recibido en los últimos días hasta cuatro inspecciones en una misma estación.
¿Está contra el Gobierno?, se le preguntó en una reciente conferencia de prensa. "No", dijo, y agregó: "Con la verdad ni ofendo ni temo".
Nadie podrá decir que Aranguren no se había anticipado a sí mismo. Lo delata una vieja frase, proferida en diciembre de 2002, meses antes de que Eduardo Duhalde abandonara el poder. Hablaba, en una entrevista con LA NACION, de las elecciones presidenciales: "El candidato que gane tiene que ser un revolucionario. Ser revolucionario hoy, en la Argentina, es apegarse a la ley".
Quién es
Años de formación
Nació en Capital Federal y tiene 52 años. Cursó estudios primarios y secundarios en el Colegio Marín, se recibió luego con el título de ingeniero químico de la Universidad de Buenos Aires y realizó un posgrado en Ingeniería en Sistemas.
Trabajo y familia
Ingresó a Shell en 1977 y desde enero de 2003 es el presidente de la filial local de la compañía. Es, además, Vicepresidente de Suministros para América latina. Casado, padre de dos hijos, vivió siempre en Zona Norte y es un entusiasta jugador de golf.

