Kirchnerismo de brazos caídos
Es entendible que el Frente Renovador y parte del establishment hayan recibido con euforia el 4,9% de inflación, algo que no haría nadie que viviera de su salario
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El rapto de autonomía que Alberto Fernández viene mostrando de un tiempo a esta parte incluye un rasgo menos conocido pero igualmente constatable entre sus colaboradores: ya no esconde ninguno de sus cuestionamientos, a veces ácidos, a Cristina Kirchner. Es un viraje que podría entrar en la categoría de autocrítica. Dice por ejemplo que, contra lo que pensaba cuando aceptó encabezar la fórmula, ella no cambió nada y hasta empeoró respecto de los tiempos en que estaban peleados. A sus íntimos les parece una admisión tardía.
Era lo que faltaba para que el Frente de Todos se aprestara a encarar 2023, año electoral, en plena interna y casi sin nadie queriendo evitarla. Es cierto que con el peronismo nunca se sabe. Falta un año para los comicios, la campaña no empezó y, hasta ahora, ciertas actitudes no parecen más que una sobreactuación. A un extremo y al otro del Gobierno.
“Hablás como un dirigente opositor”, le dijo esta semana el periodista Reynaldo Sietecase a Grabois, que cuestionaba el bono del programa Potenciar Trabajo y que le contestó: “Toda mi vida trabajé para un sector social. Cuando se lo perjudica, me peleo”. Más dura fue la diputada Paula Penacca, cercana a Máximo Kirchner, después de leer en la nacion que cerca de Alberto Fernández explicaban la renuncia de la expresidenta a eventuales candidaturas desde una motivación 100% individual: el miedo a perder. “Cristina no va a ser candidata por la persecución, el hostigamiento y la proscripción a que la sometió la mafia judicial y mediática. En la Casa Rosada parece que lo festejan porque aumenta las chances electorales de Alberto. Qué triste que además lo digan en un off”, fustigó en Twitter.
Las circunstancias no ayudan a nadie. Ya está claro que, contra lo que se pudo haber pensado inicialmente en 2019 en el Instituto Patria, el triunfo de Alberto Fernández no despejó el frente judicial de Cristina Kirchner. Ese desengaño que sin dudas trastoca la relación entre ambos se percibe hasta en los pedidos de indulto para Milagro Sala: más que la condena de la líder de Tupac Amaru, lo que la militancia le reprocha en el fondo al Presidente es no haber erradicado el lawfare. Cabría preguntarse, con todo, por qué ningún legislador presenta al respecto un proyecto de ley de amnistía. ¿Solo porque no están los votos? ¿La indignación no pasa de Twitter? Algo de esto insinuaba Luis D’Elía cuando, después del fallo contra la jefa del Frente de Todos, reclamó frente a Comodoro Py la presencia de los camporistas. “Por ahora, la interna consiste en tomar distancia de Alberto”, describe alguien que estuvo la semana pasada con la ex presidenta.
Es extraño un kirchnerismo de brazos caídos. Los “pibes para la liberación” han decidido guardarse. ¿Será el Mundial? Quizá. Los militantes que esperaban instrucciones para salir a la calle recibieron la semana pasada, entre otras, la explicación de que el electorado estaba ya en otra cosa.
Para el peronismo es un problema. Sin épica y con crisis económica, corre el riesgo de llegar a octubre dividido y desprovisto de un candidato competitivo. Y será difícil revertir los indicadores sociales. ¿Cómo explicar que la inflación supere ya el record de Macri? Un informe del Iaraf dice que los trabajadores privados formales perdieron desde 2018 en términos reales el equivalente a 7,7 sueldos, y los empleados públicos, 9,6. A los informales les fue peor: resignaron 12,5, más de un año entero.
La experiencia de Alberto Fernández indica además que tampoco sería garantía que “la jefa” repitiera la jugada designando a otro. Aun con esfuerzos descomunales de unidad, podría pasar lo mismo que con la fórmula Scioli-Zannini en 2015. “Había un solo peronismo, pero dos búnkeres esa noche: ellos y nosotros”, recuerda alguien que se reunió la semana pasada con Cristina Kirchner.
La renuncia poscondena dejó un vacío. Sin ella traccionando votos, ¿qué atractivo tendrá la boleta, por ejemplo, para los intendentes? En la Casa Rosada los ven con ganas de discutir nombres en las listas. Es por lo menos lo que el Presidente recabó en dos reuniones recientes con Martín Insaurralde. Dicen que el de Lomas de Zamora está molesto porque Kicillof no lo consulta. No le cumplió. Y ese estado de ánimo se extiende a los jefes comunales, principalmente de la tercera sección electoral, donde se sienten relegados en el reparto de la coparticipación. Por supuesto que hay excepciones. Mayra Mendoza seguirá siendo una incondicional. En el Ministerio de Desarrollo Social lo graficaban tiempo atrás con una broma: decían que Quilmes estaba “inundada de hormigón”.
La incógnita es entonces quién pondrá el cuerpo en la campaña. Tal vez sea demasiado pronto. Hay, con todo, alguien obligado a hacerlo porque en esa aventura le va el futuro personal: Sergio Massa. El desafío es que no se la frustren una corrida o una devaluación. Anteayer, en un seminario organizado por Techint para pymes, la primera consulta que le hicieron desde el auditorio fue por los dólares. “Quería preguntarle si puede profundizar sobre la disponibilidad de importaciones para 2023″, quiso saber Alejandro Varela, de la autopartista Fram Argentina. Massa ensayó la respuesta que viene dando desde que asumió: revertir la restricción externa requerirá tiempo y medidas estructurales. Celebró haber cambiado el sistema de autorizaciones para hacerlo más transparente y menos discrecional, dijo que esperaba poder entregarles un 10% más de divisas a las empresas el año próximo, y volvió a cargar contra los “pícaros” que acumulan stock de toallas para 9 años y medio, importan máquinas tragamonedas o minan criptomonedas. Pero Paolo Rocca, el anfitrión, que lo venía elogiando, no pareció conforme con la respuesta. Se le notó en la leve sonrisa con que pidió el micrófono. “Ahora, yo creo que todos entendemos la dificultad de manejar esto, sobre todo en el corto plazo, pero me parece que a largo plazo tenemos que volver a un sistema que, en lugar de ser administrado por el Estado, deje la libertad de la empresa privada”, insistió. Le estaba pidiendo un país normal. Massa se puso serio, y enfiló para un área con la que confronta, la de Miguel Pesce. “Está claro que el desafío es que la Argentina tenga una fortaleza en su Banco Central que permita que su flujo de capitales tenga la naturalidad que tiene en todo el mundo –contestó–. Pero hoy no lo tenemos y sería mentir plantear que en el corto plazo se pueden resolver cosas”.
No cree tener demasiado más para ofrecer. En las empresas están al tanto. Hace varias semanas que, por ejemplo, es imposible conseguir en concesionarias de Volkswagen un repuesto vital para que cualquier auto funcione: una bomba de nafta. Hubo que importar gasoil para la generación eléctrica porque, como consecuencia de la falta de piezas, algunas centrales a gas salieron en estos días de la operación. Y anteayer, mientras le confirmaba al ministro una inversión de 60 millones de dólares para la Argentina, Masahiro Inoue, CEO regional de Toyota, le preguntó personalmente lo mismo que el resto: ¿cómo trabajar sin dólares?
Es entendible que en el Frente Renovador y en parte del establishment hayan recibido con euforia el 4,9% de inflación. Algo que no haría nadie que viviera de su salario o que analizara la cifra en el contexto de América Latina, pero sí funcionarios u hombres de negocios que sopesan la situación relativa: la antecesora de Massa duró menos de un mes y se fue en medio de una disparada del dólar. ¿Le alcanzará al ministro para ser candidato? Bastante dependerá del resultado final. Pero deberá antes convencer al kirchnerismo. A esa parte del Frente de Todos que anteayer tuvo que volver a oírlo decir, delante de Rocca, que la Argentina “necesita 30 o 40 Arcor o Techint”, y que acaso no por casualidad publicó horas después en Twitter un video reivindicatorio de Kirchner: el día en que le pagaba la deuda al FMI. “Cuando realmente se resolvió el problema del Fondo Monetario Internacional en la Argentina”, titularon. Como en 2015, lo más difícil está en el búnker de al lado.


