
Juego de patriotas y de oportunistas

“En política sólo triunfa quien pone la vela donde sopla el aire; jamás quien pretende que sople el aire donde pone la vela”. La metáfora marítima de Antonio Machado refiere a que un navegante inteligente no insiste vanamente en ordenarle al viento que modifique su dirección: lee bien su orientación y acomoda la vela para aprovecharlo. Javier Milei se cansó de esperar a que el viento impulsara su velero económico, clavado en desesperantes aguas estancadas, y tuvo una ocurrencia táctica después de leer correctamente las brisas malvineras. Ha resuelto que, a pesar de ruegos y consejos, no moverá un dedo para reanimar la pobre economía real, porque cualquier intento implicaría necesariamente una salida keynesiana, y buscó un recurso antiguo en el fondo del arcón de la política.
Malvinas fue, para Galtieri y Thatcher, menos un genuino anhelo patriótico que una pragmática oportunidad doméstica. Otros mandatarios argentinos la utilizaron con menos drama y tragedia, pero con idénticos propósitos; el nuevo navegante sólo se suma a esta vieja tradición del mar de los oportunistas. Un tuitero de su círculo íntimo lo celebró con una frase corta: “Milei acaba de ganar las elecciones presidenciales de 2027”. Se trata, por supuesto, más de una hipótesis y una expresión de deseos que de una noticia real. Pero el giro drástico, con medidas que casi nadie podría objetar, es un golpe en la mesa, busca crear una agenda nueva con una causa noble, embarga e incomoda a sus opositores y anhela el unanimismo. Es una jugada astuta, de un presidente acorralado. Las incoherencias con respecto a la gestión que durante casi tres años llevó a cabo el mismo gobierno libertario -remando muchas veces contra los intereses argentinos en Malvinas- son varias y ya han sido denunciadas en medios y redes durante las horas ulteriores a la cadena nacional. Menos pensadas son otras cuestiones, que se agazapan bajo la punta del iceberg y condicionan a quienes de la noche a la mañana se convirtieron en anticolonialistas, y que por lo tanto son amateurs en soberanismo.
Para Milei estamos en plena primavera, y si la gente siente este “frío emocional” y lo acusa en su víscera más sensible (el bolsillo) no es porque le falte dinero, sino porque el “maldito periodismo” le implantó en el cerebro esa falsa sensación
Reclamar la unidad nacional, dentro de este nuevo contexto, conspira contra el irreductible y salvaje divisionismo que los libertarios practican. También el nacionalismo requiere de dos cosas intragables para un libertario a ultranza: un Estado fuerte (y no desmantelado) y mayor gasto público. Defender una “causa sagrada” no sale gratis. Jactarse, por ejemplo, de haber destrozado los salarios estatales -Milei lo hizo irreflexivamente esta misma semana quizá pensando en que aludía a los ñoquis- no conecta muy bien con esta nueva visión: no solo licuaron los sueldos de policías, médicos y enfermeros, sino también de militares y gendarmes, fundamentales para garantizar vigilancia y soberanía en fronteras y confines. Tampoco luce adecuada una pelea personal y frívola con Brasil, principal socio comercial y decisivo para cualquier acompañamiento diplomático en estas circunstancias. Los anuncios del Topo que viene a Destruir el Estado son presentados como medidas nuevas, pero solo vienen a empujar proyectos preexistentes (una base naval en Ushuaia que fue sacrificada por el equilibrio fiscal) y leyes que ya estaban en marcha pero en estado de hibernación: eran demasiado reguladoras y proteccionistas.
De nuevo: ¿cómo transfomar a un anarcocapitalista en un “patriota”, eufemismo con el que La Nueva Derecha global disfraza su corriente de nacionalismo puro y duro? He aquí la tensión operativa e ideológica de pronóstico reservado que encara, si todo esto no es mera retórica, el gobierno del León. Por lo pronto, asoman detrás de todo esto el trumpismo, que se ha caracterizado por ser poco fiable -voluble y sumamente ciclotímico en su política exterior-, y la “nueva doctrina de seguridad nacional”, que propicia Washington y estudia y diseña el mileísmo en foros intelectuales, y que amenaza denominar “terrorista” a cualquier disidente. Milei utilizó esa misma palabra en Chile: “Sabemos que [los zurdos] tienen los medios comprados para ejercer terrorismo psicológico sobre la población. Hasta financian terroristas, les ponen dinero para que les hagan piquetes en cualquier parte del mundo a los defensores de la libertad”. El pinochetismo cool es así. Cuando el presidente de la Nación elogió el modelo económico de ese sanguinario dictador, un forista de este diario escribió irónicamente: “El que también fue excelente fue el gobierno de Hitler. Eliminó la inflación en Alemania en tiempo récord, haciendo numerosas obras de infraestructura y potenciando la industria metalúrgica.” Sobre un filo inestable entre lo tenebroso y lo farsesco hace equilibrio toda esta movida virtuosa, y algo de esas dos materias parece animar un incipiente patrullaje estigmatizador -traidores a la patria- sobre quienes presenten objeciones o renuencias a las ideas de los flamantes “patriotas”. Que ya tienen la fe de los conversos. El principal asesor presidencial -nunca se sabe bien si en serio o en broma- tuiteó una orden dirigida a las Fuerzas del Cielo: los críticos del discurso de su jefe deben ser tratados ahora como “agentes de la corona británica. Márquenlos”. Más temprano que tarde, por ese camino, todos estaremos marcados, y seremos la antipatria. Todo huele a parodia, y se inscribe en un momento que Guillermo Oliveto -notable auscultador del ánimo social- describió el lunes de este modo: “Disminuyen la esperanza y la ilusión; crecen la preocupación y la tensión... dominan la incertidumbre y el temor. En algunos casos se llega a la angustia y hasta la decepción. En otros, todavía ‘se quiere creer’. La sociedad atraviesa el invierno de su estado anímico”. Para Milei, sin embargo, estamos en plena primavera y si la gente siente este “frío emocional” y lo acusa en su víscera más sensible (el bolsillo) no es porque le falte dinero, sino porque el “maldito periodismo” le implantó en el cerebro esa falsa sensación. El Presidente, para respaldar esta calurosa primavera que nos prodiga, utilizó una metralleta de números magníficos, que economistas serios han refutado a lo largo de toda la semana. Esos guarismos -por camelo o por autoengaño- le permiten a Milei -como antes hacía el cristinismo- echarles la culpa del desánimo general a los medios. Para los populismos de derecha e izquierda, los ciudadanos de a pie son estúpidos y borregos: mentes pasivas que se dejan convencer de cualquier cosa, incluso de que la están pasando mal y la guita no les alcanza. Luego Milei sumó a esta teoría fantástica otra más conveniente: Macri fracasó porque se acobardó frente a las catorce toneladas de piedra, pero sobre todo porque la prensa percudía su modelo día y noche y generaba un clima adverso. Interesante, porque el panelista más destacado de aquel sistema de medios era precisamente el propio Milei, que trabajaba para limar a Cambiemos y para instalar la inminencia de una catástrofe. Esta intensa performance mediática del León, con un objetivo claramente destructivo y funcional al regreso del peronismo, sucedió dos o tres años después de haber oficiado como el principal asesor económico en la campaña Daniel Scioli Presidente. La credibilidad libertaria, contra lo que ellos piensan, es cada día más baja, y entonces no sabemos con certeza, en estas horas de patriotismo impostado, si todo esto es un manto de neblina, o una máquina de humo.
Durante 40 años fue alternativamente cronista policial, periodista de investigación, analista político y jefe de redacciones de diarios y revistas. Es actualmente articulista de La Nación y de Zenda Libros (España); conductor de Pensándolo bien, programa nocturno de Radio Mitre y autor de novelas, cuentos, crónicas y ensayos.

